¿Qué pasará si nos aturde la nostalgia
hasta la raíz de los cabellos fugitivos,
y nos quedamos aquí y preguntamos
qué pasará si soportamos la belleza?
Ingeborg Bachmann
En El Rey Lear, de Shakespeare, el rey ya viejo quiere dejar de gobernar, por lo que decide dividir su reino entre sus tres hijas. Les pregunta cuál ama más a su padre, ya que de la respuesta depende la porción de reino que heredará. La más grande, Goneril, dice que le ama más que a las riquezas y preciosidades del mundo; más que a la libertad y los honores. La segunda, Regan, dice que además de lo expresado por su hermana, lo quiere más que a todos los placeres de la vista, del oído, del gusto y del olfato.
Cuando llega el turno a la tercera, Cordelia, ella simplemente calla. En su interior reflexiona: Mi corazón siente más amor del que mis labios pueden expresar. Con esta respuesta, el Rey Lear la destierra de su reino porque piensa que su hija no lo quiere. Divide el reino entre las dos hijas mayores, en tanto, entrega a Cordelia al rey de Francia, quien la recibe sin dote.
Lo que piensa Cordelia es que las palabras no pueden expresar lo que siente el corazón. Este principio es la base de la obra de Shakespeare, pues da origen al equívoco del rey respecto del amor de su hija. Mucho tiempo después, Lear lamentará no haber entendido el significado de la respuesta de su hija. Acostumbrado a las lisonjas, poco se dio cuenta de las adulaciones vanas, en contraposición con la imposibilidad de expresar afectos.
Mi padre me contó este cuento con algunas variantes. En el cuento de mi infancia, la hija más grande respondía “te quiero como el cielo y las estrellas; la hija mediana decía “te quiero como los mares y los reinos lejanos”; la hija menor decía: “te quiero como la sal”. Al rey de este cuento, la sal se le hizo muy poca cosa, por lo que desterró a su hija de su corazón. Tarde, se dio cuenta el rey que tanto el cielo, las estrellas como los mares, son ideas distantes; en cambio, la sal es algo concreto, algo cotidiano sin la que no podemos vivir.
Las palabras no pueden atrapar todas las experiencias humanas. Las emociones se desbordan en momentos de tristeza, de euforia, de asombro; como seres humanos que somos necesitamos decir, comunicar aquello que nos atraviesa, pero el lenguaje apenas si contiene algunas palabras que dan una idea de esas emociones. De vez en vez se inventan nuevas palabras que pueden acercarse a nuevos sentimientos. Quizá no son tan nuevos, pero sí la forma de expresarlos.
Las palabras son representaciones de las cosas, de las relaciones. Son abstracciones de lo que existe. Las palabras nos acercan a las experiencias, pero no las suplen. El lenguaje refleja nuestra subjetividad porque cada quien se acerca a ella desde las maneras sociales que ha aprendido en la sociedad en que vive. Por eso, los duelos son unos en Japón y otros en la Meseta de Juanacatlán, en Nayarit. La pérdida de un ser querido es la misma, pero la manera de procesarla, de ritualizarla, de nombrarla es diferente.
Las palabras, aunque son finitas, nos permiten imaginar porque cada quien, cada cultura le otorga significados; no uno solo, sino múltiples significados. Así, entonces, el lenguaje sugiere, nos invita a imaginar; por eso es tan poderoso.
En el momento en que experimentamos emociones fuertes, ya sea un dolor, una alegría o un éxtasis, de alguna manera se apaga este lenguaje verbal por donde transitan nuestros pensamientos, para instalarnos en unas puras emociones. Ahí el lenguaje verbal cesa para dar lugar al cuerpo que siente. Emily Dickinson expresaba “Di toda la verdad, pero dila de forma oblicua” en esta certeza de que las emociones se expresan de manera indirecta.
Si las palabras no pueden expresar las emociones, acudimos al arte: la música, la danza, la poesía, la pintura porque pueden expresar las emociones ya que no están direccionalizadas por la razón, sino por las emociones.
Termino con el siguiente poema de mi autoría:
Cerré la casa el día que moriste,
quise llevarme la puerta
pero el calor de nuestros cuerpos la desvanecía.
Quise llevarme el mantel donde se deshiló el tiempo nuestro.
Puse tu cabello escarchado en la pequeña estatua del unicornio.
Aquí queda una silla decorada con tu silueta,
la ventana donde tus palabras abrieron mi corazón.
Comprendo.
No más la sangre dormida en la garganta,
no más acurrucada en la cueva del destino.
Tus manos ya no regalan poemas al niño olvidado de la esquina,
a la madre que baja por el sendero de piedra.
Mejor
dejar la casa como está.
Flotará a la deriva de la suavidad de los días,
se sumergirá en los suspiros de otros mares,
encallará en islas de recuerdos.
Pero hay algo que muerde mis días,
una tristeza traspasada por el último abrazo,
por el último latido.
Aquí estoy,
aquí estoy conmigo
¿qué me diré a la que ahora soy?
Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 21 de febrero de 2026
Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx
No hay comentarios:
Publicar un comentario