domingo, 22 de mayo de 2022

Carta a Ana Cecilia, la Amada Inmóvil

 Mi muerta, mi muerta adorada que acaso revolotea en torno mío. 

Amado Nervo. La Amada Inmóvil

 

Y mira, Ana Cecilia, yo no sé tú, pero nadie quiere vivir con un plumero en la mano, estornudando todo el tiempo. Me pregunto ¿qué hacías todo el día encerrada en un piso? ¿Esperabas que llegara Amado Nervo para abrir la ventana o tal vez leías los libros que él dejaba y de esa manera podía ocurrir que te salvaras de ti misma, de tu sombra?

 

Hay muchas clases de personas, cada quien tiene sus motivos para ser como es. Podías buscar un empleo donde pedían “joven culta y educada”. Podías tomar un tranvía y presentarte ahí. Hacer una vida vivible en una tienda de novedades o vendiendo boletos en la taquilla de algún teatro. Podrías haber visto un parque y dentro del parque, los árboles y en los árboles, las hojas que caen sobre las hierbas.

 

Cualquier cosa, Ana Cecilia, cualquier cosa que te desanclara de estar en el bolsillo de un traficante de versos.

 

¿Dónde pudiste crecer con tantas ausencias para que te refugiaras en la tuya sola? ¿Tu hija aprendió a decir tu nombre? Algún día que no fuera jueves, podías llamar al portero para que abriera por fuera, salir del silencio obscuro, de tu propio silencio para ir al encuentro de la palabra pájaro, de la palabra madre.

 

Despojada de tu hija. Creen que saben por qué, apartas la vista de prisa de la ventana. Las madres no te ven mirar a sus hijos, los serafines vestidos de pana, lejos allá, en el parque que apenas divisas. No las envidias, quizá acaso, esa palabra -hija-se esfumó, se dispersó en el viento hasta el día presentido de tu muerte cuando le dijiste que se hiciera cargo de ella. Él lo prometió como los lobos hambrientos ante los primeros pasos, cuando la cría se incorpora mientras la luz hiere esa perfección.

 

Las mil y una cosas que te hacían mujer todos los días, el corazón tan grande sin saber dónde quedó la piel, dónde las garras. Extraviaste a las diosas del norte, en tanto, aquí en esta tierra, bajo el techo de una casa, apenas lamías tus cicatrices del encierro sin diosas, sin hermanas, sin raíces.

 

Inadvertida de ti misma seguiste el instante, el punto crucial, el tiempo enmudecido. Moriste o más bien, te alejaste de tus sentidos, perdiste vértebras y piernas. Entonces te convirtieron en palabras, en símbolo de amor enaltecido. Fuiste la musa y la dolorosa; la pasión y el calvario. El marketin del sufrimiento ganó puntos en todos los rincones del planeta donde fuiste llorada. Te convirtieron en mártir, en expiación de culpa, en vergüenza y sin embargo, ni el calvario ni las lágrimas escritas ni el alboroto mundial, ni tu alma que se fue al cielo ni los homenajes pueden resarcir la margarita que eras cuando te arrancó.

 

Te tapió en el desdén de las paredes; borró tus huellas de la calle. Te negó al día. Después, muerta, te exhibió como gacela perdida para provocar el amor/compasión de quien oía.


Escucho con atención los versos en los que existes. Trato de encontrar las baratijas, las migajas, los desechos. Algún trasto que te muestre, una cinta perdida en lugar del lloriqueo del Gran Poeta Manipulador.


Es incomparable el arte de no dejar huellas del vituperio. Así hoy, con los nuevos encerradores.

 

Recojo de la playa un guijarro para recuperar rastros de estrellas perdidas. De la tuya, Ana Cecilia Luisa Dailliez.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 24 de mayo de 2022.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

 

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