Para Ana y sus hijas
¿Cuándo empezamos a estimar a una persona de tal manera que su muerte nos arroja a ese espacio de dolor donde nos sabemos frágiles, rompibles, fracturables?
Conocí a Irán a principios de los noventa cuando lo aceptaron para estudiar la maestría en la UNAM, ya que me pidió vivir en un departamento que yo había comprado en la Ciudad de México cuando cursé mis propios posgrados. Así que durante la maestría y el doctorado estuvimos frecuentándonos más allá de las relaciones que se desarrollan en la convivencia de la Coordinación de Investigación Científica de la Universidad Autónoma de Nayarit, donde ambos trabajábamos.
Supe que, en su infancia, tenía que caminar cerca de siete kilómetros diarios para asistir a la escuela secundaria porque en donde vivía, solo se cursaba primaria. Era su historia personal, similar a la gran cantidad de jóvenes que salían de localidades rurales para buscar una mejor vida.
En navidades, llegaba con chocolates para mis hijas.
Lo vi crecer. Había llegado de Mocorito, Sinaloa con toda la ilusión de convertirse en profesional. Su incursión en la edafología a partir de sus estudios de posgrado, lo convirtieron en pionero en esta área dentro de la UAN. Fue un estudiante brillante ya que le otorgaron la medalla Gabino Barreda por mejor promedio de su generación en el posgrado.
A su regreso a la UAN, Irán se convirtió en Coordinador de Investigación Científica, con la característica de que inició un movimiento para convertir una dependencia administrativa en una instancia académica. Estábamos en la reforma propuesta por el rector Javier Castellón que pretendía academizar a la UAN, una institución sumamente politizada.
Irán tuvo la capacidad de convocarnos a todas y todos los investigadores con la finalidad de formar un solo grupo de trabajo. Empezamos a trabajar proyectos interdisciplinarios, pero lo más importante, fue escucharnos unos a otros, en un espacio de trabajo donde el aislacionismo entre los grupos era lo que privaba.
A través de estas reuniones valoramos los estudios y las metodologías de quienes realizaban preguntas diferentes a las nuestras y así, nos acercamos para entender, científicamente, las distintas problemáticas que abordábamos. La unión que hoy existe entre los investigadores e investigadoras se debe a ese esfuerzo.
Gracias a sus gestiones y a su capacidad de convocatoria y mediación, la Coordinación de Investigación Científica, dejó de ser una dependencia administrativa, para convertirse en el Centro Multidisciplinario de Investigaciones Científicas (CEMIC), por lo que estaba facultado para impartir educación de posgrado. Era un reconocimiento a la madurez de la investigación en la UAN ya que este modelo permitiría desarrollar la investigación científica en un centro académico para dejar de ser una actividad marginal dentro de una instancia administrativa. Irán fue el primer director.
En ese lapso se había casado y empezaba a formar su familia de destino. Además, apoyaba a familiares que venían de Sinaloa a estudiar a la UAN; creaba redes que les permitieron a otros jóvenes, fraguar su destino.
El CEMIC y el proyecto de interdisciplinariedad desaparecieron en estas decisiones dislocadas de la política universitaria donde a la investigación se le otorgaba un valor cosmético, por lo que Irán se fue a la Escuela de Agricultura a seguir sus trabajos de investigación. Fue un profesor destacado, con méritos académicos y apreciado por sus colegas.
Después fue asesor de tesis de maestría de una de mis hijas. No era “su doctor”, como dicen los estudiantes; era Irán, una persona en la cercanía con quien se construía conocimiento. Ya no era el regalo de navidad, sino el regalo del saber.
Sé que al final de su vida tuvo problemas con el alcoholismo y seguramente, otras desazones, pero yo no soy juez de nadie. El aprecio es una dimensión más allá de rodearnos de persona correctas y triunfadoras. El aprecio entra en una parte de nuestra vida, se apropia de recovecos de nuestro corazón, por lo que, aunque cada quien siga en espacios distintos, el aprecio queda como sedimento, como anteojos a través de los que nos vemos. Se abre a la calidad humana del otro.
Porque a las personas las empezamos a apreciar en sus propias circunstancias. Algo de cada quien se queda en nosotros; por eso quienes hemos sido compañeros durante muchos años en la universidad, o en otro trabajo, nos moldeamos unos a otros. Sus historias se pegan en nuestra piel, sus atardeceres marcan los nuestros.
Así aprecié a Irán y a su familia. Vi sus ilusiones de joven, la madurez del investigador, la seguridad del esposo, la satisfacción del padre y, recientemente, platicamos de las expectativas para retirarse de la universidad.
Lo recuerdo como el joven que salió de su pueblo rural para encauzar sus pasos a la universidad como forma de habitar la vida.
Mis hijas aprendieron a quererlo.
Así transcurrió el aprecio con que lo vi todo este tiempo. Así apareció este dolor por su muerte repentina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario