jueves, 5 de mayo de 2022

Cuando la democracia no alcanza

 Una época completamente nueva precisa de una ciencia política nueva

 Alexis de Tocqueville

 Si bien Alexis de Tocqueville (1805-1859) se planteó la tensión entre libertad y solidaridad social en la primera mitad del siglo XIX, esa tensión aparece con mayor complejidad en la época contemporánea. Para este pensador, no son las leyes las que pueden fundamentar el apoyo entre las personas, sino que antes que las leyes, están los sentimientos. “Estoy convencido que las sociedades no son producto de sus leyes, sino que están determinadas desde el principio por los sentimientos, las creencias, las ideas y la constitución espiritual y sentimental de los seres humanos que en ellas viven, y que todo esto puede configurarse de modo natural a través de la educación” (Carta, 1853).

 Quizá porque la igualdad y la libertad han estado en el centro del planteamiento de la democracia occidental, la idea de la solidaridad puede parecer ajena a los postulados tradicionales con que ha sido construida: la libertad como meta; la igualdad como condición.

Sin embargo, la solidaridad hoy se presenta como un punto nodal para las democracias; véanse tan solo los tres problemas más acuciantes de nuestra época donde predominan los gobiernos democráticos: la pobreza en que vive la mayor parte de la población; las migraciones como éxodo masivo a zonas de seguridad; la violencia; la trata de personas a través de la prostitución y nuevas formas de esclavitud laboral.

 La democracia mexicana, por ejemplo, que llevó al poder a un partido de izquierda, no ha sido capaz de rescatar territorios enteros de la influencia del narcotráfico ni de detener la guerra permanente contra las mujeres ni de disminuir la desaparición de personas día y noche. Para ello no alcanza la democracia.

 Por cierto, en los países donde no predominan gobiernos democráticos, también existen expresiones de los tres problemas enunciados. Entonces, ¿defendemos la democracia porque es capaz de resolver los problemas de las mayorías? No, no los resuelve. Lo que las democracias resuelven es llevar a cabo los relevos entre gobierno y gobierno para que esas etapas de transición ocurran dentro de normas sin que den lugar a conflictos permanentes. No desaparecen los conflictos por la sucesión, solo se resuelven dentro de cauces establecidos y aceptados.

 La democracia es una forma de nombrar autoridades y de renovarlas. Pensamos que es mejor vivir en un sistema democrático que en otro que no lo sea, puesto que la democracia representativa y, las posibilidades de una democracia participativa, se ubican como forma superior de otras formas de gobierno: desde los consejos de ancianos, las oligarquías, dictaduras, gobierno de la nobleza, etc.

Sin embargo, la democracia no garantiza la justicia, ni la solidaridad humana, quizá porque el sujeto de la democracia es el individuo despojado de lazos de todo tipo, el cual se presenta frente al Estado a reclamar sus derechos. El individualismo, llevado al extremo por los imperativos del interés personal, el consumismo capitalista y la premisa de que el individuo es el centro de todo; el beneficio personal que acompaña toda acción, produce seres de alta productividad para obtener beneficios para sí mismo en una espiral interminable donde adquirir lo nuevo es símbolo de triunfo: los teléfonos deben ser reemplazados por los de última versión, los coches deben renovarse, y aún, el propio cuerpo, debe ser retocado sistemáticamente.

No solamente una nueva época requiere una nueva ciencia política como pensaba Tocqueville, sino que una nueva época también requiere nuevos sujetos para la democracia: personas empáticas capaces de dejar de estar centradas en sí mismas, en sus méritos y posesiones para involucrarse en el dolor de las y los otros a partir de la cercanía y la proximidad. Personas para quienes las y los demás sean tan importantes como sí mismas. Entonces, la democracia tendría otro sustento, la lente con que veríamos los sucesos serían lentes de “lo otro, yo misma”, un nuevo sentir humanitario. Por ejemplo, sería obvio, necesario, impostergable, amparar a la niñez mexicana contra abusos sexuales, que ser cómplices de paraísos turísticos donde niñas, niños y adolescentes son mercancía de cambio.

Nuevos sujetos para una nueva democracia, capaces de sentir las heridas de las dolidas de mundo.

 Si no, ¿para qué defendemos la democracia?

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 5 de mayo de 2022. 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

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