sábado, 21 de febrero de 2026

Lo que no se puede decir

¿Qué pasará si nos aturde la nostalgia 

hasta la raíz de los cabellos fugitivos,

 y nos quedamos aquí y preguntamos

 qué pasará si soportamos la belleza?

 

Ingeborg Bachmann

 

En El Rey Lear, de Shakespeare, el rey ya viejo quiere dejar de gobernar, por lo que decide dividir su reino entre sus tres hijas. Les pregunta cuál ama más a su padre, ya que de la respuesta depende la porción de reino que heredará. La más grande, Goneril, dice que le ama más que a las riquezas y preciosidades del mundo; más que a la libertad y los honores. La segunda, Regan, dice que además de lo expresado por su hermana, lo quiere más que a todos los placeres de la vista, del oído, del gusto y del olfato.

 

Cuando llega el turno a la tercera, Cordelia, ella simplemente calla. En su interior reflexiona: Mi corazón siente más amor del que mis labios pueden expresar. Con esta respuesta, el Rey Lear la destierra de su reino porque piensa que su hija no lo quiere. Divide el reino entre las dos hijas mayores, en tanto, entrega a Cordelia al rey de Francia, quien la recibe sin dote.

 

Lo que piensa Cordelia es que las palabras no pueden expresar lo que siente el corazón. Este principio es la base de la obra de Shakespeare, pues da origen al equívoco del rey respecto del amor de su hija. Mucho tiempo después, Lear lamentará no haber entendido el significado de la respuesta de su hija. Acostumbrado a las lisonjas, poco se dio cuenta de las adulaciones vanas, en contraposición con la imposibilidad de expresar afectos.

 

Mi padre me contó este cuento con algunas variantes. En el cuento de mi infancia, la hija más grande respondía “te quiero como el cielo y las estrellas; la hija mediana decía “te quiero como los mares y los reinos lejanos”; la hija menor decía: “te quiero como la sal”. Al rey de este cuento, la sal se le hizo muy poca cosa, por lo que desterró a su hija de su corazón. Tarde, se dio cuenta el rey que tanto el cielo, las estrellas como los mares, son ideas distantes; en cambio, la sal es algo concreto, algo cotidiano sin la que no podemos vivir.

 

Las palabras no pueden atrapar todas las experiencias humanas. Las emociones se desbordan en momentos de tristeza, de euforia, de asombro; como seres humanos que somos necesitamos decir, comunicar aquello que nos atraviesa, pero el lenguaje apenas si contiene algunas palabras que dan una idea de esas emociones. De vez en vez se inventan nuevas palabras que pueden acercarse a nuevos sentimientos. Quizá no son tan nuevos, pero sí la forma de expresarlos.

 

Las palabras son representaciones de las cosas, de las relaciones. Son abstracciones de lo que existe. Las palabras nos acercan a las experiencias, pero no las suplen. El lenguaje refleja nuestra subjetividad porque cada quien se acerca a ella desde las maneras sociales que ha aprendido en la sociedad en que vive. Por eso, los duelos son unos en Japón y otros en la Meseta de Juanacatlán, en Nayarit. La pérdida de un ser querido es la misma, pero la manera de procesarla, de ritualizarla, de nombrarla es diferente.

Las palabras, aunque son finitas, nos permiten imaginar porque cada quien, cada cultura le otorga significados; no uno solo, sino múltiples significados. Así, entonces, el lenguaje sugiere, nos invita a imaginar; por eso es tan poderoso.

 

En el momento en que experimentamos emociones fuertes, ya sea un dolor, una alegría o un éxtasis, de alguna manera se apaga este lenguaje verbal por donde transitan nuestros pensamientos, para instalarnos en unas puras emociones. Ahí el lenguaje verbal cesa para dar lugar al cuerpo que siente. Emily Dickinson expresaba “Di toda la verdad, pero dila de forma oblicua” en esta certeza de que las emociones se expresan de manera indirecta.

