martes, 21 de abril de 2026

Un futuro sin imaginación

Aquí parece que empezara el tiempo

en solo un remolino de animales y nubes,

de gigantescas hojas y relámpagos

 

Rosario Castellanos

 

 Rosario Castellanos en Apuntes para una declaración de fe, dice: Somos la raza estrangulada por la inteligencia. Con esta reflexión quiero referirme al momento en que estamos; un momento en que carecemos de futuro imaginado.

 

En el transcurrir de las ideas han existido futuros imaginados como utopías. Entre las más importantes está La República de Platón, escrita en el año 370 antes de nuestra era, donde explora las posibilidades de un Estado ideal gobernado por una aristocracia de filósofos; La Ciudad de las Damas de Christine de Pizán, escrita en 1405, en la cual se cimenta una Ciudad de Damas a partir de la enumeración de las mujeres célebres. Ellas son el pilar y las habitantes de la ciudad, a consejo de tres diosas: Razón, Rectitud y Justicia; la Utopía, de Tomás Moro, de 1516, en la cual se describía la vida en una isla basada en la propiedad comunal y la tolerancia religiosa.

 

La distopía Un mundo feliz de Aldous Huxley de 1932, describe una sociedad avanzada tecnológicamente, pero deshumanizada. Fue, sin duda, una de las primeras advertencias de lo que podrían acarrear las sociedades cuyo desarrollo se centrara en la tecnología. Se denomina distopía porque presenta una sociedad futura negativa para la vida humana, a diferencia de las utopías cuyos contenidos plasman sociedades ideales.

 

Entre las utopías que los seres humanos han imaginado están las políticas, las religiosas, las tecnológicas, las ecológicas y las feministas, entre las más importantes.

 

Muy cercana a nuestra época, circuló la utopía del socialismo y el comunismo como el imaginario capaz de movilizar a generaciones de distintos países durante el siglo XX. Hoy, ese imaginario ha sido enviado al bote de la basura de la historia sin que tengamos un reemplazo capaz de mover las conciencias, articular las voluntades y dirigir acciones hacia algún lugar.

 

Cuando viví en Berlín, conocí un movimiento juvenil que proclamaba una sociedad postcapitalista no socialista. Como nos damos cuenta, los jóvenes integrantes de ese movimiento podían enunciar lo que no querían, no así el tipo de sociedad que deseaban.

 

Hoy sabemos que la derecha conserva su propia utopía: el futuro es una continuación del presente. Los estados nacionales tenderán a convertirse en empresas donde no existan ciudadanos con derechos sino, clientes y consumidores. Cada quien podrá cambiarse de empresa-estado según obtenga mayores beneficios personales. Los estados empresas actuarán de acuerdo a criterios para maximizar las ganancias. ¿Se pelearán por los clientes? Supongo que sí, siempre y cuando les conlleve un beneficio.

 

En las izquierdas, la inteligencia ha asfixiado a la imaginación. Se es incapaz de pensar un futuro con utopía o simplemente, pensar un futuro con futuro. Hoy lo que mueve a los movimientos de izquierda no es la libertad, ni la justicia, ni la democracia.

 

Si para las derechas el futuro es una continuación del presente, para algunas izquierdas, el futuro es un regreso al pasado: ahí están las causas comunitarias acríticas; el rescate de costumbre prehispánicas o pre-capitalistas.

 

Las utopías feministas no solo proclaman un futuro sin patriarcado y sin dominio androcéntrico, sino que apuntan a eliminar las estructuras de dominación simbólicas y materiales. Marcan, además, una nueva relación con todo lo viviente más allá de la superioridad humana.

 

Hemos perdido la capacidad de imaginar. De imaginar a partir del presente. ¿Cuántos futuros hay en este presente?

 

Hemos llegado a un punto de ¡sálvese quien pueda! puesto que los intereses individuales, los logros personales han ahogado las posibilidades de lo colectivo.

 

Quizá la salvación del planeta, derivado del desastre de los ecocidios, pueda convertirse en una causa que movilice conciencias para detener la destrucción que se realiza desde la avaricia del capital.

 

Quizá sean las pequeñas comunidades donde se generan lazos de reciprocidad y ayuda mutua las que puedan crear futuros basados en las personas próximas. La comunidad básica otorga sentido de pertenencia, seguridad y confianza. Nos remite a quiénes somos ante los próximos y puede conducir a priorizar metas más allá de lo individual.

 

Para lograrlo, se tienen que desmontar estructuras de competitividad, de reconocimiento del más fuerte; alentar acciones de reconocimiento mutuo. Todo ello dentro de las proclamas de las utopías feministas, indigenistas; donde se incluyan todos los grupos que han sido enviados a los márgenes.

 

A diferencia de los muchachos que proclamaban luchar por una sociedad postcapitalista, no socialista, podemos enunciar lo que sí queremos: una sociedad sin subordinación patriarcal ni discriminación de ningún tipo ni dominio androcéntrico. Lo que no hemos imaginado todavía, es cómo será esa sociedad porque la pensamos desde las personas patriarcales que somos. Cargamos con todos los cruces de las discriminaciones; nos damos cuenta del callejón en el que estamos: nosotras, habituadas a la habitar las discriminaciones, las exclusiones, ¿podemos imaginar otro orden social?

 

¿Quiénes podrán, entonces, imaginar otro futuro para el futuro? Como dice Rosario Castellanos al final de su poema

 

Abandonemos ya tanto cansancio.

Dejemos que los muertos entierren a sus muertos

y busquemos la aurora

apasionadamente atentos a su signo.

Porque hay aún un continente verde

que imanta nuestras brújulas.

Y yo agrego:

 

Me columpiaré en las estrellas

mientras pasa este mundo de monedas.

 

Cantaré en el mar luminiscente

Hasta que, por engaño, despedacemos las medidas.

 

Imaginemos que la mejor victoria no deja sombra.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 18 de abril de 2026

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

 

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