domingo, 30 de enero de 2022

La disputa por la Universidad


En una casa de estudios,

todos tenemos la responsabilidad 

de que nuestra casa sea casa.

 

Pablo González Casanova

 

Paulatinamente, quienes trabajamos en las universidades vivimos diversos cambios en las labores que realizamos. Quienes nos incorporamos en el último tercio del siglo XX a las actividades académicas, lo hicimos a una Universidad cuyo sentido se ubicaba en el compromiso con la realidad que la circundaba a fin de propiciar la transformación social al lado de campesinos, obreros, pobladores urbanos de las periferias, todavía con el impulso del movimiento estudiantil del sesenta y ocho. Queríamos desarrollar pensadores críticos, comprometidos con su realidad y con un sentido de la ética como norma para el desarrollo profesional. 

 

Poco a poco, las comunidades académicas fuimos empujadas a otro modelo educativo donde la educación fue conceptualizada como inversión, el estudiantado se convirtió en capital humano y el profesorado, en modeladores de trabajadores para el capitalismo que requería egresados eficientes, capaces de lograr rendimientos óptimos con una visión de ganancia. Adiós a las ideas de comunidad y de conciencia social. 

 

Los programas a los estímulos económicos basados en la productividad, se tradujeron en un desgaste personal, en una explotación de las condiciones labores y en la fractura de toda idea de trabajo colectivo al interior de las universidades. Los académicos y académicas teníamos que tener un bajo perfil -o nulo- de responsabilidad ante los problemas comunitarios para emprender un engrosamiento individual del currículum vite, en condiciones de competencia esquizofrénica, utilización de la ciencia dentro del mercadeo de las revistas académicas a fin de cumplir estándares de calidad, evaluada por dictaminares de papeles. 

 

Actualmente, estamos en la posibilidad de resignificar la relación de la Universidad con el Estado y con la sociedad. En ese horizonte de sentido tiene lugar la defensa de la Universidad pública como defensa de valores y responsabilidades asumidas por las generaciones de adultos sobre el futuro de las juventudes. Es claro que esa posibilidad no puede ser realizada solamente por las comunidades académicas que se piensen críticas, debido a que es imposible crear islas dentro de ambientes que arrastran a las Universidades a convertirse en espejos del modelo neoliberal. 

 

¿Cómo reposicionar la nueva responsabilidad social de la universidad en las condiciones actuales de globalización, pobreza generalizada, criminalización galopante, violaciones a los derechos humanos, guerra de baja intensidad contra las mujeres, pérdida de institucionalización, entre otros? A ello debe agregarse el apuro financiero de buena parte de las universidades derivado de la petición de cuentas de la federación ante Universidades con poca o nula transparencia. Es cierto que ello es necesario, pero las corrupciones de las universidades no son un invento de los universitarios, sino que son parte del mecanismo del modelo político que requería la corporatización de los sectores universitarios para garantizar la continuidad en el poder. 

 

Es necesario crear reflexiones sólidas que discutan las visiones sociales, económicas y políticas que se quieren imponer. Estamos en el momento de crear confrontaciones simbólicas entre dos modelos de universidad. Por una parte, el modelo neoliberal con su carga de pragmatismo y por la otra, el modelo social como una alternativa para recrear la Universidad del compromiso social y ambiental. Es el tiempo de repensar todo el modelo de la educación superior para proponer una "Universidad de todos los saberes" capaz de crear profesionales para la vida, antes que para el mercado. 

 

No se trata de revivir los ideales del sesenta y ocho. De lo que se trata es de precisar cuáles son los compromisos contemporáneos de la Universidad pública. Entonces esas aparentes islas de la reflexión preocupada encontrarán un cauce para vincularse con otros grupos sociales a fin de construir alternativas de sociedad, que permita coincidir en un esfuerzo colectivo de cambio. Tejer discursos críticos, tener congruencia académica para la transformación social, construir Universidades pertinentes con el entorno, propiciar una ciencia comprometida con la resolución de los problemas del presente, es parte de las disputas de la sociedad actual. Integrar no solo a expertos sino a sabios.

 

Esta es también la disputa de la Universidad Autónoma de Nayarit, que se encuentra en la sexta década desde su creación. Disputa que se presenta con los ropajes de los grupos internos quienes intentan mantener privilegios de pocos o de quienes pretendemos un modelo vinculado a la función social de la universidad.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 1 de febrero de 2022.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

lunes, 24 de enero de 2022

Las consagradas ante el covid


Nada te turbe

Nada te espante

Todo se pasa,

Dios no se muda

 

La paciencia 

todo lo alcanza.