 

Si las palabras no pueden expresar las emociones, acudimos al arte: la música, la danza, la poesía, la pintura porque pueden expresar las emociones ya que no están direccionalizadas por la razón, sino por las emociones.

 

Termino con el siguiente poema de mi autoría:

 

Cerré la casa el día que moriste,

quise llevarme la puerta

pero el calor de nuestros cuerpos la desvanecía.

 

Quise llevarme el mantel donde se deshiló el tiempo nuestro.

 

Puse tu cabello escarchado en la pequeña estatua del unicornio.

 

Aquí queda una silla decorada con tu silueta,

la ventana donde tus palabras abrieron mi corazón.

 

Comprendo.

No más la sangre dormida en la garganta,

no más acurrucada en la cueva del destino.

 

Tus manos ya no regalan poemas al niño olvidado de la esquina,

a la madre que baja por el sendero de piedra.

 

Mejor

dejar la casa como está.

Flotará a la deriva de la suavidad de los días,

se sumergirá en los suspiros de otros mares,

encallará en islas de recuerdos.

 

Pero hay algo que muerde mis días,

una tristeza traspasada por el último abrazo,

por el último latido.

 

Aquí estoy,

aquí estoy conmigo

¿qué me diré a la que ahora soy?

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 21 de febrero de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

martes, 17 de febrero de 2026

La larga noche te espera

Para Miguel 

Gracias por los pasos

que te trajeron a mi casa.

 

Tú, descreído de los mitos viniste a dar al bosque de los unicornios; al peñasco de las sirenas.

 

No debes nada al pasado ni temes nada del futuro. El presente se alarga, se convierte en pasado que pasa. Haces un pacto con el tiempo para seguir en el presente del mundo. Te vemos, como Ulises, al pie del mástil de tu cama, ondeando las banderas.

 

Oigo tu respiración de azul silencioso subir por el sendero de la montaña de tu infancia. Un zorro blanco se atraviesa en el verde donde todo es verde, menos las lagartijas que arrastran el sol.  

 

Tu seca serenidad nos mantiene en la delgada cuerda del instante; en el funambulismo de los minutos que pasan amarrados a la gota que cae de cada suero; se adentra en tus venas, desciende en los confines del bebedor de música que eres y pulsa el botón interno que te deshace.

 

Quedan atrás los lunes de batalla, los martes del amor, los viernes del regreso; los domingos de la voz en do y los sábados de danza. Quedan atrás las jornadas de letras, los agostos de la lluvia y la cosecha.

 

La culpa se aleja avergonzada de su fracaso; como los pingüinos, se esconde en los confines del mundo, donde tu conciencia no la alcanza.

 

Caminas jornadas largas, largas, hasta que la sombra se convierte en noche.

 

En el pueblo, los pasos de las mujeres resuenan en las calles de ceniza. Traen los mangos, los guamúchiles, las agualamas del cerro. Las ciruelas del Rincón alborotan la orilla del dolor. En el volcán se desbordan los anaranjados de la tarde, el diluvio que espanta a los tigrillos, los pájaros que no se detienen en las espinas.

 

Cuando reposas, las nubes viajan directo a las estrellas. En la casa, tu corazón te regala estar contigo mismo; en tanto, las iguanas juegan secretamente entre las tejas.

 

¿Qué sueñas en este sueño que ya no sueñas? Tal vez en el acordeón de los tangos; tal vez en las hojas de laurel de tus victorias, en el sosegado murmurar de tus poemas, en el amor disfrutado en las tarde y en las noches.

 

Alguien entona el Aleluya.

 

Entras mansamente a la larga y silenciosa noche.

 

Termino con este texto que escribí hace tiempo:

 

Empuja el cielo

 

Gracias por los amigos que me trajiste

por los azahares de los limoneros

y la suave melancolía.

 

Gracias también, por el silencio.

 

Canta hasta el amanecer.

Canta hasta arrancarme el pánico

Canta para levantar la casa que no

nos espera en ningún lugar,

donde los hijos no pidieron nacer.

