viernes, 27 de marzo de 2026

Resistencias patriarcales en las universidades

 Resistencias patriarcales. Desigualdades y políticas de género en la Universidad, es un libro de Ana Buquet, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), publicado por esa casa de estudios a través del Centro de Investigaciones y Estudios de Género.

Aunque el libro se refiere a la UNAM, se puede considerar que gran parte de los resultados a los que arriba pueden ser extendido a las universidades públicas mexicanas.

 

En el texto se discuten los principales argumentos referidos a la construcción de igualdad al interior de las universidades en el ámbito europeo y latinoamericanos a partir de los marcos de las Convenciones Internacionales que apuntan al avance de las mujeres en la educación superior desde fines del siglo XX. Desde este punto de vista presenta la paradoja de que diversas Instituciones de Educación Superior (IES) han impulsado cambios normativos, impulsado estructuras y acciones institucionales a favor de la igualdad, sin que se observen los cambios esperados.

 

¿Por qué son importantes los resultados de la investigación que se plasman en este libro? Porque la investigación inicia con los estudios elaborados en el principio de las políticas de igualdad en las IES en México, los que son contrastados con la investigación reciente; esto es, un lapso de aproximadamente, quince años. Ello permite observar lo que persiste en las universidades; lo poco que se ha transformado el lugar de las mujeres en la UNAM y muestra las fisuras de las políticas. Constata que las políticas de igualdad que anunciaban transformaciones estructurales, de relaciones sociales y culturales en la UNAM, muy poco han cambiado el lugar de las mujeres.

 

La investigación se fundamenta en la normatividad jurídica nacional e internacional y en un enfoque feminista para mostrar el avance de los derechos de las mujeres para ser sujetas universitarias de pleno derecho; libre de ambientes de discriminación y violencia; con iguales posibilidades que los hombres para acceder a lugares de poder académicos y de gestión. Con ese andamiaje, la mirada se dirije hacia el interior de la propia institución para develar las características de la estructura y la cultura como factores que inciden en los esfuerzos de política pública universitaria para construir igualdad.

 

En el libro se reflexiona dentro de teorías que permiten comprender y analizar esta paradoja de la igualdad que se evade. Conceptos como códigos de género, resistencias, sistema de cuidados, violencias en razón de género, se convierten en filtros por donde se agudiza la mirada.

 

Los ejes de análisis se centran en las desigualdades más sensibles visibilizadas al interior de las universidades: la segregación por sexo en los puestos de toma de decisiones; la violencia de género como un mecanismo que regula las relaciones entre mujeres y hombres en la institución y el uso diferencial del tiempo. Esta última temática de reciente incorporación debido a los estudios sobre cuidados que han iniciado en la academia y de los cuales las universidades no han definido algún tipo de corresponsabilidad institucional de cuidados. Por ello, el uso del tiempo de universitarias y universitarios se considera un ejemplo que muestra la persistencia de desigualdades.

 

La autora borda de manera fina al preguntarse por qué, si se han dado las condiciones para que las universidades logren cambios a fin de que mujeres y hombres habiten las instituciones sin desventajas para ellas y sin privilegios para ellos, por qué estamos prácticamente en el mismo lugar de partida: el poder político y académico sigue siendo ejercido prioritariamente por el colectivo de los hombres, quienes, además, concentran los ingresos más altos; la violencia contra las mujeres sigue atravesando las relaciones entre mujeres y hombres en el ámbito estudiantil, académico y administrativo y persiste una desigual distribución del trabajo medido el uso diferencial del tiempo.

 

La autora propone no centrarse solamente en los obstáculos que enfrentan las mujeres en la educación superior, que sobre esto se han desarrollado las políticas, fundamentalmente, sino que propone una mirada del lado de la estructura de la universidad. Cómo el poder masculino se ha apropiado de los avances teóricos y de prestigio del feminismo, lo que se ha traducido en la conservación del poder por parte del colectivo de los hombres.

 

Por ello, la autora trabaja con el concepto de resistencias en tres vertientes: las resistencias individuales, colectivas e institucionales; las tres se refuerzan y confirman; una es constitutiva de la otra y de la otra y de la otra. En palabras de la autora: “Cuando las autoridades no apoyan los cambios, muestran reservas o se manifiestan en contra, envían un mensaje a la colectividad, por lo que es más probable que las personas se resistan de manera individual” (p. 27).

 

En el libro se urde una mirada sobre las alianzas masculinas en diversos momentos de la vida universitaria. Así queda en evidencia la estructura patriarcal activada en redes que actúan en diversos momentos de la vida universitaria para evitar la transformación de las relaciones entre mujeres y hombres al interior de la uiversidad; se refuerza el régimen de género; se arraigan las posturas individuales de las masculinidades en la universidad y se fortalecen las complicidades masculinas. Ello contrasta con los discursos y los planes institucionales, los cuales son políticamente correctos ya que incorporan lenguaje de género, pero, como afirma la autora, se trata de políticas de igualdad creadas dentro de lógicas patriarcales.

 

Son universidades igualitarias en el papel, aparador para simular que se cumple con las normas y que se está en el pulso del tiempo, pero que en la práctica no se desarticulan las alianzas micro y macro que sostienen las desigualdades en diversos planos.

 

Quizá sería necesario, en una siguiente investigación, realizar un estudio sobre la cultura política institucional de la UNAM con la finalidad de fundamentar el modus operandi de las combinaciones de las “resistencias patriarcales individuales, colectivas e institucionales”. Esas combinaciones se mencionan, pero hace falta, discernir finamente, cómo ocurren en la práctica.

 

El libro permite avanzar en la comprensión de cuál es el resultado de las políticas de género en la educación superior, de las acciones organizacionales, de los esfuerzos de los organismos internacional, de las propuestas de las feministas institucionales, de las exigencias de las colectivas universitarias en transformar el lugar de las mujeres en las IES.

 

Las mujeres avanzamos hacia la igualdad en base a derechos, pero el patriarcado tiene pactos, alianzas, lugares obscuros, costumbres, por donde camina. Por eso la autora distingue los comportamientos formales y los informales en la construcción de igualdad.

 

El libro nos invita a un alto en el camino. A valorar los resultados de lo que se ha implementado, desde 2010 a 2026.

 

Agradezco a Ana Buquet, a su equipo de trabajo y al CIEG la realización de esta investigación cuyo profesionalismo en el manejo de los datos, la interpretación de resultados, el análisis pormenorizado, establece un piso desde el cual mirar la realidad de la construcción de igualdad en la UNAM, sin perdernos en los aplausos fáciles, pero tampoco en críticas sin fundamento.  

 

A partir de estos resultados es posible introducir cambios en las políticas, realizar acciones de incidencia en poblaciones específicas para que el propósito de cambiar el lugar de las mujeres en la educación superior tenga posibilidades de ser realidad. Y no repetir la historia de la clásica Penélope que lo que se teje de día, se desteje en la noche permanente del patriarcado.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 14 de marzo de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

¿Qué hacemos con el miedo?

Disparos sobrevuelan las hileras de abetos.

Siempre cae algún tiro que se extingue en la carne.

Y alguien queda en el sitio...

 

Ingeborg Bachmann

 

El miedo está ahí, escondido en alguna parte de nuestro cuerpo. Le basta con saberse huésped de cada quien para saltar a la menor provocación. Digo que está en alguna parte de nuestro cuerpo porque es la piel erizándose, el estómago revolviéndose, los dientes crispándose, el corazón latiendo de prisa, quienes nos avisan del miedo que sentimos.

 

El miedo individual se convierte en miedo social. Vemos en las redes digitales las camionetas incendiadas, los retenes en las carreteras, los soldados avanzando entre la sierra, las personas atrapadas en aeropuertos, en terminales de autobuses. Pensamos que podemos ser nosotras, nuestras hijas, nuestras hermanas, nuestras conocidas.

 

En cuanto vimos las alertas entramos a la casa. Quedó atrás la caminata matutina entre las bugambilias del fin del invierno, la ida temprano al mercado para las compras del domingo, el saludo a la vecina que pasa con su perro. Entramos a la casa para el resguardo, el lugar seguro, la convivencia con lo de adentro.

 

Parece que el mundo de afuera se derrumba, se derrite. Empiezo a sentir que las certezas, las seguridades de simplemente caminar se convierten en lugares de peligro. Mi hija me alerta de no estar cerca de las ventanas. Le digo que exagera; no estamos en una zona de guerra, pero puede ser que sí, que la zona de guerra se acerque cada vez más. Una amiga manda un video de un incendio que graba desde su casa. Esa es la sensación, el peligro se acerca, por lo que crece la zozobra.

 

Desde el gobierno se oye el bla, bla, bla, de los políticos cuya única recomendación es muy parecida a lo que nos decían las abuelitas: quédate en tu casa, cuídate. Quizá porque ellos, el gobierno, el poder, son incapaces de garantizar la seguridad. El cuidado pertenece a cada una de nosotras, por lo que si algo nos ocurre será nuestra responsabilidad, nuestra culpa.

 

Desde las redes digitales y, aún desde el gobierno, se crea una narrativa de que la violencia es inevitable, ello permite evitar conversaciones profundas sobre lo que pasa, sobre la raíz del conflicto. Es cierto que quizá, desde las familias, no nos corresponde resolver el conflicto, pero sí podemos conversar en un sentido de encontrar líneas de análisis que tengan sentido más allá de la sensación de miedo.

 

Para los grupos criminales, la violencia se ha convertido en un mensaje mediático, en un espectáculo donde los incendios son el principal protagonista, y los asesinatos. Cada video que se comparte amplifica la estrategia del miedo, que redunda en mayor inseguridad.

 

 

 

 

El miedo individual se convierte en terror colectivo. Cada quien tiene una historia que compartir para aumentar el pánico social que se apropia de las personas. Un hecho, la detención de un criminal, desata la respuesta violenta de los que ya sabemos violentos. No es un enfrentamiento entre soldados buenos y sicarios malos, es la creación de un clima de pavor donde todas naufragamos, donde todas podemos vernos arrastrados a una muerte que no merecemos.

 

¿Dónde estaba el miedo antes del domingo? Estaba ya recreado en las series de narcotráfico que han inundado las plataformas digitales; estaba en los melodramas que han capturado la atención de las audiencias desde Colombia a España y México; estaba en los entretenimientos morbosos donde la violencia es la cruzada principal; estaba en los documentales que mezclan hechos reales con ficciones; estaba en las producciones criminales que se hacen pasar como entretención. La violencia se convirtió en un articulo de consumo que no podemos dejar de mirar. Toda una generación socializada en la violencia en forma de productos mediáticos hasta que la realidad se convierte en una plataforma más de la violencia.

 

Todo ello constituye un largo aprendizaje del miedo, de vivir en el espanto, de qué se debe sentir, cómo se debe reaccionar.

 

Este círculo en que estamos atrapadas nos define la vida que vivimos, marca el futuro de nuestras hijas, refuerza la visión de la inevitabilidad de lo criminal.

 

El miedo se ha quedado sedimentado en nuestro cuerpo, en nuestra mente, para ser activado en circunstancias de peligro. La sensación de criminalidad en la vida cotidiana se esparce al lograr reacciones emocionales de quienes estamos en estas zonas tomadas por la criminalidad. 

 

El miedo deja marcas visibles en las conductas; altera el sueño, aleja el hambre, nos distancia del futuro. También deja huellas en los cuerpos en forma de alteraciones en la piel, tensiones musculares, respiraciones aceleradas, paralización.

 

Cesa el pensamiento racional, las visiones críticas para sentirnos en la jaula de lo desconocido que viene.

 

Canta un pájaro posado sobre el limonero,

ajeno al ajetreo humano,

su sosiego murmura la luz afinada,

antes que el gorjeo sea lastimado con las balas.   

 

He de decirlo,

no es este el tiempo que quiero heredar a mis hijas.

 

Publicado en Meridiano de Nayarit 2 de marzo de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx