lunes, 12 de marzo de 2018

Coco: el México de adentro

Nunca le pongas nombre a un perro callejero,
te seguirá por siempre

Coco

Escucho a mi nieta de siete años llegar a casa cantando Ayer lloraba por verte. Casi grita cuando dice: ¡Hoy lloro porque te vi! Empiezo a cantar otros versos, pero ella me corrige: así no es, abuelita.

Sí, ella se fascinó con Coco, película que logró la maravilla que niñas y niños canten esa canción antigua de La Llorona que cantaba mi abuela a principios del siglo XX. ¿Qué tiene Coco que logra articular generaciones más allá de fronteras, grupos y nacionalidades?

Coco vehiculiza sentimientos sobre lo mexicano para espejearnos en el éxito de Guillermo del Toro. Porque México está en la abuela del mandil, en la pedagogía de la chancla, en el altar oaxaqueño, en el estereotipo de los héroes populares muertos (Pedro Infante, Frida).  Mientras, la pobreza, el abandono del padre, el autoritarismo, se condensa en una fascinación de lo nuestro, se le apropia como lo exótico mexicano envuelto en colores brillantes que hipnotizan, en música directa al corazón.

¿Quién no siente orgullo al ver reflejado el esfuerzo de las mujeres mexicanas abandonadas por el marido? En lugar de llorar y convertirse en población vulnerable para los programas estatales, instauran negocios familiares de los que son exitosas.

Coco exhorta al público a identificarse con distintos personajes de la película. En primer lugar, está Miguel, el niño héroe a quien la familia quiere imponer un oficio, pero se erige como paladín de la libertad, de la voluntad. En segundo lugar, está Héctor, convertido en villano por abandonar la familia, pero que esconde el secreto de la inocencia al ser asesinado por el verdadero villano. Experimentamos una piadosa indignación ante la trama de la película que transcurre en un contexto donde lo mexicano es un pueblo provinciano con la familia como ancla de la vida social envuelta en eso exótico que significa el México de adentro: tamales, papeles de colores, mariachi, niños que lustran los zapatos, la fiesta, las costumbres.

El sentimentalismo nacional que provoca la película nos devuelve la promesa de que el país se puede recomponer más allá de la diferencia social, el antagonismo intercultural, la brecha económica. Los canales de identificación de lo mexicano son la afectividad y la empatía. Sabemos que triunfarán los débiles, tanto Miguel como Héctor porque el cine rehace esa poderosa creencia popular de que al final, triunfará el bien. Imelda perdonará a Héctor porque las mujeres son amorosas aún cuando quieran parecer duras. También sabemos que se descubrirá la verdad porque la mentira es la farsa de los poderosos.

Las emociones son así instrumentalizadas alrededor de una patria, una bandera, a partir de concepciones antagónicas de quien tiene éxito y de quien fracasa. Exitosos fraudulentos, fanfarrones y poderosos frente a fracasados auténticos, sentimentales y honrados.

El temor al olvido opera como el motivo principal de la película. Si la última persona que te recuerda, perece, mueres totalmente, mueres de a de veras. Existes en tanto recuerdo de alguien, ya que la verdadera muerte es el olvido total, por eso Héctor debe encontrar aliados para ser devuelto a los recuerdos de alguien. Esos aliados son otros que han sido olvidados por la historia o por las memorias colectivas. Es la alianza necesaria de los débiles. Ni Frida ni Pedro tienen necesidad de comprar recuerdos, ni hacer trampas para que los recuerden. Su obra está suficientemente remasteurizada en la memoria colectiva para garantizar su permanencia. La propia policía de los recuerdos los rehace como estereotipos.

Son los débiles los que deben luchar por estar en el recuerdo de alguien. Los débiles, inscritos en las frágiles memorias familiares. Por eso, los débiles se alían ante al Estado que vigila los recuerdos.

El sentimentalismo mexicano fortalece las matrices tradicionales de la jerarquía cultural. La corrupción se convierte en una anécdota porque al final es vencida. La labor histórica del sentimentalismo patrio es proporcionar a los débiles una identidad supuestamente igualitaria para que no perciban su especificidad de debilidad como una vulnerabilidad política y económica. El poder cultural del sentimentalismo mexicano confirma la empatía y la identificación interpersonal como el lugar central de la vida colectiva. Los conductores de televisión que transmitían la ceremonia de los Óscares, llamaban a celebrar la victoria de Coco en el Monumento a la Independencia. ¿Era un éxito de la nación? Claro, desde luego, es el cumplimiento del sueño mexicano, atisbar al México de Adentro y habitarlo.

Mi nieta canta la Llorona y con ello trae los versos de la abuela, pero no su tono. Sin que ella sepa todavía, su grito Hoy, lloro porque te vi, son de una mujer del siglo XXI, aunque sea la misma letra que entonaron las mujeres en el siglo XIX. Es Imelda indignada, defendiendo lo que decidió defender, como las mujeres de hoy que defendemos lo propio. Y desde luego, disfruté la película.

Socióloga, investigadora de la Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco_1@yahoo.com
Enviado a Nayarit Opina, Tepic, Nayarit marzo 12 de 2018


No hay comentarios:

Publicar un comentario