 

La felicidad ha estado tan cerca,

tan posible.

 

No sé si llegamos al lugar que queríamos llegar,

debimos torcer más el camino para llegar a otro sitio.

y mira, este es el lugar al que llegamos.

 

Gritamos, mentimos, robamos, como cualquiera que vive.

 

Tú sigue empujando el cielo

 

No sé si esta noche se incendiará tu cuerpo,

no lo sé.

No sé si será esta noche

cuando encuentres la llama en que alzarás el vuelo.

 

Tú sigue empujando el cielo.

 

Y cuando puedas mantenerte en pie,

incéndialo.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 14 de febrero de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

La ciudad y el deseo

Yo, amor

he aprendido a coser

con tu nombre,

voy juntando mis días,

mis minutos, mis horas

con tu hilo de letras

 

Gioconda Belli. Te busco


 

Cuando llegábamos a la casa de la bisabuela sabíamos que había llegado el tío Jesús porque recargaba el trombón en la pared de la entrada. Iba a despedirse de la abuela todas las noches antes de ir a trabajar. Mi tío tocaba en la Orquesta del Estado que todos los domingos daba serenata en la plaza de la ciudad de mi infancia. Por las noches, tocaba en otro lugar, a donde nunca lo íbamos a ver. Una vez pregunté y como respuesta tuve un silencio de todas las adultas que se encontraban ahí.

 

Una de sus hermanas decía que mi tío Jesús rayaba en lo sicalíptico. Yo no sabía qué era eso, pero tampoco preguntaba, parecía una palabra de mucho respeto. Esa tía arqueaba las cejas y refunfuñaba. De vez en vez la escuchaba discutir con la bisabuela.

- ¡Y usted que le da la bendición para ir a esas casas, como si no pudiera encontrar dónde trabajar decentemente!

 

Mucho tiempo después supe cuáles eran esas casas a las que iba a trabajar mi tío Jesús. Eran casas de la sexualidad, del deseo. Así que leer la ciudad, desde la sexualidad, es encontrar las claves de la forma como cada sociedad construye y canaliza el deseo. Qué se permite y qué se prohíbe da cuenta de cada ciudad idealizada en el deber ser. En las ciudades del deseo las personas han dejado de ser tales para convertirse en cuerpos. Cuerpos portadores de sexo y regulados de acuerdo a normas establecidas por los dioses, el bien social, las leyes civiles, la higiene, la salud, los medios de comunicación.

 

En la Ciudad del Deseo habitan cuerpos que miran y son mirados, cuerpos que provocan los deseos de los demás. Generalmente hablamos del deseo masculino dirigido a cuerpos femeninos y también, a cuerpos masculinos. Porque el deseo erótico que se ha documentado como tal, ha sido el deseo masculino, las mujeres han sido construidas como “las deseadas”.

 

Se les ha privado de ser las deseantes. Las mujeres que expresan deseos sexuales han sido consideradas como malas, mujeres fatales e, incluso, pervertidas.

 

El mapa de la ciudad ideal de Platón contenía disposiciones sobre las relaciones entre los sexos. Era, a su vez, la división de los sexos la que daba origen a la estructura de la ciudad. La comunidad de mujeres a la disposición de los guerreros del Estado, aludía a una sexualidad proscrita para la reproducción y condición para el mantenimiento sano de todo el cuerpo social (Platón, 1971).

 

La ciudad, vista desde la sexualidad permite descubrir a las ciudades basadas en la heterosexualidad como forma de dominio, como forma de exclusión de las expresiones no heterosexuales. Ciudades que, a su vez, necesitan producir sus propios ciudadanos heterosexuales para seguir existiendo. Ciudades de fragmentación sexual de los espacios: espacios públicos de socialización masculina y espacios privados de interiorización femenina.

 

Más grande me di cuenta de casas del deseo especializadas. Casas para políticos; para pobres, para hombres que desean hombres, ahí siguen en brotando en la ciudad; jugando a la clandestinidad, al medio cumplimiento de la norma; a la transmisión de los domicilios entre los interesados.

