lunes, 27 de abril de 2026

La mujer de Lot, la desobediente sin nombre

Tal vez miré hacia atrás por curiosidad,

Pero además de curiosidad pude tener otras razones.

Por la desobediencia natural de los humildes.

Escuchando cómo nos perseguían.

Conmovida por el silencio, pensando que Dios cambiaría de idea

 

Wislawa Szymborska

 

 En la historia bíblica la mujer de Lott, -que se menciona así, sin nombre, solo por la relación conyugal con el esposo-, se convierte en estatua de sal porque, no obstante, la advertencia de los ángeles de no voltear a ver la destrucción de Sodoma y Gomorra, ella desobedece.

 

Lo anterior se ha interpretado como el apego a la vida que llevaba, por lo que, al no querer dar pasos hacia otra forma de vida, queda permanentemente, viendo ese pasado.

La versión de la Biblia de Reina Valera de 1960 lo narra de la siguiente manera:

 

“Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal. Y subió Abraham por la mañana al lugar donde había estado delante de Jehová. Y miró hacia Sodoma y Gomorra, y hacia toda la tierra de aquella llanura miró; y he aquí que el humo subía de la tierra como el humo de un horno” (Génesis 19:26-28).

 

La mujer de Lot es una mujer anónima, es esposa de alguien, como hoy cuando se menciona a un funcionario “y su distinguida esposa”, sin nombre, totalmente intercambiable por cualquiera.

 

¿Por qué volteó la mujer de Lot? Dios la castiga por la desobediencia, meramente; no tanto porque tuviera prohibido ver la destrucción, ya que al día siguiente Abraham vio lo que quedaba de la ciudad maldecida. El humo todavía subía desde la tierra.

 

La mujer de Lot simboliza a la mujer desobediente de los mandatos patriarcales. Voltea porque no está de acuerdo en el pacto que tiene su esposo con Dios, al fin al cabo, pacto entre varones para destruir a otros. Voltea, también, porque están destruyendo su hogar, su casa, lo que ella había construido, sin que le importe al esposo. Sin que él intente oponerse a la destrucción, solo le importa seguir siendo el hombre justo para que Dios lo premie.

 

Pienso que voltea porque le da vergüenza ser salvada mientras que el resto de sus conocidas tendrán el fin que un Dios vengativo ha decretado. Voltea por solidaridad con sus hermanas, con sus vecinas, con sus conocidas; con las desconocidas, incluso.

 

Voltea porque ya no quiere seguir siendo la mujer de Lot, el hombre justo. No quiere seguirlo en esta nueva etapa de ser un hombre obediente que sirve a un Dios masculino Voltea porque quiere ser la única testigo del asesinato masivo que Dios está cometiendo contra la humanidad.

 

Voltea porque es una forma de resistencia ante los mandatos. No quiere ser cómplice de un secreto que la vuelve privilegiada. Voltea para quedarse así, como estatua, en lugar de ser una exiliada. Se queda en el lugar que elige, cuando ella no ha elegido nada, ni siquiera el nombre. Entonces, elige el lugar donde quiere quedar.

 

No quiere ser una exiliada y llevar el pasado como recuerdo. Empezar en otro lugar bajo la mirada disciplinante del esposo justo. No, no lo quiere.

 

Voltea porque es una mujer curiosa y las mujeres tienen prohibido ser curiosas, solo deben ser obedientes. Quiere ver lo que sucede en su entorno, en su proximidad. La vida no es lo que ocurrirá, sino lo que está ocurriendo.

 

Basta un movimiento en contrario a lo que tiene mandatado, para recuperar su identidad, su lugar convertido en no lugar.

 

La mujer de Lot, como otras mujeres en la actualidad, quedan atrapadas en conflictos bélicos no desatadas por ellas, pero sí se convierten en las principales víctimas.

 

Termino con las siguientes palabras a la Mujer de Lot:

 

Miraste por todas;

por todas las que no pudieron mirar

por las que fueron calcinadas.

Tal vez querías volver a mirar el patio de tu casa,

el pozo de agua,

la tumba de tu madre muerta.

 

Te convertiste en la testigo del crimen de Dios

cuando él no quería a nadie como testigo.

Así operan los destructores, no quieren dejar rastro,

ni nadie con vida que de cuenta de sus crímenes.

Hoy diríamos, crímenes contra la humanidad

 

No quisiste el dolor del exilio,

ni conocer una nueva tierra despojada de ti misma.

No quisiste

acomodar tus trastes en nuevas hornillas

ante leyes extranjeras.

 

Serías sombra de ti, desposeída de tu pasado

Lanzada al exilio del tiempo que viviste.

 

Un ángel morboso usó tu cuerpo

como materia artística moldeable,

¿o fuiste la musa de Dios?

 

Y ahí quedaste, en el lugar que escogiste

 

Anclas tus pies de sal en el lugar de la memoria.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 25 de abril de 2026

y en Meridiano de Nayarit, 26 de abril de 2026.


Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

martes, 21 de abril de 2026

Un futuro sin imaginación

Aquí parece que empezara el tiempo

en solo un remolino de animales y nubes,

de gigantescas hojas y relámpagos

 

Rosario Castellanos

 

 Rosario Castellanos en Apuntes para una declaración de fe, dice: Somos la raza estrangulada por la inteligencia. Con esta reflexión quiero referirme al momento en que estamos; un momento en que carecemos de futuro imaginado.

 

En el transcurrir de las ideas han existido futuros imaginados como utopías. Entre las más importantes está La República de Platón, escrita en el año 370 antes de nuestra era, donde explora las posibilidades de un Estado ideal gobernado por una aristocracia de filósofos; La Ciudad de las Damas de Christine de Pizán, escrita en 1405, en la cual se cimenta una Ciudad de Damas a partir de la enumeración de las mujeres célebres. Ellas son el pilar y las habitantes de la ciudad, a consejo de tres diosas: Razón, Rectitud y Justicia; la Utopía, de Tomás Moro, de 1516, en la cual se describía la vida en una isla basada en la propiedad comunal y la tolerancia religiosa.

 

La distopía Un mundo feliz de Aldous Huxley de 1932, describe una sociedad avanzada tecnológicamente, pero deshumanizada. Fue, sin duda, una de las primeras advertencias de lo que podrían acarrear las sociedades cuyo desarrollo se centrara en la tecnología. Se denomina distopía porque presenta una sociedad futura negativa para la vida humana, a diferencia de las utopías cuyos contenidos plasman sociedades ideales.

 

Entre las utopías que los seres humanos han imaginado están las políticas, las religiosas, las tecnológicas, las ecológicas y las feministas, entre las más importantes.

 

Muy cercana a nuestra época, circuló la utopía del socialismo y el comunismo como el imaginario capaz de movilizar a generaciones de distintos países durante el siglo XX. Hoy, ese imaginario ha sido enviado al bote de la basura de la historia sin que tengamos un reemplazo capaz de mover las conciencias, articular las voluntades y dirigir acciones hacia algún lugar.

 

Cuando viví en Berlín, conocí un movimiento juvenil que proclamaba una sociedad postcapitalista no socialista. Como nos damos cuenta, los jóvenes integrantes de ese movimiento podían enunciar lo que no querían, no así el tipo de sociedad que deseaban.

 

Hoy sabemos que la derecha conserva su propia utopía: el futuro es una continuación del presente. Los estados nacionales tenderán a convertirse en empresas donde no existan ciudadanos con derechos sino, clientes y consumidores. Cada quien podrá cambiarse de empresa-estado según obtenga mayores beneficios personales. Los estados empresas actuarán de acuerdo a criterios para maximizar las ganancias. ¿Se pelearán por los clientes? Supongo que sí, siempre y cuando les conlleve un beneficio.

 

En las izquierdas, la inteligencia ha asfixiado a la imaginación. Se es incapaz de pensar un futuro con utopía o simplemente, pensar un futuro con futuro. Hoy lo que mueve a los movimientos de izquierda no es la libertad, ni la justicia, ni la democracia.

 

Si para las derechas el futuro es una continuación del presente, para algunas izquierdas, el futuro es un regreso al pasado: ahí están las causas comunitarias acríticas; el rescate de costumbre prehispánicas o pre-capitalistas.

 

Las utopías feministas no solo proclaman un futuro sin patriarcado y sin dominio androcéntrico, sino que apuntan a eliminar las estructuras de dominación simbólicas y materiales. Marcan, además, una nueva relación con todo lo viviente más allá de la superioridad humana.

 

Hemos perdido la capacidad de imaginar. De imaginar a partir del presente. ¿Cuántos futuros hay en este presente?

 

Hemos llegado a un punto de ¡sálvese quien pueda! puesto que los intereses individuales, los logros personales han ahogado las posibilidades de lo colectivo.

 

Quizá la salvación del planeta, derivado del desastre de los ecocidios, pueda convertirse en una causa que movilice conciencias para detener la destrucción que se realiza desde la avaricia del capital.

 

Quizá sean las pequeñas comunidades donde se generan lazos de reciprocidad y ayuda mutua las que puedan crear futuros basados en las personas próximas. La comunidad básica otorga sentido de pertenencia, seguridad y confianza. Nos remite a quiénes somos ante los próximos y puede conducir a priorizar metas más allá de lo individual.

 

Para lograrlo, se tienen que desmontar estructuras de competitividad, de reconocimiento del más fuerte; alentar acciones de reconocimiento mutuo. Todo ello dentro de las proclamas de las utopías feministas, indigenistas; donde se incluyan todos los grupos que han sido enviados a los márgenes.

 

A diferencia de los muchachos que proclamaban luchar por una sociedad postcapitalista, no socialista, podemos enunciar lo que sí queremos: una sociedad sin subordinación patriarcal ni discriminación de ningún tipo ni dominio androcéntrico. Lo que no hemos imaginado todavía, es cómo será esa sociedad porque la pensamos desde las personas patriarcales que somos. Cargamos con todos los cruces de las discriminaciones; nos damos cuenta del callejón en el que estamos: nosotras, habituadas a la habitar las discriminaciones, las exclusiones, ¿podemos imaginar otro orden social?

 

¿Quiénes podrán, entonces, imaginar otro futuro para el futuro? Como dice Rosario Castellanos al final de su poema

 

Abandonemos ya tanto cansancio.

Dejemos que los muertos entierren a sus muertos

y busquemos la aurora

apasionadamente atentos a su signo.

Porque hay aún un continente verde

que imanta nuestras brújulas.

Y yo agrego:

 

Me columpiaré en las estrellas

mientras pasa este mundo de monedas.

 

Cantaré en el mar luminiscente

Hasta que, por engaño, despedacemos las medidas.

 

Imaginemos que la mejor victoria no deja sombra.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 18 de abril de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

 

lunes, 6 de abril de 2026

Día Internacional de la poesía

alejandra, alejandra, 

debajo estoy yo

alejandra.

 

Alejandra Pizarnik

 

La Organización de las Naciones Unidas ha declarado el 21 de marzo como Día Internacional de la Poesía. ¿Por qué es importante la poesía? Porque en la poesía las palabras adquieren significados diferentes de los que tienen en la vida cotidiana. Por eso, todas las culturas del mundo, todos los pueblos, han creado poesía ya sea en forma de cantos, oraciones o poesía directamente.

 

Quien escribe poesía hace uso de las palabras cotidianas, pero las saca de ese uso para organizarlas de otra manera. Por ejemplo, cuando Rosario Castellanos dice:

 

La piedra no se mueve.

En su lugar exacto permanece

su fealdad está ahí, en medio del camino,

donde todos tropiecen

y es, como el corazón que no se entrega,

volumen de la muerte.

 

Esa faceta de la piedra no la vemos en el sentido común que le damos. La poesía nos permite ver otras aristas de la vida, de las cosas.

 

La poesía nos la enseñan a través de canciones infantiles, por eso quizá, la asociamos a una etapa infantil. Por lo que, así como debemos crecer en cualquier otro tema, así también debemos “crecer” en la poesía.

 

La poesía es anterior a la palabra escrita, es anterior a la prosa en todas las culturas. La Biblia misma está escrita en versículos, una forma especial de poesía. Las oraciones se expresan mediante poesías porque de esa manera es más fácil memorizar. La poesía contiene una melodía que la hace más accesible.

 

Existen muchos tipos de poesía. Seguramente todos y todas recordamos poetas que aprendimos en los libros de texto. Nos empieza a llamar la atención porque encontramos eco de nuestros propios sentimientos y así, poco a poco, entramos en poesías con otros significados.

 

Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) en Verde embeleso, dice:

 

Verde embeleso de la vida humana,

loca esperanza, frenesí dorado,

sueño de los despiertos intricado,

como de sueños, de tesoros vana;

sigan tu sombra en busca de tu día

los que, con verdes vidrios por anteojos,

todo lo ven pintado a su deseo:

 

Aquí está hablando de la subjetividad, en el sentido de que cada quien ve de acuerdo a los anteojos que porta.  

 

El siguiente es el inicio del poema Cuatro cuartetos de T.S. Eliot (1888-1965), en la traducción de José Emilio Pacheco:

 

El tiempo presente y el tiempo pasado

Acaso estén presentes en el tiempo futuro

Y tal vez al futuro lo contenga el pasado.

Si todo tiempo es un presente eterno

Todo tiempo es irredimible.

 

La poesía nos introduce a la filosofía del tiempo, se puede decir. De ahí que a través de la poesía se puede filosofar.

 

La poesía nos permite expresar emociones, sentimientos, razones de una manera insospechada. Por eso se ha convertido en una manera de decir que atraviesa las edades. Desde luego, la poesía que se escribe en la actualidad es diferente a la del siglo XVI, pero aún los sonetos de Shakespeare (1564-1616) de ese siglo, nos hablan a las habitantes que somos en el siglo XXI, porque la poesía, encierra el misterio humano. El soneto dos inicia con lo siguiente:

 

Cuando el asedio de cuarenta inviernos

En tu erial de belleza abra trincheras,

Tu juvenil librea, hoy admirada,

Será un paño raído y harapiento.

 

¡Cuarenta inviernos y ya tendrá arrugas de trinchera! Aquí se puede apreciar la condición de vejez de esa época. También debemos saber que los poemas escritos en una lengua diferente al español, son traducidos de manera distinta en cada época, por lo que se van actualizando.  

 

Por ejemplo, el monólogo de Hamlet lo leímos en la traducción de Porrúa. En el siglo XX, Tomás Segovia (1927-2011) hizo una traducción, que se considera una mejor traducción poética. El inicio dice:

 

Ser o no ser, de eso se trata.

Si para nuestro espíritu es más noble sufrir

las pérdidas y dardos de la atroz fortuna

o levantarse en armas contra un mar de aflicciones

y oponiéndose a ellas darles fin.

Morir para dormir; no más ¿y con dormirnos

 decir que damos fin a la congoja

y a los mil choques naturales

de que la carne es heredera?

 

 Finalmente, termino con el poema Lo fatal de Rubén Darío (1887-1916), considerado uno de los mejores poemas de la lengua española.

 

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de estar vivo

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

 

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

 

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos

y no saber a dónde vamos,

ni de dónde venimos…!

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 28 de marzo de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

viernes, 27 de marzo de 2026

Resistencias patriarcales en las universidades

 Resistencias patriarcales. Desigualdades y políticas de género en la Universidad, es un libro de Ana Buquet, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), publicado por esa casa de estudios a través del Centro de Investigaciones y Estudios de Género.

Aunque el libro se refiere a la UNAM, se puede considerar que gran parte de los resultados a los que arriba pueden ser extendido a las universidades públicas mexicanas.

 

En el texto se discuten los principales argumentos referidos a la construcción de igualdad al interior de las universidades en el ámbito europeo y latinoamericanos a partir de los marcos de las Convenciones Internacionales que apuntan al avance de las mujeres en la educación superior desde fines del siglo XX. Desde este punto de vista presenta la paradoja de que diversas Instituciones de Educación Superior (IES) han impulsado cambios normativos, impulsado estructuras y acciones institucionales a favor de la igualdad, sin que se observen los cambios esperados.

 

¿Por qué son importantes los resultados de la investigación que se plasman en este libro? Porque la investigación inicia con los estudios elaborados en el principio de las políticas de igualdad en las IES en México, los que son contrastados con la investigación reciente; esto es, un lapso de aproximadamente, quince años. Ello permite observar lo que persiste en las universidades; lo poco que se ha transformado el lugar de las mujeres en la UNAM y muestra las fisuras de las políticas. Constata que las políticas de igualdad que anunciaban transformaciones estructurales, de relaciones sociales y culturales en la UNAM, muy poco han cambiado el lugar de las mujeres.

 

La investigación se fundamenta en la normatividad jurídica nacional e internacional y en un enfoque feminista para mostrar el avance de los derechos de las mujeres para ser sujetas universitarias de pleno derecho; libre de ambientes de discriminación y violencia; con iguales posibilidades que los hombres para acceder a lugares de poder académicos y de gestión. Con ese andamiaje, la mirada se dirije hacia el interior de la propia institución para develar las características de la estructura y la cultura como factores que inciden en los esfuerzos de política pública universitaria para construir igualdad.

 

En el libro se reflexiona dentro de teorías que permiten comprender y analizar esta paradoja de la igualdad que se evade. Conceptos como códigos de género, resistencias, sistema de cuidados, violencias en razón de género, se convierten en filtros por donde se agudiza la mirada.

 

Los ejes de análisis se centran en las desigualdades más sensibles visibilizadas al interior de las universidades: la segregación por sexo en los puestos de toma de decisiones; la violencia de género como un mecanismo que regula las relaciones entre mujeres y hombres en la institución y el uso diferencial del tiempo. Esta última temática de reciente incorporación debido a los estudios sobre cuidados que han iniciado en la academia y de los cuales las universidades no han definido algún tipo de corresponsabilidad institucional de cuidados. Por ello, el uso del tiempo de universitarias y universitarios se considera un ejemplo que muestra la persistencia de desigualdades.

 

La autora borda de manera fina al preguntarse por qué, si se han dado las condiciones para que las universidades logren cambios a fin de que mujeres y hombres habiten las instituciones sin desventajas para ellas y sin privilegios para ellos, por qué estamos prácticamente en el mismo lugar de partida: el poder político y académico sigue siendo ejercido prioritariamente por el colectivo de los hombres, quienes, además, concentran los ingresos más altos; la violencia contra las mujeres sigue atravesando las relaciones entre mujeres y hombres en el ámbito estudiantil, académico y administrativo y persiste una desigual distribución del trabajo medido el uso diferencial del tiempo.

 

La autora propone no centrarse solamente en los obstáculos que enfrentan las mujeres en la educación superior, que sobre esto se han desarrollado las políticas, fundamentalmente, sino que propone una mirada del lado de la estructura de la universidad. Cómo el poder masculino se ha apropiado de los avances teóricos y de prestigio del feminismo, lo que se ha traducido en la conservación del poder por parte del colectivo de los hombres.

 

Por ello, la autora trabaja con el concepto de resistencias en tres vertientes: las resistencias individuales, colectivas e institucionales; las tres se refuerzan y confirman; una es constitutiva de la otra y de la otra y de la otra. En palabras de la autora: “Cuando las autoridades no apoyan los cambios, muestran reservas o se manifiestan en contra, envían un mensaje a la colectividad, por lo que es más probable que las personas se resistan de manera individual” (p. 27).

 

En el libro se urde una mirada sobre las alianzas masculinas en diversos momentos de la vida universitaria. Así queda en evidencia la estructura patriarcal activada en redes que actúan en diversos momentos de la vida universitaria para evitar la transformación de las relaciones entre mujeres y hombres al interior de la uiversidad; se refuerza el régimen de género; se arraigan las posturas individuales de las masculinidades en la universidad y se fortalecen las complicidades masculinas. Ello contrasta con los discursos y los planes institucionales, los cuales son políticamente correctos ya que incorporan lenguaje de género, pero, como afirma la autora, se trata de políticas de igualdad creadas dentro de lógicas patriarcales.

 

Son universidades igualitarias en el papel, aparador para simular que se cumple con las normas y que se está en el pulso del tiempo, pero que en la práctica no se desarticulan las alianzas micro y macro que sostienen las desigualdades en diversos planos.

 

Quizá sería necesario, en una siguiente investigación, realizar un estudio sobre la cultura política institucional de la UNAM con la finalidad de fundamentar el modus operandi de las combinaciones de las “resistencias patriarcales individuales, colectivas e institucionales”. Esas combinaciones se mencionan, pero hace falta, discernir finamente, cómo ocurren en la práctica.

 

El libro permite avanzar en la comprensión de cuál es el resultado de las políticas de género en la educación superior, de las acciones organizacionales, de los esfuerzos de los organismos internacional, de las propuestas de las feministas institucionales, de las exigencias de las colectivas universitarias en transformar el lugar de las mujeres en las IES.

 

Las mujeres avanzamos hacia la igualdad en base a derechos, pero el patriarcado tiene pactos, alianzas, lugares obscuros, costumbres, por donde camina. Por eso la autora distingue los comportamientos formales y los informales en la construcción de igualdad.

 

El libro nos invita a un alto en el camino. A valorar los resultados de lo que se ha implementado, desde 2010 a 2026.

 

Agradezco a Ana Buquet, a su equipo de trabajo y al CIEG la realización de esta investigación cuyo profesionalismo en el manejo de los datos, la interpretación de resultados, el análisis pormenorizado, establece un piso desde el cual mirar la realidad de la construcción de igualdad en la UNAM, sin perdernos en los aplausos fáciles, pero tampoco en críticas sin fundamento.  

 

A partir de estos resultados es posible introducir cambios en las políticas, realizar acciones de incidencia en poblaciones específicas para que el propósito de cambiar el lugar de las mujeres en la educación superior tenga posibilidades de ser realidad. Y no repetir la historia de la clásica Penélope que lo que se teje de día, se desteje en la noche permanente del patriarcado.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 14 de marzo de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

¿Qué hacemos con el miedo?

Disparos sobrevuelan las hileras de abetos.

Siempre cae algún tiro que se extingue en la carne.

Y alguien queda en el sitio...

 

Ingeborg Bachmann

 

El miedo está ahí, escondido en alguna parte de nuestro cuerpo. Le basta con saberse huésped de cada quien para saltar a la menor provocación. Digo que está en alguna parte de nuestro cuerpo porque es la piel erizándose, el estómago revolviéndose, los dientes crispándose, el corazón latiendo de prisa, quienes nos avisan del miedo que sentimos.

 

El miedo individual se convierte en miedo social. Vemos en las redes digitales las camionetas incendiadas, los retenes en las carreteras, los soldados avanzando entre la sierra, las personas atrapadas en aeropuertos, en terminales de autobuses. Pensamos que podemos ser nosotras, nuestras hijas, nuestras hermanas, nuestras conocidas.

 

En cuanto vimos las alertas entramos a la casa. Quedó atrás la caminata matutina entre las bugambilias del fin del invierno, la ida temprano al mercado para las compras del domingo, el saludo a la vecina que pasa con su perro. Entramos a la casa para el resguardo, el lugar seguro, la convivencia con lo de adentro.

 

Parece que el mundo de afuera se derrumba, se derrite. Empiezo a sentir que las certezas, las seguridades de simplemente caminar se convierten en lugares de peligro. Mi hija me alerta de no estar cerca de las ventanas. Le digo que exagera; no estamos en una zona de guerra, pero puede ser que sí, que la zona de guerra se acerque cada vez más. Una amiga manda un video de un incendio que graba desde su casa. Esa es la sensación, el peligro se acerca, por lo que crece la zozobra.

 

Desde el gobierno se oye el bla, bla, bla, de los políticos cuya única recomendación es muy parecida a lo que nos decían las abuelitas: quédate en tu casa, cuídate. Quizá porque ellos, el gobierno, el poder, son incapaces de garantizar la seguridad. El cuidado pertenece a cada una de nosotras, por lo que si algo nos ocurre será nuestra responsabilidad, nuestra culpa.

 

Desde las redes digitales y, aún desde el gobierno, se crea una narrativa de que la violencia es inevitable, ello permite evitar conversaciones profundas sobre lo que pasa, sobre la raíz del conflicto. Es cierto que quizá, desde las familias, no nos corresponde resolver el conflicto, pero sí podemos conversar en un sentido de encontrar líneas de análisis que tengan sentido más allá de la sensación de miedo.

 

Para los grupos criminales, la violencia se ha convertido en un mensaje mediático, en un espectáculo donde los incendios son el principal protagonista, y los asesinatos. Cada video que se comparte amplifica la estrategia del miedo, que redunda en mayor inseguridad.

 

 

 

 

El miedo individual se convierte en terror colectivo. Cada quien tiene una historia que compartir para aumentar el pánico social que se apropia de las personas. Un hecho, la detención de un criminal, desata la respuesta violenta de los que ya sabemos violentos. No es un enfrentamiento entre soldados buenos y sicarios malos, es la creación de un clima de pavor donde todas naufragamos, donde todas podemos vernos arrastrados a una muerte que no merecemos.

 

¿Dónde estaba el miedo antes del domingo? Estaba ya recreado en las series de narcotráfico que han inundado las plataformas digitales; estaba en los melodramas que han capturado la atención de las audiencias desde Colombia a España y México; estaba en los entretenimientos morbosos donde la violencia es la cruzada principal; estaba en los documentales que mezclan hechos reales con ficciones; estaba en las producciones criminales que se hacen pasar como entretención. La violencia se convirtió en un articulo de consumo que no podemos dejar de mirar. Toda una generación socializada en la violencia en forma de productos mediáticos hasta que la realidad se convierte en una plataforma más de la violencia.

 

Todo ello constituye un largo aprendizaje del miedo, de vivir en el espanto, de qué se debe sentir, cómo se debe reaccionar.

 

Este círculo en que estamos atrapadas nos define la vida que vivimos, marca el futuro de nuestras hijas, refuerza la visión de la inevitabilidad de lo criminal.

 

El miedo se ha quedado sedimentado en nuestro cuerpo, en nuestra mente, para ser activado en circunstancias de peligro. La sensación de criminalidad en la vida cotidiana se esparce al lograr reacciones emocionales de quienes estamos en estas zonas tomadas por la criminalidad. 

 

El miedo deja marcas visibles en las conductas; altera el sueño, aleja el hambre, nos distancia del futuro. También deja huellas en los cuerpos en forma de alteraciones en la piel, tensiones musculares, respiraciones aceleradas, paralización.

 

Cesa el pensamiento racional, las visiones críticas para sentirnos en la jaula de lo desconocido que viene.

 

Canta un pájaro posado sobre el limonero,

ajeno al ajetreo humano,

su sosiego murmura la luz afinada,

antes que el gorjeo sea lastimado con las balas.   

 

He de decirlo,

no es este el tiempo que quiero heredar a mis hijas.

 

Publicado en Meridiano de Nayarit 2 de marzo de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

sábado, 21 de febrero de 2026

Lo que no se puede decir

¿Qué pasará si nos aturde la nostalgia 

hasta la raíz de los cabellos fugitivos,

 y nos quedamos aquí y preguntamos

 qué pasará si soportamos la belleza?

 

Ingeborg Bachmann

 

En El Rey Lear, de Shakespeare, el rey ya viejo quiere dejar de gobernar, por lo que decide dividir su reino entre sus tres hijas. Les pregunta cuál ama más a su padre, ya que de la respuesta depende la porción de reino que heredará. La más grande, Goneril, dice que le ama más que a las riquezas y preciosidades del mundo; más que a la libertad y los honores. La segunda, Regan, dice que además de lo expresado por su hermana, lo quiere más que a todos los placeres de la vista, del oído, del gusto y del olfato.

 

Cuando llega el turno a la tercera, Cordelia, ella simplemente calla. En su interior reflexiona: Mi corazón siente más amor del que mis labios pueden expresar. Con esta respuesta, el Rey Lear la destierra de su reino porque piensa que su hija no lo quiere. Divide el reino entre las dos hijas mayores, en tanto, entrega a Cordelia al rey de Francia, quien la recibe sin dote.

 

Lo que piensa Cordelia es que las palabras no pueden expresar lo que siente el corazón. Este principio es la base de la obra de Shakespeare, pues da origen al equívoco del rey respecto del amor de su hija. Mucho tiempo después, Lear lamentará no haber entendido el significado de la respuesta de su hija. Acostumbrado a las lisonjas, poco se dio cuenta de las adulaciones vanas, en contraposición con la imposibilidad de expresar afectos.

 

Mi padre me contó este cuento con algunas variantes. En el cuento de mi infancia, la hija más grande respondía “te quiero como el cielo y las estrellas; la hija mediana decía “te quiero como los mares y los reinos lejanos”; la hija menor decía: “te quiero como la sal”. Al rey de este cuento, la sal se le hizo muy poca cosa, por lo que desterró a su hija de su corazón. Tarde, se dio cuenta el rey que tanto el cielo, las estrellas como los mares, son ideas distantes; en cambio, la sal es algo concreto, algo cotidiano sin la que no podemos vivir.

 

Las palabras no pueden atrapar todas las experiencias humanas. Las emociones se desbordan en momentos de tristeza, de euforia, de asombro; como seres humanos que somos necesitamos decir, comunicar aquello que nos atraviesa, pero el lenguaje apenas si contiene algunas palabras que dan una idea de esas emociones. De vez en vez se inventan nuevas palabras que pueden acercarse a nuevos sentimientos. Quizá no son tan nuevos, pero sí la forma de expresarlos.

 

Las palabras son representaciones de las cosas, de las relaciones. Son abstracciones de lo que existe. Las palabras nos acercan a las experiencias, pero no las suplen. El lenguaje refleja nuestra subjetividad porque cada quien se acerca a ella desde las maneras sociales que ha aprendido en la sociedad en que vive. Por eso, los duelos son unos en Japón y otros en la Meseta de Juanacatlán, en Nayarit. La pérdida de un ser querido es la misma, pero la manera de procesarla, de ritualizarla, de nombrarla es diferente.

Las palabras, aunque son finitas, nos permiten imaginar porque cada quien, cada cultura le otorga significados; no uno solo, sino múltiples significados. Así, entonces, el lenguaje sugiere, nos invita a imaginar; por eso es tan poderoso.

 

En el momento en que experimentamos emociones fuertes, ya sea un dolor, una alegría o un éxtasis, de alguna manera se apaga este lenguaje verbal por donde transitan nuestros pensamientos, para instalarnos en unas puras emociones. Ahí el lenguaje verbal cesa para dar lugar al cuerpo que siente. Emily Dickinson expresaba “Di toda la verdad, pero dila de forma oblicua” en esta certeza de que las emociones se expresan de manera indirecta.

 

Si las palabras no pueden expresar las emociones, acudimos al arte: la música, la danza, la poesía, la pintura porque pueden expresar las emociones ya que no están direccionalizadas por la razón, sino por las emociones.

 

Termino con el siguiente poema de mi autoría:

 

Cerré la casa el día que moriste,

quise llevarme la puerta

pero el calor de nuestros cuerpos la desvanecía.

 

Quise llevarme el mantel donde se deshiló el tiempo nuestro.

 

Puse tu cabello escarchado en la pequeña estatua del unicornio.

 

Aquí queda una silla decorada con tu silueta,

la ventana donde tus palabras abrieron mi corazón.

 

Comprendo.

No más la sangre dormida en la garganta,

no más acurrucada en la cueva del destino.

 

Tus manos ya no regalan poemas al niño olvidado de la esquina,

a la madre que baja por el sendero de piedra.

 

Mejor

dejar la casa como está.

Flotará a la deriva de la suavidad de los días,

se sumergirá en los suspiros de otros mares,

encallará en islas de recuerdos.

 

Pero hay algo que muerde mis días,

una tristeza traspasada por el último abrazo,

por el último latido.

 

Aquí estoy,

aquí estoy conmigo

¿qué me diré a la que ahora soy?

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 21 de febrero de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx