La luna como una mano
reparte con la injusticia que la belleza usa,
sus dones sobre el mundo.
Miro unos rostros pálidos.
Miro unos rostros amados.
No seré yo quien bese ese dolor que en cada rostro asoma
Vicente Aleixandre Triunfo del amor
Conocí la poesía de Vicente Aleixandre cuando vivía en Berlín en los años de 1981 y 1982. En ese entonces existía en el centro de Berlín, una librería internacional donde se podían encontrar libros en diferentes idiomas, casi siempre eran publicaciones del campo socialista antes de que se derribara el muro de Berlín. En esa librería encontré un libro de poemas de Vicente Aleixandre, en edición bilingüe en alemán y español y esa fue la razón por la que lo compré. Quería, en esa lejanía estar cerca de mi país al menos en la lectura de poesía en mi lengua materna.
A través de estos gedichte o poemas me incorporé al grupo de lectoras de Vicente Aleixandre cautivada por una poesía cercana a lo humano profundo, cercada por este pensamiento de sabiduría. Lo tenía que leer una y otra vez, como se deben leer los poemas; lo tenía que leer en voz alta para intentar entender su significado o al menos, captura la musicalidad de los versos. Era como si su mirada quisiera abarcar todo lo humano y lo hiciera de una manera total, integrada. Lejos, sin embargo, de la sensiblería fácil de un altruismo.
Aleixandre llega a un conocimiento de lo fugacidad humana que lejos de someterlo a desesperación lo lleva a la aceptación humilde dentro de la complejidad del pensamiento:
…Es la noche larga,
acéptala. Acéptala blandamente. Es la hora del sueño.
Estás tendido en la oscuridad y sientes la suave mano quietísima,
la grande y sedosa mano que cierra tus cansados ojos vividos,
y tú aceptas la oscuridad y compasivamente te rindes.
(La oscuridad)
Para el poeta el mundo es uno, lejos de materia y espíritu, carne y mente, estos binomios conque hemos pensado lo humano: la unicidad de la total creación en su conjunto. Cada ser consistirá en una expresión momentánea de la sustancia fluyente “por eso en ti late el guerrero, el emperador y el soldado, el monje y el anacoreta; la cortesana pálida que acaba de ponerse su colorete en la triste mejilla, cuán gastada. Allá en la infinitud de los siglos” (Bouñoso, La poesía de Vicente Aleixandre, 1977).
La base de sustentación de la poesía de Vicente Aleixandre es la vida como historia o como un esfuerzo realizado en la dimensión temporal tras una decisión de carácter ético. Por eso para el poeta lo que ocurre, lo insignificante que ocurre tiene un lugar permanente en el devenir.
Si tú mueves esa mano, la ciudad lo registra un instante
y vibra en las aguas,
y si tú nombras y miras, todos saben que miras.
Si los seres humanos forman una sola unidad múltiple de la cual cada uno no es más que una expresión de lo mismo, entonces cada gesto repercutirá en el prójimo, en el mar, en todo lo que lo rodea. Ahí quedará ese gesto inserto y registrado. Lo humano no es algo dado sino que es un proceso permanente, es un proyecto por hacerse. Esta idea después la encontraremos en algunas epistemologías que dicen que el mundo es un dado-dánsose.Vivir es trabajar en la autorrealización, porque el ser humano es una proposición que se hace a sí mismo y hace al mundo.
Para mí es un poeta del conocimiento porque lejos de cerrar la creación, el ser humano la continúa en sus acciones, en sus pensamientos, en sus palabras. Esta postura va a tener una gran complejidad para quienes queremos decir algo sobre el mundo o hacer investigaciones científicas porque nunca podremos sacar un pedazo de realidad para estudiarla porque en el momento mismo de distinguir ese pedazo de realidad, ha dejado de serlo, porque la realidad sigue fluyendo, se fue en el devenir.
Aleixandre siente una unidad con toda la creación: lo mismo con los animales que con las rocas; el mundo cercano y el distante; lo conocido y lo sólo presentido, lo dicho y lo callado.
Perdonadme: he dormido.
Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.
Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.
¿Vivir en ellas? Las palabras mueren.
Bellas son al sonar, mas nunca duran.
Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora
o cuando el día cumplido estira el rayo
final, ya en tu rostro acaso.
Con tu pincel de luz cierra tus ojos.
Duerme.
La noche es larga, pero ya ha pasado.
Vicente Aleixandre, poeta español nació el 26 de abril de 1898 en Sevilla, España, vivió su infancia en Málaga por lo que decía que Málaga le dio su luz, la experiencia de la vida que es y la vida que pasa. Murió el 13 de diciembre de 1984 en Madrid. Premio Nobel de Literatura en 1977. Entre sus libros más difundidos se tiene Historias del corazón¸ Espadas como labios, Sombra del Paraíso.
Es una poesía del conocimiento porque en sus versos alberga una solidaridad con todo lo viviente. Siente la unidad del mundo y nos la entrega en forma de versos unificadores, lejos de pedagogías insulsas o ejemplos evangélicos; el poeta, simplemente, nombra. La naturaleza, los animales, todo lo viviente, deja de ser telón de fondo para compartir el protagonismo con lo humano.
Finalmente, el poema Mina publicado en 1933, dentro del poemario La destrucción o el amor:
Mina
Calla, calla. No soy el mar, no soy el cielo,
ni tampoco soy el mundo en que tú vives.
Soy el calor que sin nombre avanza sobre las piedras frías,
sobre las arenas donde quedó la huella de un pesar,
sobre el rostro que duerme como duermen las flores
cuando comprenden, soñando, que nunca fueron hierro.
Soy el sol que bajo la tierra pugna por quebrantarla
como un brazo solísimo que al fin entreabre su cárcel
y se eleva clamando mientras las aves huyen.
Soy esa amenaza a los cielos con el puño cerrado,
sueño de un monte o mar que nadie ha transportado
y que una noche escapa como un mar tan ligero.
Soy el brillo de los peces que sobre el agua finge una red de deseos
un espejo donde la luna se contempla temblando,
el brillo de unos ojos que pueden deshacerse
cuando la noche o nube se cierran como mano.
Dejarme entonces, comprendiendo que el hierro es la salud de vivir
que el hierro es el resplandor que de sí mismo nace
y que no espera sino la única tierra blanca a que herir como muerte,
dejadme que alce un pico y que hienda la roca,
a la inmutable faz que las aguas no tocan.
Aquí a la orilla, mientras el azul profundo casi es negro,
mientras pasan relámpagos o luto funeral, o ya espejos,
dejadme que se quiebre la luz sobre el acero,
ira que, amor o muerte, se hincará en esta piedra,
en esta boca o dientes que saltarán sin luna.
Dejadme, sí, cavar, cavar sin tregua,
cavar hasta ese nido caliente o plumón tibio,
hasta esa carne dulce donde duermen los pájaros,
los amores de un día cuando el sol luce fuera.
Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit. Correo: lpacheco@uan.edu.mx
Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 27 de junio de 2026