martes, 14 de julio de 2026

Futbol, la fiesta de todos tan temida

Tal vez a través de la alegría

podamos institucionalizar el festejo

 

Si los antropólogos, se encontraban con personas vestidas de manera no cotidiana, pintados sus cuerpos, cabellos y cara con colores de grupo, en actitud desafiante, con tambores y máscaras; documentaban el encuentro con salvajes.

 

Los términos grotesco, horrendo, indecente, espantoso alboroto, son términos con que los observadores, misioneros y conquistadores, se refirieron a ceremonias que no comprendían y que, por lo tanto, las interpretaban dentro de la moral de su época.

 

Nosotras, sabemos que no es así, se trata de porras del futbol; esa fiesta de todas tan temido, ese infierno de todos tan amado.

 

¿Por qué necesitamos el futbol, este éxtasis planetario de los goles? Porque los países han dejado de tener símbolos claros de unidad; la vida cotidiana está globalizada; utilizamos cada vez más la misma tecnología para encauzar las relaciones humanas, consumimos en un mercado global; es muy probable que vecinos distantes de Cabo Verde, las Filipinas y Chiapas, accedan a los mismos productos para su vida diaria. Además, la diáspora permanente que la etapa actual del capitalismo ha arrojado a los países ricos, hace que se necesiten ceremonias de cohesión social y sentimientos de unidad. El futbol cumple esa ausencia porque traspone fronteras, aún cuando se realice dentro del mercado de ganancias irracionales.

 

¿Qué ocurre en los grandes estadios en la proximidad de los cuerpos, la música que exalta los sentidos, las bebidas embriagantes, los cantos colectivos? Ese momento es el de la liberación de las restricciones habituales para acceder, simple y llanamente, a un momento de libertad signado por la alegría, el regocijo, el jolgorio. Lo mismo ocurre cuando los aficionados acuden al monumento del Ángel de la Independencia en México a celebrar triunfos de futbol; a la Plaza Colón en Madrid, al Obelisco en Buenos Aires o en la Puerta de Brandemburgo en Berlín.

 

Es el júbilo lo que atraviesa a la multitud. Hay una cierta pérdida de la individualidad de quienes participan en el estadio o en el festejo, para dar lugar a una fusión con lo colectivo. También hay un amor de grupo para la cual no tenemos palabras, porque la palabra amor está restringida a la pareja de amantes, al amor filial, al familiar, pero el amor al grupo carece de expresiones. A lo más se le denomina efervescencia colectiva como lo hizo Durkheim, sociólogo francés del siglo XIX.

 

Desde la psicología se hablará de emoción irracional reprimida que se canaliza hacia el festejo. Porque es el festejo lo que une a la multitud, a lo colectivo.

 

También podemos verlo como una recuperación de la emoción jubilosa que se tenía ante la llegada del padre o de la madre; de la hija ausente, del inicio de las estaciones o de la cosecha. Hoy ese regocijo lo desatan los once del equipo que han triunfado, aunque ese triunfo solo dure un día, el del partido de hoy, sin que sepamos lo que ocurrirá mañana.

 

El júbilo, aunque parezca espontáneo, no lo es, por el contrario, su parafernalia ha sido cuidadosamente diseñada:  las máscaras, los bailes, las porras, las canciones, las pinturas corporales, las botanas, se anticipan con meticulosidad.

 

También el tiempo está acotado: el tiempo del mundial.

 

Lo importante es experimentar el momento del júbilo. Ese estado de excitación en el cual se piensa que son mirados por los once que ganaron; que, al bailar, al cantar, están en comunión con ellos, que construyen solidaridad comunal; que se funden en sus marcaciones. No importa que se trate de actos que el día de mañana podrán ser vistos como irracionales. Lo valioso es haberlo vivido, sentido, ser, de nuevo parte de un grupo de manera emocional.

 

Bárbara Ehrenreich en su libro Una historia de la alegría (Paidós, 2008) señala que las comunidades han empleado las mismas actividades para celebrar el placer comunal: cantos, disfraces, bailes, comidas; romper el tiempo de lo cotidiano. Todo ello se ha configurado, en mayor o menor medida, en técnicas de éxtasis social, un uso que le podemos dar al estudio de Mircea Eliade sobre técnicas de éxtasis en su estudio del chamanismo. Solo que ahora es canalizado por los dueños del balón, de los equipos deportivos, por las compañías que monopolizan la comunicación; en síntesis, por el mercado. Los extraños se abrazan en los estadios, se funden en uno.

 

El futbol se convierte en el momento de la celebración, de la fiesta, eso que ha sido tan mal visto por los poderes de todos los tiempos. En la celebración se rompen las jerarquías; la colectividad adquiere vida propia donde cada individuo puede comportarse sin las inhibiciones a que obligan las morales de cada época.

 

También se desatan frustraciones cuando el equipo de mi país pierde. Entonces se acrecientan las llamadas al 911 para alertar sobre mayor violencia e inseguridad, sobre todo, contra mujeres, ejercida por quienes sienten que han perdido su honor.

 

Cuando gana el equipo de mi preferencia, ganamos. Cuando pierde mi equipo, fueron fallas del director técnico.

 

¿Por qué el poder desconfía de las multitudes celebrantes, eufóricas? Quizá porque ese tiempo se convierte en una anulación de las autoridades, de las limitaciones, de las restricciones, que tal vez se puedan convertir en sublevación, en rebelión.

 

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit. Correo: lpacheco@uan.edu.mx

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 11 de julio de 2026

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