Eso que sucede en esa casa
es complicidad de huérfanas.
Camila Sosa. Las malas
Encarna se acerca a las canaletas donde se esconden las travestis cuando ven acercarse las luces de la policía y por fin lo encuentra. Unas ramas espinosas cubren al niño. Llora con desesperación, el Parque parece llorar con él. La Tía Encarna se pone muy nerviosa, todo el terror del mundo se le prende a la garganta en ese momento…cuando intenta sacarlo de su tumba de ramas se clava espinas en las manos y las pinchaduras comienzan a sangrar, tiñen las mangas de su blusa. Parece una partera metiendo las manos dentro de la yegua para extraer al potrillo.
Las travestis del Parque Sarmiento en Córdoba Argentina, encuentran un bebé, de aproximadamente tres meses; lo fueron a tirar ahí. La Tía Encarna decide quedarse con él, lo lleva a la casa-refugio donde alberga a las travestis expulsadas de sus propios hogares y a partir de ahí inicia la maternidad colectiva en la clandestinidad.
Alguna dice que el niño tiene cara de llamarse El Brillo de los Ojos, así que se queda con ese nombre para ser amado por el conjunto de mujeres que, al acogerse a esta maternidad prohibida, transgreden los mandatos de que infancia y travesti son incompatibles.
Camila Sosa (Argentina, 1982) nos presenta en la novela Las malas, la maternidad desde otros sujetos, diferentes de la madre; los sujetos prohibidos de la maternidad normalizada. Lo hace en escenas de la cotidianidad que van adquiriendo una dimensión nueva. De lo pequeño y oculto a lo engrandecido y público, porque tener un hijo en brazos, siendo una travesti es un delirio, un delito y un pecado.
El Brillo de los Ojos tiene hambre, entonces La Tía Encarna desnuda su pecho ensiliconado y lleva al bebé hacia él. El niño olfatea la teta dura y gigante y se prende con tranquilidad. No podrá extraer de ese pezón ni una sola gota de leche, pero la mujer travesti que lo lleva en brazos finge amamantarlo y le canta una canción de cuna… La Tía Encarna amamantando con su pecho relleno de aceite de avión a un recién nacido. La Tía Encarna está como a diez centímetros del suelo de la paz que siente en todo el cuerpo en aquel momento, con ese niño que drena el dolor histórico que la habita. El secreto mejor guardado de las nodrizas, el placer y el dolor de ser drenadas por un cachorro. Una dolorosa inyección de paz. La Tía encarna tiene los ojos derribados hacia atrás, un éxtasis absoluto. Susurra, bañada en lágrimas que resbalan por sus tetas y caen sobre la ropa del niño.
Mamar, por parte de un recién nacido y dar de mamar, por parte de una madre, es un acontecimiento normalizado en las maternidades. Se convierte en una escena perturbadora en esta novela donde el pecho solo tiene la función de calmar la angustia del hambre porque la teta esté rellena de aceite de avión y su dureza está ahí, sin posibilidad de ser blanda ni perfumada. Sin embargo, es el acto de ternura lo que la convierte en una práctica de maternidad. Al fin y al cabo, el alimento no es solo el fluir de la leche, sino el abrazar al cachorro humano desde la infinita ternura que provoca tener a este ser indefenso.
Puede parecer que la Tía Encarna y el colectivo de travestis salvan a El Brillo de los Ojos, pero es el pequeño niño quien las salva a ellas. Las devuelve a una maternidad no pedida, pero sí, encontrada. Una maternidad colectiva donde se reconocen en otra dimensión de su travestismo.
El niño las ve como nadie nunca las han mirado. Las ve con una curiosidad inteligente, directo a los ojos de cada una. Nunca se sintieron miradas de esa forma.
Las escenas están construidas así, desde lo pequeño cotidiano donde vemos los lugares, los personajes, las formas de caminar, la obscuridad de la noche en el parque, hasta los acontecimientos que se van entrelazando para dar complejidad a la novela. Los policías que rondan a las travestis en la complicidad política; los hombres heterosexuales ansiosos de placeres con otros hombres; las vecinas de la casona rosa donde vive el colectivo.
Vemos el entrelazamiento de los conflictos y casi podemos anticiparnos a las tragedias que se ciernen. Las escenas son presentadas con ritmos diferentes, lo que nos hace surgir un diluvio de emociones. Algunas parecen episodios de novela policiaca, en tanto que otras están planteadas como situaciones románticas, normalizadas en el mundo de las travestis.
La narradora observa a las otras: la golpiza que le dio el novio cuando se enteró que es portadora positiva; los remedios a los que se acude cuando la farmacia está cerrada. De esa manera se siente a sí misma y al colectivo al que pertenece.
La autora nos muestra, como de pasada, otra maternidad prohibida para las travestis; las de sus propios hijos porque Los idiotas dirán que es mejor ocultarlas de sus hijos, que no vean hasta qué punto puede degenerarse un ser humano.
La novela inicia con las travestis del Parque Sarmiento en el momento en que encuentran a El Brillo de los Ojos; de ahí, de esos personajes irán apareciendo otros más lo que hará la urdimbre de la novela. Se moverán del parque Sarmiento a la casona y de ahí a otras partes de la ciudad donde viven otras travestis y de ahí, al campo. La novela se irá expandiendo porque no solo agrega personajes y lugares, sino también el mundo interior, las voces con que la narradora se observa en las otras y se habla a sí misma.
La maternidad prohibida de las travestis las hace volver a tener ilusiones. La narradora, al tener al Brillo de los Ojos en los brazos, cuando le toca arrullarlo, fantasea con tener un esposo, una casa, flores en las macetas y obtener el perdón de sus padres. Otra más, se inscribe en una escuela nocturna para contar con un Diploma y demostrar que puede hacer algo por sí misma. En síntesis, la maternidad se vuelve el eje alrededor del cual se muestra el mundo travesti con todas sus contradicciones.
Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 9 de mayo de 2026
Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx
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