martes, 25 de agosto de 2020

60 mil no es una cifra

 Osa Mayor, baja, hirsuta noche,

animal de piel de nubes con ojos viejos, 

ojos de estrellas,

 por la espesura irrumpen relucientes 

tus patas de león con las garras…

 

Ingeborg Bachman. Invocación a la Osa Mayor

 

Por miedo acortamos el dolor; por dolor nos encerramos en nosotras mismas, cerramos las ventanas, tapiamos las puertas. Hemos dicho a amigas y familiares que estamos, aunque realmente no estemos porque ¿mostrarnos en pantallas es ser? ¿qué tipo de seres somos en esta tecnología? Hemos quedado pixeladas entre dispositivos, habitantes de señales enredando el mundo. 

 

La vida se nos estrecha en el pecho. No podremos conocer los nombres ni las historias de quienes han muerto en la pandemia, la obscuridad permanece cayendo en cada habitante que expira. Tengo miedo de saberlo, darme cuenta que cualquiera, en esta tarde o mañana dejará de caminar en la banqueta de sus rutinas. Tengo miedo saber quién era, la madre de quién, el doctor que nos atendió, la prima del norte. 

 

La gloria de los cielos no nos reconforta. Es mejor intentar nuestra vida aquí en la tierra, conjeturando, fantaseando, intentando convertirnos en seres humanos los seres humanos. Vivimos días largos, noches llenas de silencio. Una intenta leer vanamente, fijar una rutina que llene el vacío, elaborar frágiles puentes del día a la noche. Sin embargo, los gallos no cantan ninguna madrugada, todavía no despertamos en el mañana. Aunque el aire esté poblado de palabrería, de noticias, de datos, es el silencio lo que escuchamos, ese silencio inmóvil que a veces se apodera del sueño y se vuelve insomne o nos vuelve sonámbulas. Revolvemos la noche en busca del crujido, del fantasma que nos habita para conjurarlo, pero vuelve sólo el sonido quieto del mosquito.

 

Sigue el secreto silencio profundizando en sí mismo, agrandándose en las entrañas de quienes seguimos vivas. Quisiera saber si alguien pagará por estas muertes, si algunos serán responsables del deterioro, del desamparo. Si todas seremos castigadas por la negligencia o si estas muertes son el castigo de otro tiempo. ¡Oh, este pensamiento de la culpa y el castigo! Humilladas desde el nacimiento.

 

En tanto cae el silencio, el circo sigue: el show del entretenimiento, del negocio, de la farándula política, vuelve a encender las luces, ajenas al latrocinio de quienes debieron evitar la catástrofe. 

 

No se puede hablar del silencio enmarcado en luces de neón, con el micrófono abierto. Quien oye el silencio poco puede hablar porque revuelve las horas, el sueño, la conciencia, el bocado. Quien siente el silencio desvanece el tiempo con su carga de relatos. Dejan de sucederse unos a otros para permanecer colgados de un tiempo inmóvil donde penden quienes se fueron para siempre, las voces que no escucharemos, las vidas arrancadas antes de tiempo.  

 

¿Quién ignora que estamos en el mismo dolor? No habrá victoria, aunque llegué en algún momento. Nadie se dirá vencedor sobre las losas endurecidas. Los labios helados quedarán para siempre, aunque pájaros enloquecidos canten. 

 

Sesenta mil no es una cifra, es la narrativa del espanto, de la desidia, del desamparo.

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, agosto 25 de 2020.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

¿Esperamos milagros? El mundo (no del todo) desencantado

                                                                                                         El unicornio es un animal muy gracioso 

                                                                                                   que habita en la profundidad de los bosques.

-Eso dicen, Adso. Pero muchos se inclinan a pensar 

que se trata de una fábula inventada por los paganos.

 -¡Qué desilusión! Me habría hecho gracia 

encontrar alguno al atravesar un bosque. 

Si no, ¿qué gracia tendría atravesar el bosque?

 

Umberto Ecco. El nombre de la Rosa.

 

Ninguna de las grandes religiones actuales espera la solución del Covid 19 de parte de los dioses o de dios alguno. El cristianismo, el islam, el budismo, el hinduismo y la religión tradicional china, religiones que en conjunto cuentan con el 66% de la población mundial, tienen los ojos puestos en la ciencia como la solución a la pandemia mundial. Tampoco las religiones profesadas por pequeños grupos esperan soluciones fuera del alcance de la experimentación en laboratorios. Se calcula en más de cuatro mil las religiones vivas en el mundo, por lo tanto, estamos ante una diversidad de deidades que perviven en el imaginario humano.

 

Puede ser que sea la primera vez que la humanidad no clama a los cielos por soluciones de lo que acontece en la tierra. Ello no quiere decir que los dioses hayan desaparecido de las subjetividades individuales, de ninguna manera, sino que las religiones como instituciones no tienen la solución a un mal que ocurre en la tierra, por lo tanto, no pueden capitalizarla.

 

La desaparición del horizonte sagrado como ámbito de las soluciones a conflictos humanos es toda una novedad en la segunda década del siglo XXI. Puede ser que marque un hito en la historia de lo mítico humano, de los alcances civilizatorios, porque esa capacidad de solución se ha trasladado a la ciencia. ¿Qué tiene la ciencia para apropiarse de la esperanza? La religión y la ciencia han sido dos grandes visiones sobre el mundo que, en ocasiones, parecen contrapuestas, pero que comparten un eje común: prometen el bienestar: el paraíso sobre la tierra la ciencia o el paraíso después de la vida terrena, las religiones. 

 

La promesa de la religión se realiza a partir de las relaciones con lo sagrado, los rituales y la ética que de ello deriva; en tanto que la ciencia lo realiza a partir de conocer la naturaleza, donde un paso fundamental es establecer las leyes del propio conocimiento: cómo conocemos lo que conocemos. 

 

Tanto la religión como la ciencia son aproximaciones a la realidad. Fe y experiencia religiosa son la base del conocimiento religioso, en tanto que el conocimiento científico se basa en métodos, experimentación y teorías. Sin embargo, ni la religión está exenta de método ni la ciencia lo está de creencias. La ciencia es contextual, temporal, sintiente,  en tanto que las religiones tienen una exterioridad sobre el mundo, más allá de la vida espiritual.

 

La religiosidad contemporánea tiene anclas en la ciencia porque el espacio íntimo entre lo social y lo íntimo personal está mediado por el estar en la vida, lo cual se realiza a partir de la certeza en datos científicos con que vivimos todos los días. Los jerarcas de cualquier religión viajan en avión porque confían en leyes científicas que hacen posible que algo, más pesado que el aire, sea capaz de moverse y para ello no tienen que conocer las leyes de la física. Confían en ello quizá tanto como lo hacen en sus propios dioses. 

 

Lo contrario también es cierto, la cienticidad está atravesada por la creencia, en el vaivén entre objetividad exterior, subjetividad culturalmente situada e intimidad. Puede ser que no se crea en un dios específico (ningún dios es determinado ni específico ya que ello le quitaría el sentido de ser dios), sino que, en general, se tiene la humana condición de ser creyentes, aún cuando se sea creyente de los resultados de la propia ciencia o de principios que todavía no se descubren.

 

Hoy no se clama a los cielos para una solución del covid, por el contrario, se invierten grandes sumas de dólares en laboratorios ingleses, alemanes, argentinos. Las grandes corporaciones editoriales que tienen la capacidad de poner en circulación los resultados de los laboratorios, manejarlos y difundirlos se han convertido en el nuevo poder fáctico que emerge como un demonio de la obscuridad para manejar día a día los avances de las vacunas y con ello, direccionalizar la subjetividad de quienes habitamos el planeta, calificar gobiernos e introducirse en la cotidianidad de la vida. 

 

Al nuevo dios-ciencia, no se le quema incienso ni se le ofrece mirra. Las ofrendas que requiere se tasan en dólares y en euros. Por eso, solo los grandes millonarios pueden hacer las ofrendas, pasan por el ojo de la aguja.

 

Es cierto, no esperamos milagros, pero de alguna manera, los esperamos. O como dice Adso en El nombre de la Rosa, si no hay animales encantados dentro del bosque ¿qué sentido tiene atravesarlo? Si la ciencia no nos depara sorpresas ¿entonces, para qué transitarla? También la ciencia espera lo imprevisible: el hallazgo, el unicornio encantado que iluminará este tramo de bosque. 

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, agosto 17 de 2020.

sábado, 15 de agosto de 2020

Añoranza

  

En la madrugada me despertó el silencio.

Fue como si en su corazón

 se hubiese abierto un agujero

 más silencioso aún, 

como si fuese una boca insaciable

 que se devorara a sí misma.

 ¿Puede el silencio contener en sí mismo más silencio?

 

Carlos Arcos. Diario de Cuarentena

 

Extraño saludar a las vecinas de mi casa a la oficina, esos pequeños gestos en los que nos reconocemos cuando caminamos por el barrio; llegar a la universidad donde conozco a quien abre la puerta, las alumnas que van pasando, la secretaria que, a esa hora, inicia la labor de añadirle cotidianidad a un espacio de trabajo a través del aroma del café, los buenos días. 

 

Extraño a mis amigas del trabajo, el trabajo mismo. Ese pequeño nerviosismo de llegar a tiempo, de prepararse para el encuentro con otros y otras, ese apurarse para estar en el lugar convenido a una hora determinada. Saber que nos veremos unas a otros, nos saludaremos y en esas pequeñas ceremonias preguntaremos por las hijas, la salud, la familia, como si no pudiésemos empezar a trabajar sin esas mínimas liturgias. 

 

Extraño la ironía de alguna, el sarcasmo de otro, la reacción previsible de aquella, la placidez de quien une y convoca, el sospechosismo permanente de ya sabemos quién, la carcajada triunfal del fondo, el silencio de alguien más, la mirada de quien ausculta nuestros gestos. Todos esos comportamientos que se instalan en los colectivos donde somos lo que expresamos, asentimos, rechazamos y, con ello, nos reconocemos en plural. La presencia del coordinador, de la directora, de quien encabeza programas; les extraño en sus lugares donde nos ven ir y venir como testigos de las puntadas que damos para hacer posible la urdimbre en la que laboramos.  

 

Quisiera ver a las compañeras de trabajo, que son, ahora, cómplices para atravesar pantanos, reír en los triunfos, atesorar en el trayecto. A veces traen algo de casa: fruta, fotos de sus hijas, flores, que ahora sé, son las ofrendas de las amistades largas, de los espacios compartidos, de los rituales que nos construyen. 

 

Extraño estar en el salón de clase, ese instantáneo refugio de la vida donde vemos las expresiones de asombro, indiferencia, gusto, de muchachas y jóvenes ante explicaciones que tratan de narrar el mundo en palabras, en ecuaciones, arropamientos para seguir aquí, otorgar sentido al hecho de vivir. 

 

Anhelo encontrar a mi amiga con quien camino en la mañana. Esas pláticas mientras el sol pinta de rojo las montañas que nos rodean, son solo un pretexto para aconsejarnos, regocijarnos con los logros de la otra, compartir algunos dolores de ayer, las leves alegrías de cada día, la incertidumbre en la que seguimos. Extraño a las que nadamos en una alberca fría y después vamos al restaurant de siempre a los jugos nutritivos. Saber cómo vamos aprendiendo a ser suegras, abuelas, a envejecer, es un ejercicio que hacemos en esos momentos que parecen frugales pero que se convierten en anclas de la vida.  

 

Extraño a mis amigos con quienes desayuno una vez al mes; con quienes desayuno para hablar de trabajo o de cualquier cosa que en ese momento pase por la ventana desde la que nos asomamos a la vida.

 

Deseo ver a mis amigas con quienes nos confabulamos para avanzar los derechos de las mujeres, con las que hacemos declaraciones, performance callejeros; con las que armamos las protestas contra los feminicidios; extraño sus voces de la firmeza, sus convicciones, sus decisiones para ir adelante. Las cenas y el vino, si es con ellas, es un regocijo del corazón. 

 

Extraño a mis amigos de las exposiciones de pintura, la música, el teatro; vernos con el pretexto de la inauguración de la exposición temporal, del Salón de la Plástica, de los grabados. Las noches de tequila y canto son convertidas en bohemias de la comunión. 

 

He dejado de comprar juguetes y chocolates, envejecidos en ausencia de hijas y nietos. Anhelo volver a jugar al desfile de modas, cocinar galletas, ver caricaturas que no entiendo, tirar caballitos. Anhelo visitar a mis hermanas, a mi madre. Ese impulso vital de simplemente vernos en las familias gregarias que somos en América Latina donde un cumpleaños de quien sea, la celebración de la que llega, la noticia de alguno, convoca a cuatro generaciones alrededor de comida, de chismorreos. 

 

Sí, extraño a las personas con quienes hago mi vida, eso que llamamos la comunidad que nos conforma y que ahora está ausente: verlas, percibirlas, tocarlas. Hoy mi vida está cargada de rincones, de pantallas; faltan los roces de los cuerpos, las miradas, los olores de la cercanía. Faltan los seres humanos que, en sus oleadas, habitamos, porque sin ellos, como dice Carlos Arcos, el silencio se vuelve más silencio. El silencio de ser sin los cuerpos. 

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, agosto 14 de 2020.

 

jueves, 6 de agosto de 2020

Prevención

-Alberto venía por las tardes para llevarme a pasear en la alameda. Cuando llegaron los automóviles a la ciudad, fue de los primeros en tener uno, trató de enseñarme a manejarlo entre risa y sorbetes. Era todo un caballero, habló de nuestra boda con mi padre antes de que yo lo consintiera, así que toda la familia se enteró del día que me pediría casamiento, estaban en contraseña-. 

 

La tarde se deslizaba mientras mi tía Luz seguía ensimismada contando el enamoramiento de su vida. La cara se le iluminaba al pronunciar el nombre de Alberto, una extraña sonrisa aparecía en su rostro deteniendo la respiración

 

-¿Por qué no se casó?-le pregunté. -Si lo quería tanto y él a usted-. 

 

Habló para sí misma, como si estuviera sola. Su mano sostenía un pequeño camafeo de carey: 

 

-En una ocasión veníamos del paseo cuando don Luis Jiménez le dio un pequeño golpe al coche; realmente no era nada de cuidado, pero, por un instante ví en Alberto una cara que no le conocía. Por la noche soñé cavernas alejadas del sol, me costaba trabajo respirar en esa boca negra. Al día siguiente le mandé devolver la tela que había traído para el vestido, los encajes, las espiguillas, los cojines de terciopelo, el ramo de azahares, las aleluyas de plata. No quise conocerle ese rostro, ni tener tratos con ese Alberto-. 

 

Su mirada siguió las nubes viajantes sobre el horizonte, envuelta en su agua de rosas, el alma inundada de paz. El cielo enrojecía.

 

Publicado en El Vigía del Pacífico, 5 de agosto de 2020.

lunes, 3 de agosto de 2020

Odio ¿quiénes contagian?

Estaba enojado con mi amigo:
 le manifesté mi ira, la ira terminó. 
Estaba enojado con mi enemigo: 
me quedé callado, y mi ira aumentó. 

En el miedo la fui regando, 
de noche y de día con mis lágrimas, 
con sonrisas la fui asoleando 
y con sutiles y arteras estratagemas. 

Así creció de día y de noche, 
hasta volverse una brillante manzana; 
y mi enemigo observó su brillo, 
y supo que era mía.

Y furtivo entró a mi jardín
 cuando la noche envolvió al follaje. 
 Por la mañana, satisfecho vi 
a mi enemigo exánime bajo el árbol. 

William Blake. Un árbol venenoso.

¿En qué pensamos cuando evocamos el odio? Muy posiblemente en Hitler, con su carga de emocionalidad acerca de los judíos como el mal del mundo, junto con los gitanos, negros y homosexuales convertidos en seres inferiores, despreciables y, por lo tanto, eliminables. Muy posiblemente, nuestros contemporáneos evoquen a Trump con sus sentencias sobre los mexicanos, los migrantes, los no blancos. Ambos, comparten el eje común de despreciar a los otros en un rango que llega al exterminio, porque el odio es, precisamente, el deseo de aniquilar al otro, como dice Blake. 

La semana pasada circuló la noticia de Douglas Marks, quien disparó a dos turistas en Miami por no respetar la distancia necesaria para evitar el contagio. Hemos conocido diversas manifestaciones de rechazo a médicos y enfermeras que atienden pacientes de COVID por motivos de su trabajo y, por ello, son agredidos por sus vecinos. Sabemos de quienes repelen a los que no se cuidan lo suficiente, porque pueden ser agentes de la enfermedad.

En la misa del domingo, el sacerdote no inició la ceremonia religiosa hasta que saliera una persona que carecía de cubrebocas. La feligresía asintió la expulsión. 

Un nuevo odio está surgiendo en el mundo, un odio vinculado al COVID 19, el cual se expresa de diferentes maneras. Una de las pocas veces que fui a hacer compras durante la pandemia, una persona estornudó frente a las cebollas. Nos retiramos instantáneamente del lugar; un señor le gritó irresponsable y otras cosas más por estar en el supermercado contagiando a los demás. También, alguien fue a la gerencia, por lo que, en muy poco tiempo, la persona en cuestión estaba fuera de la tienda. Rápidamente el personal de limpieza retiró las cebollas del lugar de exhibición. 

Experimentamos diversos sentimientos ante estos hechos. Nadie queda incólume porque el miedo se convierte en sentimientos diferentes, quizá sentimientos que no habíamos experimentado. Temor, ansiedad, pánico se vuelven uno solo frente a una persona determinada quien se señala como objeto de rechazo. Temor, nerviosismo, incapacidad, terror a adquirir la enfermedad y trasmitirla, junto con la imposibilidad de hacer algo se va transfigurando en aversión-odio. 

Junto con la incertidumbre, el desasosiego, la falta de seguridad, la angustia, va surgiendo el resentimiento hacia quienes no se cuidan. Esa repulsión/odio no se convierte en una demanda política ante el Estado, sino en un sentimiento de incomodidad hacia nuestros iguales a quienes hacemos responsables del contagio. Es un odio horizontal.

¿Qué nombre le daremos a todo esto? No sabemos todavía, pero lo que sí sabemos es que descubrimos en nosotras y en quienes nos rodean, nuevos jaloneos sentimentales que se pueden convertir en odio. 

Los que contagian representan todo lo que no queremos ser y deseamos expulsar de nuestros entornos: se convierten en una nueva categoría lista para ser utilizada en procesos de discriminación. No podemos decir: seleccionemos a todos los contagiados, subámoslos a una nave y enviémosla a la mar, como La Nave de los Locos de El Bosco o encerrémoslos en lugares confinados como los leprosorios de otras épocas.  

Lo que sí hemos desarrollado es el miedo patológico porque ninguna medida de prevención es suficiente. Todo ello conduce a encerrarse en el yo, en la mismidad higienizada para conservar la pureza de la incontaminación. 

Esa actitud negativa, llevada al extremo, conduce al odio necesariamente. Se fundamenta en que todos los demás encarnan rasgos indeseables, mientras consideramos que nosotras somos las buenas, justas, higiénicas, observadoras de las normas. Se trata de un egoísmo blanco, un egoísmo higienizado que nos conforta ante nosotras mismas y que, simultáneamente, cierra las puertas a todos los demás. Nos consuela la conciencia de estar de parte del bien.

El odio se regocija cuando el enemigo muere, en la invocación de una justicia más allá de lo humano, una justicia vengadora que cumple los designios del odio. 

Veamos si estamos desaprovechando la ocasión para profundizar estos sentimientos humanos que nos atraviesan, que nos dicen que también nosotras, seres racionales, lúcidas, escolarizadas, inteligentes, podemos ser atravesadas por obsesiones y convertirnos en seres impulsivos, irracionales, carcelarias, sembradores de árboles venenosos como el de Blake. 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com
Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, agosto 3 de 2020.