 

Eleva el pensamiento,

al cielo sube,

por nada te acongojes,

Nada de turbe.

 

Santa Teresa de Ávila

 

Creemos en el poder de la oración”, dijo Mariza, cuando le pregunté si se habían vacunado. “No nos ponemos la vacuna porque sabemos que Dios es quien decide quién enferma y quien muere. Tampoco te puedo decir que la vacuna no sirve o es mala. Yo no soy científica. Solo que, en mi comunidad, dejamos nuestra vida en manos de Dios”. 

 

Mariza, junto con otras jóvenes, son mujeres consagradas al culto católico a través de Santa Clara y San Francisco. Visten el hábito franciscano con sandalias que apenas las protegen de las piedras donde caminábamos. Seguimos hablando de las mujeres que las inspiran: “primero queremos ser como Santa Clara, pero yo también quiero ser como Santa Teresa de Ávila que era muy decidida”. Recordé, entonces la vida de Santa Teresa de Ávila, mística que durante el siglo XVI fundó conventos femeninos, lo cual ocasionó una revolución en esa época. También propició reformas en los seminarios masculinos.

 

Llegó Carmen quien se unió a la conversación: “todas las tardes nos consagramos a la oración, sabemos que es la unión más fuerte que tenemos con Dios, además Jesús nos dejó como indicación la de orar”. 

 

Tampoco usan cubrebocas ni se aplican gel en las manos. A mí me da la impresión de que van vulnerables por el mundo ante una infección que se propaga con rapidez. Es cierto, viven en lugares con contactos reducidos, pero aún así, tienen relaciones con el mundo exterior, ya que no se trata de monjas de clausura, por el contrario, ellas realizan servicio de asistencia en diversos sectores de la población.

 

Las dos jóvenes, con sus caras sonrientes, confiadas en sus convicciones, las vemos en las mañanas cuando se dirigen a sus encomiendas. Por las tardes, regresan a sus lugares donde tienen rutinas de meditación a través de la oración. 

 

Cae la noche. Se oyen los cantos desde sus habitaciones. Suenan a arropamiento, a comunidades tibias, a sol que permanece en el tinte de la tarde. A veces, en ocasión de celebraciones religiosas, salen y ejecutan danzas sobre las piedras. 

 

Al despedirnos, vi su seguridad dentro de ellas. Van confiadas por la vida como si el hábito fuese un escudo protector. Las consagradas no son antivacunas, no realizan proselitismo para que dejen de aplicarse las vacunas, solamente han tomado la decisión de no aplicárselas. Tampoco es la postura oficial de la iglesia católica, ya que el Papa fue de las primeras personas que se vacunó. 

 

Las consagradas rezan por toda la humanidad. La certeza con que guían sus pasos me hace pensar en ese componente de convicción que hemos trasladado a la ciencia. Solo que, en este último caso, dejamos un resquicio por donde se cuela la duda: las vacunas tienen un cierto porcentaje de efectividad; producen resultados diversos en cuerpos diferentes; su mal manejo puede conducir a errores, etc. Las consagradas, en cambio, viven con la certidumbre de su fe, con la creencia de que la oración es suficiente para no enfermar. 

 

Es cierto que la neurociencia ha documentado el hecho de que la oración y la meditación llevan al cerebro a generar una sustancia que alivia la ansiedad. También es cierto que hoy se ha propagado que los pensamientos, en sí mismos, modulan el cerebro. Sí, eso lo podemos entender, pero de la evidencia de que orar puede calmar la ansiedad a que te protejan de las enfermedades como el covid, existe un abismo.  

 

Hay algo en esa actitud que nos produce expectación: pienso que las consagradas caminan sobre cristales ardientes; que tarde o temprano lamentaremos el abandono de esta juventud a pensamientos circulares. Tal vez la generación nacida en el siglo XIX vivió con esas certezas, tal vez, nuestras abuelas, por ejemplo. 

 

También me pregunto ¿qué hemos, hecho de la educación, para propiciar pensamientos acientíficos en las jóvenes tan jóvenes?

 

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 24 de enero de 2022.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

lunes, 17 de enero de 2022

Las izquierdas del siglo XXI


 La voz, orillada

como una lanza lejos de la contienda,

 tañido apenas sobre el fluir del tiempo, 

dialoga con la muerte.

 En cada advenimiento de dolor

 se funda.

 

Elva Macías

 

Las creencias, narrativas y principios en que se basó la sociedad mundial desde comienzos del siglo XVIII fueron ahuecadas por las nuevas realidades económicas, tecnológicas y políticas de fines del siglo XX. De esta manera, los ideales de las izquierdas conformadas como oposición al capitalismo explotador en la esfera económica y al conservadurismo de privilegios en la política, vieron cambiar los viejos mapas de la política sin tener claro a dónde navegar. 