 

Pero también surgen lugares del deseo para expresar otros deseos, que no son, necesariamente, casas: empiezan como lugares marginales, de lo prohibido y poco a poco van colocándose al centro, reivindicando los otros deseos, como deseos legítimos.

 

La ciudad es también el punto de consolidación de la sociedad que establece la familia monogámica como la única forma permitida de sexuar, con todo y sus transgresiones. Hace poco, dentro del matrimonio monogámico se reconoció el matrimonio igualitario, entre personas no heterosexuales; un pequeño avance en el reconocimiento de la existencia de otros deseos.

 

La sexualidad y la reproducción, si bien son asuntos particulares, se convirtieron en asuntos del Estado, de las iglesias, como expresión del control de la sexualidad de las mujeres. Siempre lo que se controla es la sexualidad de las mujeres. Ese es el fundamento de las religiones y de las legislaciones. Son su base y su fundamento. El control del deseo fue incorporado a las políticas públicas a través del discurso científico de la medicina cuando se hicieron obsoletos los discursos morales. En las religiones, el control del deseo se argumenta en base a la procreación, no al placer ni al disfrute, como si la sexualidad solo tuviese la arista de la reproducción.

 

Si bien el deseo es una experiencia individual, se ejerce dentro de la colectividad a la que se pertenece. Es una experiencia personal en tanto es una experiencia colectiva. Justamente porque la sexualidad personal es la forma que asumen los controles y delimitaciones establecidos desde lo colectivo, deja de ser un acto de individuación y se convierte en una aceptación de lo colectivo porque la sexualidad es un elemento estructurador de lo social.

 

Por ejemplo, damos besos en la boca como acto de erotización, pero ello no es común a todas las culturas del mundo. Para algunos grupos humanos, el beso en la boca no es parte del ritual del amor. En cambio, nosotras, en la cultura occidental, lo consideramos natural. El beso erótico en la boca contiene la simbología del amor romántico.

 

Las ciudades organizan el deseo sexual, ya sea en el centro, lo permitido, para lo cual existen ceremonias y rituales; o en los márgenes donde surgen otras prácticas y discursos.

 

Mucho tiempo después entendí este doble trabajo de mi tío: el del día donde las niñas que éramos podíamos saludarlo en la plaza principal, y el de la noche, donde se perdía en las calles del deseo. Busqué el significado de sicalíptico que en esa época se usaba comúnmente, para encontrar que se usaba para denominar lo erótico festivo, el lugar prohibido. Así que mi tío era sicalíptico. En ese doble trabajo se abría la fisura de la ciudad del deseo que emergía ahí, a la vista de todos, pero que empezaba donde las luces de la ciudad no alcanzaban: a una cuadra de la plaza principal, a la vuelta de la catedral.

 

Hoy podríamos hacer un mapa de la ciudad del deseo con sus andadores, su periférico, sus entrecruces, bares y plazas para ligar. Tendríamos que agregar las ciudades virtuales donde están las citas con fines sexuales, de intercambio de parejas o de búsqueda de citas múltiples. También, como en esa época, enviados a los lugares marginales y, tal vez, sin música en vivo.

 

Finalmente termino con el siguiente poema de mi autoría

 

Ayer llovió

 

Ayer llovió

la tormenta trozó el árbol sobre la banqueta

El agua encharcó las calles, derrumbó viviendas.

 

Esperaba que abrieras la reja del jardín

donde vive la tarde.

 

La naturaleza es el cielo,

la ciudad no tiene esa armonía.

 

El río se metió a las viviendas;

tan impotente es nuestra sabiduría.

 

El viento empujó las palmeras,

los postes de luz se abatieron sobre las casas.

 

Te esperaba como la colina espera el atardecer.

 

Las sirenas ulularon,

el perro no dejó de ladrar.

 

Ayer debimos encontrarnos, amor, pero llovió.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 31 de enero de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx