Para Miguel
Gracias por los pasos
que te trajeron a mi casa.
Tú, descreído de los mitos viniste a dar al bosque de los unicornios; al peñasco de las sirenas.
No debes nada al pasado ni temes nada del futuro. El presente se alarga, se convierte en pasado que pasa. Haces un pacto con el tiempo para seguir en el presente del mundo. Te vemos, como Ulises, al pie del mástil de tu cama, ondeando las banderas.
Oigo tu respiración de azul silencioso subir por el sendero de la montaña de tu infancia. Un zorro blanco se atraviesa en el verde donde todo es verde, menos las lagartijas que arrastran el sol.
Tu seca serenidad nos mantiene en la delgada cuerda del instante; en el funambulismo de los minutos que pasan amarrados a la gota que cae de cada suero; se adentra en tus venas, desciende en los confines del bebedor de música que eres y pulsa el botón interno que te deshace.
Quedan atrás los lunes de batalla, los martes del amor, los viernes del regreso; los domingos de la voz en do y los sábados de danza. Quedan atrás las jornadas de letras, los agostos de la lluvia y la cosecha.
La culpa se aleja avergonzada de su fracaso; como los pingüinos, se esconde en los confines del mundo, donde tu conciencia no la alcanza.
Caminas jornadas largas, largas, hasta que la sombra se convierte en noche.
En el pueblo, los pasos de las mujeres resuenan en las calles de ceniza. Traen los mangos, los guamúchiles, las agualamas del cerro. Las ciruelas del Rincón alborotan la orilla del dolor. En el volcán se desbordan los anaranjados de la tarde, el diluvio que espanta a los tigrillos, los pájaros que no se detienen en las espinas.
Cuando reposas, las nubes viajan directo a las estrellas. En la casa, tu corazón te regala estar contigo mismo; en tanto, las iguanas juegan secretamente entre las tejas.
¿Qué sueñas en este sueño que ya no sueñas? Tal vez en el acordeón de los tangos; tal vez en las hojas de laurel de tus victorias, en el sosegado murmurar de tus poemas, en el amor disfrutado en las tarde y en las noches.
Alguien entona el Aleluya.
Entras mansamente a la larga y silenciosa noche.
Termino con este texto que escribí hace tiempo:
Empuja el cielo
Gracias por los amigos que me trajiste
por los azahares de los limoneros
y la suave melancolía.
Gracias también, por el silencio.
Canta hasta el amanecer.
Canta hasta arrancarme el pánico
Canta para levantar la casa que no
nos espera en ningún lugar,
donde los hijos no pidieron nacer.
La felicidad ha estado tan cerca,
tan posible.
No sé si llegamos al lugar que queríamos llegar,
debimos torcer más el camino para llegar a otro sitio.
y mira, este es el lugar al que llegamos.
Gritamos, mentimos, robamos, como cualquiera que vive.
Tú sigue empujando el cielo
No sé si esta noche se incendiará tu cuerpo,
no lo sé.
No sé si será esta noche
cuando encuentres la llama en que alzarás el vuelo.
Tú sigue empujando el cielo.
Y cuando puedas mantenerte en pie,
incéndialo.
Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 14 de febrero de 2026
Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx
No hay comentarios:
Publicar un comentario