Mi vejez se incubaba.
Me esperaba al fondo de un espejo.
Me asombraba que caminara hacia mí
con tanta seguridad mientras que en mí
nada concordaba con ella.
Simone de Beauvoir.
Mi generación rebasamos los 70 años y ello nos convierte en un nuevo colectivo, el del viejismo. No importa si nos catalogan como adultos mayores, viejos, grandes o longevos; todas estas denominaciones nos convierten en población desechable, prescindible para una sociedad basada en la ideología de que lo viejo está obsoleto. Mis amigos y amigas tenemos hipertensión, diabetes, nos estamos recuperando de un cáncer; algunas sin riñón, otras sin matriz; sobrevivientes de divorcios, naufragios sentimentales; creyentes de internet.
Me conmueven los vendedores de seguros cuando tienen que decirnos los precios de los seguros de gastos médicos mayores o de los seguros de vida. Primero, nos ven mal y segundo, tratan de aplicarnos las tarifas más altas, porque saben que, lo más probable, es que no les dejemos las ganancias que tienen trazadas. Se trata de lugares límite donde las decisiones obedecen a contextos excepcionales.
Los viejos y las viejas en las sociedades analfabetas representan compendios de experiencia, de saber y conexión con los antepasados. Su longevidad era motivo de orgullo para el grupo, por lo que cada persona vieja que moría significaba la pérdida de conocimientos de toda la colectividad. Eran el vínculo entre el presente y el pasado por lo que tenían un lugar especial en la sociedad ya que significaban la memoria colectiva que trasmitían a las generaciones jóvenes para, de esta forma, lograr la continuidad del grupo. Llegar a una edad avanzada se consideraba una hazaña que no podría lograrse sin la ayuda de la divinidad; por lo tanto, se consideraba que, de alguna forma, llegar a la vejez era un premio, una distinción.
En la Biblia se tienen diferentes menciones a la vejez, una de ellas se encuentra en el libro de los Números donde la creación del Consejo de Ancianos surge como una iniciativa divina: “Entonces dijo Yahvé a Moisés: Elígeme a setenta varones de los que tú sabes que son ancianos del pueblo y de sus principales, y tráelos a la puerta del tabernáculo…para que te ayuden a llevar la carga y no la cargues tú solo” (N, 11:16 y 17). Posteriormente, esa centralidad de los ancianos cesará para ser considerados viejos y necios. Se pasó del anciano cargado de autoridad, a la ancianidad caduca en otra época social.
Cuando no se conocía si una planta era comestible o no, eran las personas ancianas quienes las probaban; si sobrevivía, el grupo había acumulado un saber. Si moría, se le veneraba, porque su muerte no simplemente había ocurrido, sino que había dejado un conocimiento para la colectividad.
También ha cambiado el umbral de edad de lo que se considera viejo, se era anciano a los 30 años en sociedades agrícolas del pasado, mientras que hoy, la esperanza de vida ha requerido nuevas divisiones: se es adulto joven de los 30 a los 59 años, mientras que a partir de los 60 se es adulto mayor. De los 75 a los 90 se considera como viejo, en tanto que después de los 90 se utiliza el término longevo. Cada extensión de la vida requerirá de nuevas categorizaciones.
En la sociedad contemporánea la ideología del viejismo está fundada en dos ideas principales: 1) En el criterio economicista para el que todos aquellos que no participan directamente de la creación de riqueza mercantil, son considerados superfluos donde lo efímero y desechable serán la marca del mercado; 2) en el criterio biologicista que plantea la vida como nacimiento, desarrollo, reproducción y muerte. Este simplismo del ciclo biológico, reduce a los seres humanos a metabolismo y ata el destino de cada ser humano a lo que ocurre en las células. Actualmente, el culto al cuerpo es un culto a su potencialidad, tanto como generador de bienes materiales como generador de vida, por lo que se otorga valor social al cuerpo joven como el cuerpo deseable, fértil, productivo.
No se envejece igual si se es hombre o mujer. Generalmente los hombres realizan acumulación de bienes y, la esperanza de que los repartan, es el mayor tesoro por el que podrán ser valorados cuando lleguen a la ancianidad. Las mujeres, en cambio, acumulan afectos y saberes sobre el mantenimiento y cuidado de la vida, por lo que son indispensables para el cuidado de las nuevas vidas en alianza con mujeres de diversas generaciones. Las mujeres, en esta etapa, son imprescindibles, pues los saberes de los cuidados de la vida los han desarrollado a partir de su cuerpo como síntesis de la experiencia de las generaciones anteriores.
Si bien el viejismo es una construcción cultural, social y temporal, existen dos acontecimientos claros: el deterioro de cualidades físicas y el juicio de valor que se realiza sobre ello. Ambos contextualizado en sociedades específicas. En la sociedad contemporánea, los viejos y viejas son relegados a un lugar de no deseos. Se espera que los cuerpos viejos no tengan deseos sensuales y, prácticamente de ningún tipo, por lo que se les puede dejar en las zonas grises de la familia o en reclusorios para ancianos.
La sociedad tecnológica piensa que puede prescindir de los viejos; sin embargo, se tendría que repensar que la sociedad no sólo se reproduce biológicamente, sino también socialmente y en ello, la mirada de la vejez puede ser la diferencia. Los ancianos y ancianas ven reducido su espacio de influencia e interiorizan el discurso social que los coloca en un lugar de marginación.
¿De cuántos viejos y viejas hablamos en México? De acuerdo a datos del INEGI (2020), existen 15 millones de personas de 60 años y más, que representan casi el 12% del total de la población. Ello significa que uno de cada diez habitantes del país es mayor de 60 años, (54% mujeres, 46% hombres).
¿Podemos cambiar la ideología del viejismo? Aristóteles veía la vejez como un defecto, un deterioro del cuerpo y de la mente, por lo que esa idea se ha exponenciado en el capitalismo. Desde luego, no se es viejo igual en la antigüedad que en la actualidad, ni en el campo que en la ciudad. Cada vejez debe valorarse en cada contexto. Otras pensadoras piensan que la vejez es una edad para la libertad puesto que se ha llegado a un lugar del futuro.
El cuerpo va dejando su impronta en la subjetividad de las personas, porque la existencia se percibe como ser en el presente, no como ser en el futuro. Las transformaciones biológicas y subjetivas se van registrando como pérdidas, no pasos para llegar al destino del final de la vida.
Para entender la vejez se ha utilizado la metáfora de las estaciones: la primavera, el otoño, el invierno. Un proceso inevitable que todos y todas tendremos que pasar y que estaba vinculado al tiempo externo, el que mostraba la naturaleza. Posteriormente, el tiempo se convirtió en algo capitalizable que se puede invertir y obtener ganancia; es entonces cuando la vejez se carga con matices negativos.
Los viejos y las viejas de ser identificados como poseedores de sabiduría, de vínculos con la tradición, se pasa al viejo improductivo que no hace nada útil para la sociedad. Por lo tanto, el modelo es el joven, cada vez más joven aún o la muchacha casi adolescente.
Recuerdo que en las historietas que leí en mi niñez, Superman era un señor maduro, después lo convirtieron en un joven, el cual es mostrado en las películas. Lo mismo ocurre con otros superhéroes o representaciones míticas, porque lo joven empezó a convertirse en el centro de las fantasías de una sociedad que cada vez se va envejeciendo, pero que es incapaz de vivir una relación serena con la evolución biológica. Como muestra tenemos el caudal de medicamentos, cosméticos y libros de autoayuda para permanecer siempre jóvenes, una ideología que alcanzó a las mujeres muy pronto, pero que actualmente se aplica para mujeres y hombres.
Se piensa que los viejos y viejas están más cerca de la muerte que quienes son jóvenes, pero ello es una falacia si se piensa que todos estamos a la misma distancia de la muerte. Tal vez, tendremos que cambiar los enfoques para propiciar encuentros entre quienes inician la vida, niños y niñas con las y los ancianos; ahí, la memoria de la humanidad se transfigurará en los sueños de cada generación retomados por quienes continuarán la vida.
En la vejez se acepta la finitud, la llegada inminente del adiós. En eso consiste la sabiduría de estar en el último tramo, aunque no se sepa cuándo termina.
Finalmente, un poema de mi autoría
Cuando tenemos el camino andado
surge un nuevo sendero,
aunque no podamos caminar por él.
Nada se ha construido sobre el lecho del río,
aunque hayamos levantado casas con ventanas altas.
Tal vez en nuestra larga vida
solo enterramos a nuestros muertos
y las huellas que dejamos
sea una piedra encima de la otra.
El aire mismo nos trae el tiempo
de las criaturas que fuimos en las paredes,
en las playas de mares conocidos.
De pronto, reconozco la herencia
de otras mujeres que igual a mí
fueron labradas por la voz de otras antiguas.
Alguien dice en voz alta mi nombre
ha sido revelado de nuevo y para siempre
cascada, danza, pluma.
Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 24 de enero de 2026
Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx