miércoles, 30 de septiembre de 2020

El intruso es el feminismo

 La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.

Olympe de Gouges. 

Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791)

 

¿Qué quieren las mujeres? es el grito de Nietzche, Rousseau, Marx, Freud, que resuena en la filosofía, el derecho, la biología, la cultura, la religión, la psicología. Los grandes hombres pensaron a las mujeres como seres dóciles; domesticadas, graciosas para gloria y beneplácito del placer masculino y malvadas, desobedientes, transgresoras, pecadoras, diabólicas, para reprimirlas. Ahí estaban ellas en sus corsets discutiendo las ideas de ellos; adorando los dioses que ellos habían creado; amamantando a sus hijos, prolongando sus apellidos. 

 

Bastaba decir mujeres para tenerlas agrupadas en ese conjunto informe de las indiferenciadas. Mujeres atrapadas en las ideas que sobre ellas se construyeron: machos incompletos para Aristóteles; principio del mal, según Pitágoras; depravadas si quieren ser doctas, según Eurípides; seres inútiles, para Nietzche; destinadas a reproducir, para Santo Tomás; mala hierba para Lutero; provocadoras de los santos varones, para San Agustín; salvadas por la maternidad, según San Pablo; bestia que nunca se harta, para Alfonso X el Sabio; con vocación de sometidas, para Dostoievski; envidiosas del pene, para Freud; incapaces para todo, niñas permanentes, según Schopenhauer; seres de adorno, no de aprendizaje, para Rousseau; vacías para Oscar Wilde; disolutas, para Tolstoi; naturales en el hogar, para Marx.

 

Las ideas de los hombres de ciencia no se quedan atrás: para Darwin, la cacería hizo fuerte el cerebro de los hombres, por lo que las mujeres quedaron con un cerebro débil; el naturalista Haeckel las ubica como “poco evolucionadas”. El médico Briquet afirmaba que la mujer está hecha para sentir y “y sentir es casi histeria”. Para Spencer, la maternidad detiene la evolución del sistema nervomuscular, por lo que las mujeres muestran una disminución en la abstracción y el raciocinio, necesarios para las matemáticas y la justicia. La biología afirmaba que las mujeres tienen que invertir toda su energía en la reproducción y no en el intelecto, pues una mujer que piensa tiene hijos defectuosos, dijo algún naturalista biólogo. La craneología afirmaba que el cerebro de la mujer es menor, por lo que carece de capacidades cognitivas como el varón. El pensamiento biológico contemporáneo las piensa obedientes a las hormonas. Ayer, como hoy, encerradas y determinadas por la matriz, el útero, los ovarios, las hormonas.  

 

Tanto las ideas de la ciencia, como de la filosofía y de las religiones masculinas, han construido un sistema jerárquico imaginario basado en la supuesta superioridad de los hombres. Se dicen a sí mismos, talentosos, fuertes, inteligentes. Más de dos mil siglos de ideas autoproclamando su supremacía en la convención de “espejito, espejito” porque el colectivo de los hombres creó la idea de su propia superioridad en todo y desde ahí, clasificó a las mujeres fuera de la cultura, de lo civilizatorio y de la ética. El colectivo viril hegemónico se apropió de los cuerpos, los deseos, los imaginarios de las mujeres al imponerles la jaula de ideas en que las aprisionó. El mito de Pigmalión de casarse con la mujer perfecta, narra que lo llevó a enamorarse de una estatua de mármol que él mismo esculpió: Galatea, siempre bella, siempre joven como aspiración del deseo masculino de crear a la mujer a su gusto, autómata. 

 

A partir del soliloquio viril de ideas, expulsaron a las mujeres de las iglesias, de las asambleas, de la ciencia. Las ideas se convirtieron en furia contra las mujeres: fueron quemadas en hogueras acusadas de brujas; encerradas en cuevas por disolutas; aprisionadas por locas; aisladas como enfermas; confinadas por histéricas; arrojadas a abismos, intercambiadas entre reyes, vendidas por los padres; mutiladas por los esposos; compradas por mercaderes; desfiguradas por amantes; atadas por perversas; violadas y asesinadas ayer y hoy. 

 

Entonces, las mujeres se sacudieron las ideas que las habían enredado. Hablaron: las mujeres nacemos libres y tenemos derecho a permanecer libres. Empezamos a pensarnos fuera de los barrotes del pensamiento viril: inició el feminismo.

 

El feminismo irrumpe la autocomplascencia del pensamiento viril; lo enfrenta, muestra las falacias de la supremacía y de todo pensamiento donde las mujeres han sido expulsadas y negadas. 

 

Por ello, el intruso es el Feminismo. 

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, septiembre 30 de 2020.

 

 

martes, 22 de septiembre de 2020

No me pidas que no grite

 No pido favores para mi sexo.

Todo lo que pido de nuestros compañeros

 es que quiten sus pies de nuestros cuellos.

 

Ruth Bader Ginsburg (1933-2020) 

Magistrada de la Corte Suprema de Estados Unidos

 

¿Quién gritará por las diez mujeres muertas cada día? ¿Quién lo hará por la niña que está siendo violada en este momento por su padre, padrastro, tío, hermano, vecino, maestro? ¿Quién, por la anciana que ha sido maltratada durante 40 años? ¿Quién elevará la voz por la estudiante desaparecida? ¿Quién, por la prostituída? ¿Quién por la que es grabada clandestinamente y “quemada” en las redes? ¿Quién, por la muchacha tirada en el cañaveral? ¿Quién alzará la voz por el niño abusado en la sacristía, la niña indígena tirada a un barranco, la estudiante violada en un aula? ¿Las niñas de once años embarazadas?

 

Las mujeres que gritamos nos “descomponemos”, somos difíciles, nos volvemos fieras, nos dicen traumadas; Los hombres que gritan ejercen su masculinidad. Gritan porque viva la patria, gritan porque les pertenece gritar; gritan porque es su marca de posesión. 

 

Normalizamos el grito del dominio masculino dentro y fuera de los hogares. Las mujeres aprendemos a hablar para que luego nos domestiquen para hacerlo en voz baja, en tono de comedimiento, en el susurro, en el silencio. Para aceptar, para justificar, para tolerar.

 

¿Cuál mujer puede decir que no ha sufrido algún tipo de violencia machista personal, social o institucional a lo largo de su vida? Según la Organización de Naciones Unidas, una de cada tres mujeres del mundo sufre violencia sexual o física, en su mayoría, por parte de su pareja. En México, diversas instancias han documentado que todas las mujeres del país han sufrido algún tipo de violencia machista ya sea en su familia de origen, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en su familia de destino. Entonces ¿por qué debemos callar? ¿por qué se nos pide conservar la voz baja?

 

Durante la pandemia han aumentado todos los tipos de violencia contra las mujeres de acuerdo a las cifras oficiales: abuso sexual creció 10%; acoso u hostigamiento sexual, 17%; violación 8%; violencia familiar 6.4%. En Nayarit, de enero a junio de 2020, 22 mujeres han sido asesinadas durante el confinamiento: siete han sido víctimas de feminicidios; cinco han sido asesinadas de homicidio doloso, diez de homicidio culposo, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Se prevee un aumento en embarazos de adolescentes. 

 

He conocido mujeres lastimadas tan profundamente que es impensable que alguna vez, hayan albergado sueños. He conocido otras golpeadas físicamente por la pareja. He tenido contacto con jóvenes, a lo largo de casi 40 años de docencia, cuyos secretos familiares podrían documentar telenovelas de la ignominia. Conozco narrativas generacionales de mujeres vejadas, esterilizadas, anuladas, tiradas a los basureros.

 

A las que les han dicho que no sirven para nada; a las que les han robado el futuro al plantarles una maternidad no deseada; a las que les han cerrado las puertas; a las que hacen sentir inferiores; a las que dejan sin sustento; a las que les quitan los hijos; a las que les niegan justicia; a las que culpan; a las que insultan como tontas, inútiles, incapaces; a las que desaparecen; a las que violentan cuando llegan a cargos públicos. A todas ellas y por todas ellas, gritamos. 

 

Gritamos porque contra las mujeres se ha instaurado una guerra de baja intensidad que socaba la energía vital de las mujeres. 

 

Gritamos ante el Estado cómplice de la violencia machista; ante las instituciones educaticas que reproducen la desigualdad y la violencia; ante la ciencia que argumenta la biologización de la inferioridad; ante las filosofías que justifican la complementariedad de las mujeres;  ante las religiones que se fundamentan en la malignidad de las mujeres; ante las teorías históricas, económicas, políticas, antropológicas que excluyen, niegan, anulan a las mujeres. 

 

Necesitamos gritar para que se oiga la voz colectiva de quienes no estamos de acuerdo en los dispositivos de la violencia contra las mujeres y las personas de la sexodiversidad. Necesitamos gritar porque las tesis, peticiones, ensayos, libros, películas, razonamientos que hemos elaborado colectivamente durante más de 200 años no han sido suficientes para aminorar la violencia machista. Ni siquiera para aminorar el peligro de las mujeres en la vida cotidiana;  ni siquiera para pensar que nuestras hijas puedan caminar en paz; ni siquiera para imaginar una mejor ciudad para mis nietas.

 

Por eso, gritamos. No me pidas que no raye las paredes. 

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, septiembre 22 de 2020.

 

martes, 15 de septiembre de 2020

Somos seres de creencias

 Éste es el balance del año no acabado,

 que no acabaré.

¿Te asombra que los demás pasen a tu lado

 y no sepan, 

cuando tú pasas al lado de tantos 

y no sabes, no te interesa, 

cuál es su pena, su cáncer secreto?

 

César Pavese. El Oficio de vivir

 

En medio de la pandemia se expanden diversas versiones del coronavirus ¿en cuál cree usted? 1. Virus creado por los chinos como parte de la batalla por lograr la hegemonía mundial; 2. Virus surgido como parte de la expansión de la vida en la tierra; 3. Virus creado en un laboratorio de Estados Unidos y trasladado a China para culparlos; 4. Virus surgido por los abusos contra la madre tierra; 5. Virus escapado de algún laboratorio accidentalmente, 6. Ninguna de las anteriores; 7. Todas las anteriores.

 

Lo más probable es que más gente de lo que pensamos podamos estar en la posición siete, puesto que nuestras opiniones van cambiando de acuerdo a la información que tenemos. De cualquier manera, lo que quiero resaltar es que nos acercamos a la respuesta desde el ámbito de las creencias, no necesariamente de las certezas. 

 

Cuando estamos en el ámbito de las creencias, poco importan las pruebas que se puedan establecer en contra. Quien cree en alguna de las aseveraciones, lo cree totalmente pues no hay maneras de creer parcialmente. En este sentido, creer se utiliza como lo opuesto a saber: “no creo en el virus como un castigo, sé que existen virus desde el inicio de la vida”, por ejemplo. Sin embargo, creer tiene una acepción más popular, cuando decimos “no puedo creer que permanezcamos encerradas tanto tiempo”. En este caso, no se trata de una creencia en sí, sino de no aceptar lo que ocurre. 

 

Cuando hablo de que los seres humanos somos seres de creencias, me refiero a la necesidad de creer en sustitución de saber, tener algo como verdadero aún cuando no sea posible aportar pruebas sobre ello, como ocurre en los enunciados del principio. La creencia, sin embargo, puede estar fundada en hechos reales, como cuando recordamos algún pasaje de la niñez: “yo creo que la casa donde viví la infancia tenía piso rojo”, pero en la tertulia familiar, las hermanas aseguran que el piso era gris. En este caso, dudo de mi creencia, puesto que la mayoría asegura otra cosa; la creencia de ellas es capaz de cambiar mi propia creencia. 

 

Las creencias son tan fuertes, las vivimos con tal intensidad que nos dan un sentido de firmeza. Es más, sentimos las creencias, nos atraviesan, por eso son vitales en nuestra biografía. A medida que vamos envejeciendo, nos aferramos a las creencias con las cuales crecimos y nos han dado un sentido para vivir.

 

Las creencias también nos pueden llevar a a muerte. Morir por lo que se cree intensamente es la proeza de héroes y mártires. Actualmente, con el coronavirus, hemos asistido a muertes que se pudieron evitar porque las personas no creen en la existencia del virus o porque no creen en la eficacia de los tratamientos y por lo tanto, no se someten a ellos.

 

Más allá del horizonte de la racionalidad donde ocurre la vida que experimentamos, se encuentra el horizonte de las creencias que le otorga reforzamiento a los actos de nuestra vida. Por ejemplo, en cualquiera de los supuestos que establecimos al principio como el origen del coronavirus, creemos que el descubrimiento de una vacuna podrá resolverlo. Desde este punto de vista, cualquiera que haya sido el origen de la pandemia, se ha evaporado para concentrar los esfuerzos del mundo, en la solución. Si no averiguamos el origen no ubicaremos responsables. 

 

Por cierto, las respuestas 1 y 3 hablan de pefiles de quienes piensan en conspiraciones, mientras que el 2, 4 y 5 tienden a buscar explicaciones racionales desde diversos lugares de partida; en tanto que las respuestas 6 y 7 aluden a perfiles incapaces de tomar posición en el asunto.

 

Las creencias se encuentran firmemente atadas a los seres humanos contemporáneos tanto o más que a los seres humanos de siglos anteriores. Puede decirse que lo que ha cambiado es el proceso a través del cual, creemos. Si los primeros habitantes del planeta creían que existían fuerzas ocultas en un rayo y por ello, lo deidificaron, los seres contemporáneos sabemos que se trata de energía eléctrica y tratamos de encauzarla. Sin embargo, no podemos estar comprobando, permanentemente, que la realidad existe, que las cosas tienen un principio y un final, que el sol está a tantos kilómetros de la tierra. En algún momento confiamos en los saberes experimentados por otros, es decir, creemos. 

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, septiembre 15 de 2020.

martes, 8 de septiembre de 2020

Mujer joven

 Creo en las manos limpias,

 creo en el trabajo perdido de varios años. 

Creo en el secreto llevado a la tumba. 

Estas palabras se alzan ante mí por encima de las reglas. 

No buscan apoyo en ningún ejemplo. 

Mi creencia es fuerte, ciega y sin fundamento.

 

Wislawa Szymborska. Descubrimiento

 

Cancelé las salidas a la calle durante la pandemia, pero después de cinco meses empecé a dar pequeños paseos alrededor de mi casa a las seis de la mañana aprovechando los claros amaneceres del verano. Primero, fue solo una vuelta alrededor de la cuadra donde vivo; después caminé hasta la iglesia donde daba vueltas en el jardín, el atrio, el área del catecismo. A veces me encontraba alguna persona paseando un perro o algún trasnochado amanecía sentado en una banca con la cabeza entre las manos; después, el sacristán recogía las flores tiradas por el viento; más tarde, un taxista se estacionaba, el policía del centro comercial hacía una ronda y una empleada doméstica pasaba apresurada.

 

Una mañana se paró un hombre delante de la puerta cerrada del templo. Con una mano sostenía la bicicleta y con la otra, se santiguó. La mirada volcada detrás de la madera sabiendo que allá dentro había algo que lo vinculaba con este aquí. El sol apenas desataba los copetes de los árboles cuando este hombre nos mostraba la brizna ante lo inconmensurable. 

 

Seguí agrandando el área en que me movía hasta llegar a una zona arbolada de mi colonia. En el trayecto, divisé a una mujer joven que se bañaba fuera de un negocio utilizando el agua de una llave externa al edificio. La mujer joven daba la espalda a la bocacalle por lo que no se podía ver su rostro. Conservaba el brasier y el pantalón de mezclilla mientras se bañaba. Llenaba una botella de agua que vertía en su cuerpo. Mi caminata era por la cuadra de enfrente desde donde la divisaba perfectamente. Al día siguiente, a la misma hora, la volví a ver. Por más indiferentes que queramos ser a las condiciones de las personas, no pueden pasar desapercibidas; no seguimos como si no ocurriera, como si no nos ocurriera. En las ciudades desarrollamos sensibilidad de la indiferencia a fin de silenciar los gritos del alma ante estas situaciones. Sin embargo, pienso en mis hijas, mis sobrinas, mis alumnas, en cualquier mujer obligada a hacer algo así. 

 

Lo otro nos arrojaría a la locura, involucrarnos en todo, nos arrojaría al abismo. 

 

Yo anduve en el extranjero de mochilera, cuando joven. Sé lo que es estar en la calle porque no tienes hotel, el tren se retrasó o la dirección de la amiga estaba equivocada. De cualquier modo, me remonté a una fría terminal donde, en alguna ocasión, dormí en la banca abrazando la pequeña cartera con mi pasaporte.

 

Después de algunos días, preparé una bolsa con una toalla pequeña y un short. Pensé regalárselos para hacerle más fácil el baño. También agregué un jabón. Traté de levantarme más temprano para llegar al lugar antes que ella y simplemente, dejar la bolsa. Los tres días siguientes amaneció lloviendo, lo que me impidió salir a caminar. El cuarto día desperté tarde, por lo que no hice el paseo matutino. Además, supuse que a esa hora, la muchacha joven ya no estaría, puesto que entendí que su baño, a esa hora, era para evitar ser vista. 

 

Un día, por fin, dejé la bolsa. De regreso de la caminata, el envoltorio ya no estaba; vi el piso mojado, lo que me hizo suponer que se llevó las cosas. 

 

Ha seguido lloviendo por las tormentas tropicales, el aire se vuelve fresco como una bienvenida del amanecer y las flores empiezan a levantarse en sus tallos. En esta hora me siento huésped del Paraíso. 

 

No la he vuelto a divisar. Nunca le vi la cara ni hablé con ella. Puede ser que haya cambiado de ciudad en la travesía de su vida o que, simplemente, se sintió observada y busque otro lugar para bañarse. 

 

De vez en cuando dejo un jabón cerca de la llave de agua, por si regresa la mujer joven. 

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, septiembre 8 de 2020.

martes, 1 de septiembre de 2020

Habitar tecnología

En la fotografía de la muchedumbre

 mi cabeza es la séptima de la orilla, 

o tal vez la cuarta a la izquierda,

 o la veinte desde abajo. 

Las señales que me hace

 son ningunos rasgos personales; 

quizá la ve el Espíritu del Tiempo,

 pero no la mira.

 

Wislawa Szymborska. Poesía no completa

 

Mi abuela habitaba en la religión: al despertar se persignaba, lo hacía al desayunar, bañarse, salir a la calle, antes de dormir. Cuando sonaban las campanas de la iglesia cercana decía alguna jaculatoria como: “alabado sea Dios”. Sus expresiones de asombro, regocijo o temor iban por el estilo de “Jesús, María y José”, “Dios te ayude”, “la Virgen te oiga”, “Dios guarde la hora” y otras más. Portaba el escapulario de la virgen preferida convencida de la protección que le otorgaba. Iba a la iglesia para encontrarse con una comunidad en ese espacio dedicado al ritual. Al rezar, se encontraba a sí misma en el instante del silencio. 

 

Hoy habitamos tecnología. ¿Quién se resiste a encender el celular al despertar, en el caso de que se hubiese apagado? De la misma manera que la abuela, consultamos internet para salir a la calle, realizar un viaje o seleccionar una dieta. Desayunamos con algún dispositivo ya sea tableta, teléfono, televisión, computadora. Ahí están las nuevas voces que, desde espacios intangibles, marcan pautas para nuestra vida. Si alguien sale de casa sin celular, empieza el desasosiego. Por ello, no es exagerado decir que los teléfonos (con internet) se han convertido en los amuletos tecnológicos de los seres racionales de la modernidad. 

 

Encontramos la comunidad en Facebook, Instagram, Twitter, quienes han encontrado en nosotras, a sus fieles devotas. Las redes sociales permiten crear vínculos con comunidades cercanas o remotas que nos dan ilusión de pertenencia. También ahí nos vemos a nosotras mismas. La obsesión de subir fotos, anécdotas o frases, nos permite dejar rastros de los caminos que transitamos. Ahí nos enteramos de la niña recién nacida, del cumpleaños de alguien, del deceso de conocidos. La tecnología es el espacio para la vida privada, la vida íntima, la social, la pública. 

 

Somos, un algo vacío que llenamos con las huellas digitales proporcionadas por la tecnología. 

 

Las nuevas expresiones han sido sustituidas por: “me dejó en vista”, “castígalo sin celular”, “qué no se caiga la red”, “que no me quede sin datos”, “nadie me dio like” y otras. 

 

He asistido a reuniones con jóvenes a través de las pantallas, pero también lo he hecho con personas de mayor edad. Cuando éstas últimas, entran a la tecnología, las vemos asistidas de las hijas o nietas, pero después, aprenden a utilizar los dispositivos para enlazarse a conversaciones. Ningún rincón de la vida cotidiana queda fuera del hálito tecnológico, no al menos en la sociedad de las clases medias de las urbes. 

 

En la tecnología consumimos novedades y más novedades. De cinco minutos, de dos, de veinte segundos; lo que provoca vivir intensamente ya que cada presente deja paso a un nuevo presente. Se banaliza la novedad, nos agota en la incapacidad de retener el caudal de información, de imágenes. En tanto que, en las comunidades de los rituales, la repetición rehace el sentido comunitario y con ello, alarga el tiempo. Quizá por eso, entramos a los rituales para saber lo que está fijo, lo que queda para el tiempo largo. Cuando entramos al rito comunitario nos olvidamos de la carga de nosotras, borramos las huellas identitarias para dar paso a lo colectivo ya que lo que importa es el conjunto. El alma o la identidad de cada quien se abstrae de sí misma para ser parte de ese todo, ya sea una ceremonia religiosa o un concierto, desde sentimientos conocidos y colectivizados.

 

En cambio, habitamos la tecnología para mostrarnos y escucharnos a nosotras mismas. Es el eco del yo lo que muestran las distintas fotos que a diario hago circular en la red. A contrario de los ritos, en las redes sociales desaparece el mundo para quedar yo misma: yo fascinada con las fotos que muestro, con las letras que escribo, los mensajes que envío. Es el permanente mostrarme a mí misma para mí. El mundo se esfuma para que aparezca yo.  

 

Y por la noche, de nuevo nos despedimos en la tecnología. Activar silencio tecnológico es similar a callar a los ángeles, a la voz interior. La tecnología nos vela, porque como en los rituales sagrados, está ahí, con su carga de misterio para posesionarse de nuestras vidas y nosotras, como seres de los abismos, nos entregamos a ella. Quizá porque sabemos que es inútil resistirse o porque, ¡oh, abuela! nos reconocemos necesitadas de estos pequeños dioses en los cuales habitar para sentirnos humanas, seres de presencia ante la soledad de la falta de rituales. 

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, septiembre 1 de 2020.