martes, 19 de julio de 2022

“Mejor crie puerquitos” o mi historia de la basura

Tanto árbol que planté

cosa que dije

y versos que escribí en la madrugada

 y andarán por ahí como basura

 como restos de un alma

 de alguien que estuvo aquí

 y ya no más

 no más.

 

Idea Vilariño

 

Cuando era niña, se les llamaba basura a muy pocas cosas. Creo que solamente a papel y sus derivados como periódicos u hojas de cuaderno, a lo que ya no se usaban. Lo que hoy se llama basura orgánica, era depositada en un bote especial, el cual recibía el nombre de “bote de los desperdicios”. Ahí estaban los restos de comida, hojas de cebolla, de rábanos; lo que no se utilizaban en la preparación de alimentos.

 

Cada tarde, pasaba una señora -la Señora de los Desperdicios-, tal cual era su denominación, a vaciar el bote, lavarlo y dejarlo listo para la recolección del día siguiente. Era el tiempo en que mi madre tenía un embarazo cada año o cada dos años. Mi madre tuvo ocho hijos más dos abortos. La Señora de los Desperdicios, cada vez que mi madre iniciaba un embarazo, la veía con compasión. Trataba de persuadirla de que ya no tuviera más hijos “mejor crie puerquitos, le dan más ganancia que los hijos. Esos solo traen preocupaciones”. Cada cierto tiempo, la señora le traía a mi madre trozos de carne de cerdo, pues “le tocaba”.

 

Pasaba el niño campanero por las tardes. Caminaba todas las cuadras de la ciudad, -lo que hoy se denomina Centro Histórico-, para anunciar que venía la recolección de basura casa por casa. Así que entregábamos los recipientes de la basura, los cuales eran latas vacías de pintura, manteca o de plano, chiquihuites que forrábamos con periódico; algo que sirviera para ese propósito. Los señores de la basura aventaban los botes vacíos, por lo que teníamos que apresurarnos para recogerlos antes de que se desbalagaran.

 

Era el tiempo donde el azúcar se vendía en papel de estraza y en un traste comprábamos la manteca. Mi madre llevaba su canasta de mimbre para traer el mandado. Los jitomates eran acomodados arriba de todo por su fragilidad de princesas rojas.

 

En verano, íbamos a visitar a los abuelos a la Ciudad de México. Allá, llegaban los de la basura directamente a cada departamento a tocar por la basura. Mi abuela les daba algo de comer -una quesadilla, una pieza de pan- al mismo tiempo que les entregaba la basura. Algunos vecinos, al amparo de la noche, la aventaban a la calle desde los balcones, para no darles dinero o algo de comer. Gritaban ¡basuuuura!

 

En Jesús María, en la Sierra del Nayar, las cáscaras de naranja y alguno que otro desecho, se dejaban a la orilla de las viviendas. Ahí era el regocijo de gallinas, pollos y cerdos que hacían una labor de limpia en las comunidades. Casi no había otro tipo de basura, puesto que aún no se inventaba el plástico. Las pocas latas de atún o sardina, se convertían en macetas en las paredes de adobe.

 

Cuando viví en Berlín, muy pocas cosas se consideraban basura. Alemania había salido de la Segunda Guerra Mundial, por lo que casi todo se reciclaba: se devolvía el cartón donde se vendían los huevos y las galletas; se devolvía el cristal en que se vendía el café, la club cola, la leche. Los envoltorios de papel eran cuidadosamente desarrugados para guardarlos en depósitos familiares puesto que no se sabía cuándo podrían ser utilizados. Recuerdo que cuando llegué con la primera familia con quien me hospedó la Universidad Humboldt, llevaba envueltos unos zapatos en bolsas de plástico de Liverpool; al desempacar, la tiré a la basura como buena consumista que era, pero Frau Koska, la señora de la casa, la sacó para limpiarla y después lucirla en una ocasión que fue ¡a la ópera! Desde luego, no lo entendí hasta que me percaté de la carencia de bolsas de plástico en esa sociedad donde estudié hace 40 años.

 

En Ciudad de México, viví en un edificio de departamentos en condominio donde, a la entrada de cada edificio, se colocaron botes para que cada vecino o vecina dejara la basura, ya claro, en bolsas del infaltable plástico. Ahí nos enterábamos del cereal que compraba el de arriba, de las marcas de cigarrillo del muchacho de al lado; de si alguien había comido camarones. La basura dejaba la huella de las tertulias o las soledades de quienes vivíamos en los departamentos.

 

Después, en Tepic, hemos vivido entre islas de basura, cuando ningún vecino acepta que su esquina sea depositaria de ella. Si no pasa el camión recolector, las bolsas negras de plástico se van acumulando en medio de las cuatro esquinas hasta conformar glorietas que sólo hacen la gloria de ratones, cucarachas y hormigas. Si cae una tormenta en estos veranos, las bolsas de basura son arrastradas por las corrientes de agua y se convierten en tapones de alcantarillas.

 

En mi casa separamos la basura. Lavamos y secamos los botes de plástico, cristal y aluminio. No los revolvemos con la otra basura pues quedaría sin efecto esa labor. Esperamos que pasen las familias que recolectan cartón o PET, para entregárselas. Curiosamente, nadie recolecta cristal así que no nos queda más remedio que guardar los envases o, derrotadas, tirarlas a la basura.

 

Veo a niñas, a jóvenes, a personas mayores esculcando la basura en busca de restos de comida o de algo que puedan recoger para vender, como el primer eslabón de cadenas de riqueza, monopolios y fortunas de la basura, hoy llamados desechos sólidos. Son uno, cuatro, ya no los cuento; personas destinadas a vivir en la basura, esas excrecencias del modo de vida marcada por el consumo. No dejo de pensar en la Señora de los Puerquitos y su labor de devolverla como alimento.

 

Susurrante, mi madre decía que sí, que los hijos e hijas dan preocupaciones, pero también alegría y consuelo.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 20 de julio de 2022.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

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