domingo, 10 de agosto de 2025

Jala, donde el viento sabe a ceniza

Llevamos la vida en la vida;

somos las mujeres mazorca

las mujeres nixtamal

las mujeres

 

Aquí, en Jala, amanece la sombra de las casas señoriales y poco, a poco, se van desvaneciendo hasta que la mañana se vuelve mediodía.  Más allá, surgen las casas de los campesinos que, fieles a las tormentas, levantan los surcos para que el 15 de agosto los elotes sonrían en la ciega furia de la vida.

 

Después de la tormenta sientes que en estos callejones puedes vivir la eternidad porque aquí están guardados los recuerdos de las madres, de las madres de las madres; de los padres. La tormenta cayó fuerte. “fueron tres tormentas en una”, me dijo un señor que pasaba: “la primera vino silenciosa; la segunda fue la de los rayos; la tercera traía viento”. Yo lo dejé que siguiera en sus murmullos porque no sabía si hablaba conmigo, con el hueco de las bardas o con los perros de la calle.

 

Todavía susurraba el agua de la tormenta entre las piedras y el piso de ceniza. Un hilo de luz nos seguía cuando íbamos saltando por un camino abierto entre las corrientes del agua. El señor siguió en su palabrería, en tanto que yo volví sobre mis pisadas para retornar a la plaza. Los perros se fueron por el callejón de los arrayanes.

 

Tropezamos con piedras al azar porque en esta hora de la mañana todavía la luz se pega a las paredes y tarda en bajar hasta el empedrado. Digo buenos días a una señora que barre las hojas que cayeron tras la tormenta. Todavía se oye el candor de la caída de las hojas en tanto la señora vuelve a sus propias meditaciones sobre la hija que se fue para el norte. Porque, aunque ella no lo diga, las hijas se van cuando se tienen que ir y aquí quedamos las madres, con el corazón en la espera de que pasen las tormentas que les tocan.

 

Más adelante, las veladoras forman una cruz en el piso de una casa, las cuales veo al pasar. Trato de no asomarme demasiado a ver a los deudos porque las caras desconocidas verán mi propia cara en la manía de vivir. Tal vez deba decir en esta manía de vivir donde los días pasan sin remordimientos.

 

Frente a la presidencia municipal empiezan a colocar el templete donde se llevará a cabo la presentación de las candidatas a reina del elote de este año. La decoración multicolor de la cultura wixarika, luce en el venado y en el puma, tapizados de chaquira, joya de la artesanía nayarita. Los ojos de dios anuncian el espectáculo nocturno, entreverados con elotes de utilería, porque la presentación se programa para las 9:30 de la noche, un horario destinado a redes sociales con muy poco público presencial: solo los familiares de las candidatas y quienes integran el jurado: el cabildo del municipio, las reinas electas de localidades vecinas, Ixtlán del Río y Ahuacatlán.

 

Todo esto que oyes, todo esto que pisas está destinado a perecer: es un templete por el que pasarás, por el que serás vista para, después, ser reemplaza por otra; mientras tanto, alguien te dice: “es tu turno”. Cierras los ojos para ver más allá, donde se ve el entrecruce de las nubes; así no ves los ojos de toda la gente que vive sobre la tierra y te mira.

 

La Feria del Elote de Jala, Nayarit tendrá su reina, ese símbolo de fertilidad que portan las mujeres jóvenes en todas las culturas agrícolas. Aunque parezca un evento social que sigue el glamour de los tiempos, el principio femenino se alza desde el centro de la tierra. El principio femenino marca la cosecha en su mansedumbre de ser tierra, matriz, resurgimiento. La joven elegida, es algo tan común y tan divino como la diosa Xilonen, “espiga, mazorca tierna”. Ella simboliza lo que renace milpa tras milpa, flor tras flor, grano.

 

Aquí en Jala, el piso es de ceniza porque el volcán nos dejó esta alfombra negra. Con la ceniza hemos creado sermones, criaturas, buques para navegar. Hemos vivido bajo el cielo de ceniza cuando cae la tarde mientras las iguanas se esconden en los tejados. Hemos enterrado a nuestros muertos en cualquier orilla de ceniza.

 

En las casas se esconden los nombres que hemos olvidado. El de la mujer muerta sigue nombrándose en las paredes de las casas que siguen en pie porque los tañidos de las campanas del día de su muerte renovaron el cansancio de otras edades. Cada mujer que nace recupera a la anterior y esta a la anterior y así hasta que el viento feroz devuelva las edades del principio.

 

Es verano, es el tiempo de los verdes verdes, cuando la tierra quiere asentarse en el fervor del sol del mediodía. Es el verde amado colgando en los aleros de las casas, en el borde del espejo como poema desbordado.

 

El viento trae los sonidos del trueno mientras los pájaros, indiferentes a los empedrados, pasan brillando sus plumajes azules.

 

Es Jala, el viento sabe a ceniza. En tanto, en el llano, la milpa palpita en la tormenta que vuelve.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 9 de agosto 2025.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

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