 

No solo las izquierdas como organizaciones, sino que las personas, tanto individual como colectivamente, tuvieron que desplazar sus anhelos hacia ninguna parte.

 

¿Por qué hacia ninguna parte? Porque las narrativas basadas en un mundo futuro, denominado socialista, quedaron atrás. De ahí entonces, que las izquierdas, sin el meta relato del socialismo quedaron despojadas de horizonte hacia el cual caminar, por lo que las izquierdas ya no tienen como meta derrotar al capitalismo, pero sí  la corrección de las desviaciones del capitalismo:  lograr su “humanización”. 

 

 Ello, porque el capitalismo ha dado muestra de una gran capacidad de reorganización ante las crisis que ha tenido. La reorganización hegemónica del capitalismo mundial ocurrida a fines del siglo XX y principios del XXI abarca todas las dimensiones de la vida humana: desde la reagrupación territorial por regiones; la articulación de diversos agentes a nivel local, nacional y supranacional, hasta la construcción de subjetividades mundiales acordes a los intereses de su funcionamiento.  En ese desfile, los Estados perdieron su centralidad ante los procesos económicos, pero no los perdieron en cuanto al control político. Por ello, sigue siendo tan eficaz el control gubernamental sobre los movimientos sociales y políticos.

 

¿Dónde quedó la izquierda? En el escenario anterior, “tomar el poder” significaba la clave para la transformación, -meta y táctica- porque el Estado se consideraba el aparato reproductor de las relaciones de dominación. Sin embargo, en la actualidad, con la retirada del Estado de las decisiones clave de la economía y de la reproducción, ¿cuál es la agenda de la izquierda? 

 

En América Latina se está desplazando a los gobiernos de derecha por gobiernos de izquierda ¿Qué significa eso, hoy? Significa que a partir de procesos democráticos está ocurriendo una transformación ya que se están eligiendo representantes capaces de romper el ciclo de obediencia de los cánones de la economía neoliberal: Gabriel Boric, en Chile; Xiomara Castro, en Honduras; Alberto Fernández en Argentina y Pedro Castillo en Perú. Se trata de un giro a la izquierda, pero no tan a la izquierda como lo pretendió el chavismo en Venezuela. 

 

Es cierto, los gobiernos de izquierda hacen reaparecer el gasto social destinado a mitigar la desigualdad y la pobreza en un esquema de “salvar a los pobres”, como en México; sin pensar en nacionalizaciones heroicas porque la lectura del contexto contemporáneo no da para ello.

 

En síntesis: la agenda de la izquierda se integra con la recuperación del rol del Estado en el gasto social, disminuir la desigualdad social (aún a costa del crecimiento económico) y aumentar el espectro de derechos humanos y libertades públicas para amplios grupos. Todo ello anclado en un nuevo esquema económico, donde la economía legal se articula con la ilegal y, por lo tanto, la política también tiene su inframundo.

 

Seríamos miopes si pensamos que ahí termina la izquierda porque tenemos que mirar otro tipo de acciones políticas que no se ven en la superficie, pero hacen temblar en su centro la tierra: las resistencias indígenas a lo largo del territorio nacional; las acciones reivindicadoras de las feministas; las policías comunitarias en territorio rurales; las agrupaciones de migrantes; las organizaciones de madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Quizá acciones hacia lo próximo, hacia lo inmediato, hacia lo que nos duele. En esta posibilidad de pasar de la resistencia a la acción solidaria y común

 

Ahí está el germen de la nueva izquierda en un dulce escepticismo del corazón que no sabe que sabe.   

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 18 de enero de 2022.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

miércoles, 12 de enero de 2022

¿Me regalas una cobija?

Esta también es mi nación

 yo soy la nación, 

yo hago de mi nación un lugar 

donde mis hijos puedan vivir

 

Comandanta Ramona del EZLN

 

Dos mujeres wixaritari llegan a la puerta de mi casa a vender pulseras de chaquira. Las caritas de cuatro niñas asoman mientras que las madres, cada una, trae una criatura en brazos. La niña más grande me dice ¿Me regalas una cobija?Abraza a una hermana pequeña para darle calor.

 

Pienso, entonces, en la Comandanta Ramona del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en su proclama de organización de las mujeres: Quiero que todas las mujeres despierten y siembren en su corazón la necesidad de organizarse porque con los brazos cruzados no se puede construir el México libre y justo que todos deseamos”. Ella desde su experiencia de mujer pobre, analfabeta, sin educación, sin alimentos, transitó hasta convertirse en una insurgenta que gritó al México mestizo el abandono en que se tenía a las comunidades indígenas y en particular, a las mujeres indígenas.

 

A partir de la experiencia de ser mujer pobre explicó su decisión de irse a la montaña: Nosotras de por sí, ya estábamos muertas, no contábamos para nada…pedimos democracia, justicia y dignidad… Tenemos hambre, nuestra comida está hecha a base de tortillas y sal, comemos frijoles cuando hay, casi no conocemos la leche ni la carne. Nos faltan muchos servicios que tienen otros mexicanos

 

Ellas, como las mujeres wixaritari, cargan a sus niños y en ese cargar al hijo construyen su estar en la comunidad. La maternidad les es impuesta a muy temprana edad; por ello a los veinticinco años ya tienen cuatro hijos o cinco. Ninguna propuesta de avance de las mujeres indígenas se puede concretar si ellas están encerradas en el destino impuesto por el machismo, bajo su disfraz de naturaleza biológica. No es la naturaleza quien les impone la maternidad, son las reglas sociales que las reducen a esa función.

 

La experiencia de las mujeres indígenas de la maternidad se realiza como un acto colectivo porque en las comunidades, la maternidad no es algo que le ocurra a una mujer de manera individual, sino que la maternidad es un espacio de la colectividad desde la cual ellas entienden su lugar en la comunidad. Por ello, las mujeres del EZLN pudieron reflexionar desde el dolor de ser madres para proclamar otra forma de ser mujeres indígenas que no sea desde la pobreza y la desposesión. 

 

Al decir el dolor de su maternidad, gritan el dolor de México, porque ahí está encerrado el grito fundamental que surge desde las entrañas.

 

La comandanta Esther decía Nos fuimos a la montaña para dejar de ser piedras y plantas olvidadas. Tuvieron que irse a la montaña, hacer una guerrilla, tapar su rostro, para vestirse con los derechos básicos (a hablar español, leer, alimentarse, vivir; derecho a que no las vendan, no las golpeen) que si bien, son derechos viejos para la sociedad mestiza, son nuevos para las mujeres indígenas.

 

Hablaron al mundo desde el rostro oculto por el pasamontañas y en ese ocultamiento abrieron otro horizonte de visibilidad para las mujeres indígenas, pobres e ignoradas. Hoy su herencia, entre ellas Ley Revolucionaria de las Mujeresabre el camino para las jóvenes indígenas contemporáneas en una nueva manera de pensar, sentir y estar en el mundo.

 

La comandanta Ramona, junto con otras insurgentas, organizaron a las mujeres indígenas del sur del país para iniciar una nueva etapa de exigencia de derechos básicos para ellas y para sus hijos e hijas. Hoy, se celebran talleres para mujeres donde no solo se las capacita para elaborar proyectos productivos, sino que se las introduce en la capacitación para la vida política, para asumir cargos y decidir en las comunidades.  

 

¡Nos hacen falta las Comandantas Ramonas de la Sierra del Alica!, ¡Nos hacen falta las Comandantas Esther de las wikaritari y de las nayerij! Que sus pasos, sus palabras, sus ejemplos, sean capaces de organizar a las mujeres de nuestro sur que se empecina en quedarse en el norte y en el occidente.

 

Vi alejarse a las niñas wixaritari con sus cobijas y suéters que les dimos. Agregamos dulces, también. Quisiera haberles dado esa chispa de las mujeres zapatistas organizadas para que, al vislumbrar otro horizonte, caminaran hacia él. Comprendí la conciencia de clase media con que actúo y sí, sentí vergüenza.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 12 de enero de 2022.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

miércoles, 5 de enero de 2022

La puerta apenas entreabierta del 2022

Lo importante es no dejar de cuestionarte. 

Albert Einstein

 

La abuela decía que los primeros doce días de enero marcaban el estado del clima de todo el año, de tal manera que observando lo que ocurría en esos primeros días, podíamos tener una idea de lo que ocurriría posteriormente. Era una cuenta donde cada día reflejaba un mes en el saber popular de la mirada anticipatoria. Después se nos olvidaban las predicciones; sin embargo, era divertido pensar que llovería en mayo porque el cinco de enero, había lloviznado un poco.

 

Lo que predicen los primeros días de enero son el panorama que nos espera en lo próximo. La estampida del covid omicrón no ha generado las reacciones de política que se esperaba; por el contrario, los gobiernos se muestran cautos con esta nueva ola de la pandemia: reacios a volver a establecer las medidas de contingencia para acotar la diseminación del virus por el impacto en la economía. Al minimizarlo por su poca letalidad, se deja en manos de cada persona, de cada familia, la resolución de las consecuencias. El espacio público se angosta y ahora es en la vida privada donde se tiene que resolver un asunto de salud pública. En esta dinámica, las familias invierten los ahorros, se endeudan, con tal de obtener salud. 

 

“Fuimos a la cena de navidad y ahí nos infectamos”; “después de la boda, surgieron los contagios”; “en la posada del trabajo no hubo filtros, lo que ocasionó contaminaciones”. Las anteriores son expresiones comunes derivadas de la realización de actividades colectivas a partir de la seguridad de las vacunas. Como ya se ha visto, las vacunas protegen de los síntomas graves, pero no evita el contagio. 

 

En estos primeros días asistimos al aumento de los precios y la consecuente elevación de la tasa de inflación. Aunque se supone que será una tasa anual superior al 4% durante todo el 2022, -lo que implica una tasa moderada-, el impacto en productos como las tortillas, la gasolina y la leche es directo a los bolsillos de todas las personas. Representa una disminución del poder real de adquisición y, por esa vía, puede pensarse que se trata de una forma de impuesto a la pobreza. Por cierto, los migrantes con sus remesas, palian el asunto de la pobreza en México: pobres ayudando a pobres en la única solidaridad posible.

 

Las migraciones masivas también se cuentan entre los escenarios de los primeros tres días del mes de enero. En la ciudad donde vivo hay refugios para haitianos en su paso a los Estados Unidos y se ha vuelto común encontrar migrantes de El Salvador y Honduras en los cruceros de las principales avenidas solicitando apoyo para continuar el viaje. Los vemos de ida o de regreso en ese permanente pendular de los expulsados de la tierra, entre el espejismo de la riqueza de EU y los rincones empobrecidos de América Central donde vuelven a sus paisajes, sus afectos y tiranías de gobiernos.

 

Aunque ya venía desde el 2021, por la puerta apenas entreabierta del 2022 también se asoma México como un país de muertos y desaparecidos; de muertas y desaparecidas. Entre las víctimas del covid, la industria criminal y los feminicidios, los muertos son de todos los días, de todas las horas. Siete desaparecidos al día en 2021; diez mujeres matadas diariamente, de acuerdo a las cifras oficiales, otorgan el panorama de lo que vendrá.

 

¿Sólo ocurren cosas negativas? El desencuentro del Presidente con periodistas y científicos; el enfrentamiento con quienes no estén de acuerdo con sus ideas, ha convertido la vida democrática en un anecdotario de escándalos. Ello, aunado a las críticas a la conducción de las políticas de salud y educación, asilo y migrantes; las lesiones a instituciones de prestigio como el CIDE o el INE, el gasolinazo que no iba a ocurrir, dan cuenta del clima político en que nos encontramos. ¿Es este el cambio de régimen que deseamos?

 

En estos cinco días también están las resistencias feministas, las redes de apoyo de desaparecidos, la lucidez de periodistas y analistas, en cuyas reflexiones nos repensamos. Están también las resistencias de quienes son agraviados. Todavía no asoma una sociedad igualitaria, pero sí atisbos de una sociedad solidaria y empática entre sí, lo que puede transformarse en otra forma de entender la endeble vida de cada quien, la necesariedad de lo colectivo para sobrevivir como pueblo, como nación, como grupo identitario, como especie. 

 

Sobrevivimos en comunidad, en su compañía es más fácil encontrar la solución a los días tórridos. Esto también anuncia la puerta entreabiabierta del 2022.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 5 de enero de 2022.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

viernes, 31 de diciembre de 2021

Sazonar el último día del año y andar en el más acá

Para la comunidad universitaria comprometida con el presente

 

Cruzo el día con pasos enredados. Abro la puerta por donde miro lo que contiene el mundo. Intento ser una abeja sobre el leve soplo del aire. La mañana luce un largo sueño mientras un colibrí se columpia en las flores diminutas del balcón. 

 

En la casa se sazona la cena. Alguna ha traído los olores de su propia cocina; otra, deshace la masa para el atole; la más pequeña, esparce dulces por los rincones. También trajeron vino y colaciones. Las risas de niñas y niños empiezan a poblar el día. La Madre sobrevive al trajinar, a su propia edad; cierra los ojos a intervalos, quizá para empezar a habitar esa zona en la que poco a poco se va quedando, mientras nosotras, andamos en el más acá. La despertamos para que nos diga si agregamos comino. 

 

Hablamos con despreocupación, a la ligera. Las conversaciones cruzan de la cocina al comedor, a la sala. Alguien cuenta la boda de la prima, el coche que se renovará; extrañamos a la hija que este año no vino. En los ojos de alguna veo pasar peces amarillos mientras sus manos se afanan en los filamentos de la cebolla. Entre risas se cortan los pedazos de cañas dulces que hervirán en vino caliente. Las que vinieron, celebran el aire de la tribu.

 

Dije ensayo ser una abeja que se deja llevar por la corriente de aire. La abeja que visita las flores a su antojo. Michell es así, solo visita a quien quiere, mas nunca recibe a nadie en su casa. Supongo que es la libertad de remar a cualquier parte de una misma sin las ataduras de los sellos, de las promesas.

 

¿La casa es esto? Todas las voces reunidas alrededor de la cocina, con las niñas jalando nuestra ropa para que dejemos el guiso y les digamos sí, a sus balbuceos. Un joven se asoma a la reja y pide comida. De nuevo el mundo se asoma a nuestra vida de jolgorio. Pasan los migrantes de a dos, de a cinco, de a familias. Ahora son haitianos con su historia de desalojo a cuestas. Nuestras casas tienen paredes, se llenan de olores. Las de ellos, son eternas ventanas por donde salen y entran cada día y cada noche. 

 

Pasa la vecina, una madre que perdió a su hija y ahora forma parte de quienes buscan; remueve las fosas que va encontrando para buscar los huesos que le darán consuelo. Un salvadoreño se cuelga un letrero en medio de la calle para que sepamos que transita. Sabemos de reclamos de trabajadores a quienes no les pagan el sueldo ni los bonos de fin de año. El covid vuelve en su disfraz de omicróm; quizá nunca se fue.

 

Alguien entona una canción, los ruidos de dentro vuelven a extasiarnos como pichones sobre torres altas. Tarareamos al unísono quienes moramos en la casa. El día pasa mientras el mediodía se convierte en ese largo espacio de gratitud familiar donde nos sabemos acogidas, necesarias, expulsadas a veces. Este último día del año se convierte en el íntimo recinto donde podemos entrecerrar los ojos, quizá para que el mundo desaparezca en sus grietas, en sus fracturas.

 

Es cierto, miramos con agradecimiento esta hora en que las pisadas responden a nuestros pies. Sabemos que basta con girar la llave para que mundo vuelva a entrar en este recinto y volver a estar hambrientas de justicia. Mientras, aquí en la calidez de este palacio, los instantes transcurren plácidamente.

 

Pasa el equinoccio de invierno, pasa el último día del año y pienso que los días podrían estar, cada uno, ordenados. Tal vez empezar desde el final para llegar al principio con otras certidumbres, con un nuevo orden donde todos los seres humanos puedan sazonar su vida en comunidad, en tribalidad.

 

Y sí, es un derecho recibir aguinaldo. Hemos trabajado como marca la ley.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 30 de diciembre de 2021.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx 

jueves, 16 de diciembre de 2021

Prólogo al libro Madres Nuestras. Más cruel que el olvido es la desaparición de Lourdes C. Pacheco Ladrón de Guevara

 Entra desarmado a este libro de poesía, estimado lector o lectora. Pero advierto: es de una poeta de la región occidental de México, de ahí donde los cárteles de la droga y los de quién sabe cuántas atrocidades más han librado una guerra y han dejado huellas entre las ramas de la selva, los cañaverales, las olas de la costa del Pacífico llamada Riviera Nayarit y el corazón de tantas víctimas y sus familias, que también lo son. Tepic, capital de Nayarit, es la tierra donde bebió del aire Amado Nervo. 

 

Entra desarmado, y acógete a la esperanza sola de ver nombrada la crueldad y la muerte violenta de una manera entrañable, luminosa, bella. Como no queriendo develarlas en el texto del poema, pero documentando muy bien a pie de página cada caso truculento, adolorido, que el poema evoca, de manera susurrante. A plena luz, bajo la neblina o en plena oscuridad, con delicadeza.  

 

La poesía no se puede leer con un escudo puesto. Hay que dejar a un lado la beligerancia, reposar los agravios, agradecer lo que venga desde el alba y después. Porque la poesía honra la vida y retrasa la guerra o quisiera retrasarla y evitarla. Como las mujeres que, en Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco, reflejo de su original griego, pero más al alcance de nuestros pensamientos, se detienen a conversar en largos parlamentos para postergar la confrontación. Para intentar crear otra belleza que no proceda de las espadas afiladas ni de los desfiles militares, dice el autor italiano en las apostillas de su obra. En fin, para introducir nuevos modelos dignos de admiración, y de imitación, más allá de los rígidos generales pertrechados de medallas. 

 

Y luego ten presente, lector, lectora queridos, que los poetas en esta patria nuestra no quisiéramos estar siempre únicamente a la intemperie de la sangre; también sabemos –y debemos– escribir del vuelo de las luciérnagas, aunque sea diminuto, o del relámpago del rayo, aunque suene eterno. También añoramos la paz, una paz construida entre muchos, dialogante, escuchante, trabajada y esculpida como un mosaico de múltiples figuras en armonía. 

 

 

Conocí a Lourdes Pacheco Ladrón de Guevara a raíz de unos talleres de poesía que Ricardo Yáñez y Carmen Villoro, entre otros, impartían a un grupo de poetas nayaritas. Alma Vidal, que formaba parte de este grupo, me invitó a presentarle su libro Los frutos del tiempo en Tepic en 1996 y de ahí vino el contacto inicial. Pasé dos días muy gratos en la capital nayarita. Años después, fue la misma Lourdes quien me invitó en 2011 al Coloquio Nacional de Letras del Pacífico Amado Nervo, titulado “Poeta, tú no cantes la guerra”, auspiciado por la Universidad Autónoma de Nayarit, en la cual ella ha desarrollado una amplia carrera académica. 

 

Comienzo a leer Madres Nuestras, y siento como si la poeta hubiera puesto una piedra encendida en mis manos. Es un libro que registra al final de cada poema, un episodio trágico, de desaparición, feminicidio, asesinato. Pura lumbre de dolor. ¿Es posible hacer poesía con esa materia prima? me pregunto. Pero la respuesta es casi inmediata: ¿de cuál otra sustancia, de cuál otra cantera sacan los poetas su tinta, su sangre, su esperanza, su desolación, su consuelo, sino del dolor, la ausencia, el hambre de unidad?

 

El corazón del libro son los pasos, faenas y sueños de las madres buscadoras de sus hijos e hijas asesinados y desaparecidos. “¿De qué sirve elevar la mirada a los dioses?”, escribe Lourdes (poema 3). El suyo es un buscar en la noche. “¿Quién llama? ¿Quién cerca el silencio con súplicas?” (poema 4). El odio se ha encarnizado contra ellas: es un odio que no les da reposo. Y sin embargo, caminan con una esperanza inconstante, que les da consuelo (poema 1).

 

La desaparición cubre de ausencia el mundo. Hace agonizar a aquellas que aman a quienes no están (poema 5). Las hace caminar con la piel abierta (poema 6). Entre la agonía y la espera (poema 7). Son despiadadas la catedral y el palacio por la mera presencia de las que buscan (poema 8).

 

 

Suben, ascienden las palabras poéticas. Pero en cada página, como corolario del poema, aparece la síntesis de la nota roja y es como si la oscuridad llenara con su pena el tiempo… Copio algunas de los poemas iniciales.

 

48 cuerpos recuperados de desaparecidos. 

50 no han sido identificados

Tepic, diciembre 2019.

 

El esposo la estranguló, 

la enterró en un lote baldío.

Mezcales, Nayarit, febrero 2021.

 

Después de la fiesta, 

golpes y violencia sexual hasta que la mataron.

Tenía 17 años.

Amapa, Nayarit, marzo 2021.

 

 

Era la noche, 

a balazos la mataron, 

a balazos.

San Cayetano, Nayarit, mayo 2021.

 

Un automóvil la golpeó,

otro le pasó encima.

Tenía 20 años y era transexual.

Tepic, Nayarit, mayo 2021.

 

Lavó el colchón donde la mató, 

lavó las sábanas, la enterró en el patio.

Bahía de Banderas, agosto 2020.

 

 

Y así podría seguir…

 

Lourdes honra la memoria de las víctimas, se hace luz con esas mujeres que van buscando a sus hijas en la intemperie de las fosas, o de los juzgados; en las fauces de un sistema que les ha dado la espalda (poema 9). Esas madres hacen y rehacen cuerpos a partir de los huesos, alfabetos de huesos para nombrar a la hija ausente, sola, sin un campanario, sin un ave minúscula (poema 11). Inevitable conectar en mi memoria con las madres buscadoras de Ciudad Juárez, o con las de mi propia tierra, en Jalisco, o con las de tantos otros puntos de este México humeante de polvo levantado por sus pasos persistentes. 

 

La geografía se ha vuelto cementerio, campo donde tirar a quienes se ha descartado. La poeta se declara en la des pertenencia. “Nada de lo que tengo es mi propiedad”, y su pregunta punzante es “¿Acaso podemos detener el dolor?” (poema 13). 

 

Se resiste a la estigmatización oficial, al “en algo andaban”; “se lo buscaron”; los hijos son los hijos (poema 14). Nueve feminicidios la llevan a escribir el atroz dolor de las madres que sobreviven a sus hijas, pero con la vida trunca (poema 16). Y justo al dar la vuelta a la página leemos que canta al árbol de mango que ha vuelto a dar flores (poema 17). Y luego aparece el mar, y con él las tortugas, las ballenas, un atardecer al que quien escribe no irá (poema 18).

 

Y prosigue, conectando sin duda a las madres nayaritas con las madres buscadoras de Veracruz, Sinaloa, Sonora, Guanajuato, Jalisco, Coahuila, ¿cuál rincón se salva en este país nuestro de albergar fosas con restos humanos, que son buscadas a través de cientos de pisadas por años y por años?

 

“Si un ave pudiera hacerles una seña,

si las abejas, con su danza, las condujeran.” (poema 21). 

 

Rememoran el tiempo en que el domingo se convertía en paraíso (poema 22). 

 

Hago una pausa en mi lectura y pienso en Memorias de un corazón ausente. Historias de vida, coordinado por Jorge Verástegui bajo el auspicio de la Fundación Heinrich Böll, de 2018. Las voces de las mujeres, sobre todo madres, describen ahí a sus amados desaparecidos en Coahuila. Cuánto eco encontraría este libro Madres Nuestras de Lourdes Pacheco en miles de madres que siguen acariciando el cabello de sus hijas e hijos a la distancia, en la imaginación. Mientras la Iglesia, los palacios donde anidan los poderes, los juzgados y las notarías las ignoran, como tordos en día nublado, mientras ellas encarnan la paciencia (poema 24).

 

Ni el aleteo del colibrí de encandilado azul capta los sollozos de las madres, sus quejas (poema 26). Pero no es un destino elegido, confiesa páginas adelante: “Nadie por su propia voluntad decide habitar lo fantasmal.” (poema 28). Y con todo, pese a las tempestades que las agitan (poema 47) en el abismo de los desaparecidos (poema 48), son madres victoriosas, escribe, pues conservan su ciclo interior: dejan vivir lo que tiene que vivir, y dejan morir lo que tiene que morir (poema 30). Cantan como si estuvieran rodeadas. La dulzura en el nombrar a sus ausentes es lo suyo (poema 32). Son madres que vuelven a parir a sus idos con cada desenterramiento. Quieren arrullar todos los huesos encontrados; todos son sus hijos (poema 33). 

 

En el poema 36 pienso en Wendy, desaparecida en la ruta Bahía de Banderas–Guadalajara en enero de 2021. “Viajan como peregrinas. Envueltas en calamidades nadie sabe si verán brillar un nuevo día ni a dónde irán a encaminarse, si llegarán a la puerta del paraíso…” Pienso en Baruc, su hermano, que no deja de buscarla, en sus papás… Me pregunto cómo, por qué caminos, a través de qué ternura y empatía amorosa ha podido Lourdes adentrarse tanto en esa intimidad de Madres a las que llama Nuestras, en mayúscula, en merecida mayúscula, en merecido plural de adueñamiento de un país que las hace suyas y debe honrarlas, como pilares de comunidad, de vida pacífica y civilizada, como teas ardientes de humanidad, que siguen cantando a la vida en medio de su tarea de luciérnagas. 

 

Como lo hiciera Julia Monárrez con las mujeres asesinadas y desaparecidas en Ciudad Juárez, llevando el más minucioso registro, Lourdes Pacheco ha ido coleccionando notas de prensa, historias de vida, hallazgos, nombres, fechas, páramos, ciudades, playas, cañaverales. 

 

La poeta nos interpela: somos una sociedad vieja, sí, esa que va de compras, esa que consulta pantallas para evitar aglomeraciones de tráfico, esa que toma vacaciones frente a un mar sin sangre… Y mientras…la catástrofe cobra altura (poema 44).

 

Este poemario debieran leerlo las madres de todos los colectivos de búsqueda. Pero también el personal de las fiscalías, juzgados, comisiones de búsqueda, corporaciones policiales, civiles y militares. Y también quienes defienden derechos humanos, y las y los poetas que hemos traído el alma empenumbrada desde hace años por esta no guerra que sí es guerra y que nos lleva a cantar y a contar con más intensidad que antes esas pequeñas cosas que vamos haciendo grandes porque nos ayudan como muletas para la esperanza. 

 

Lourdes Pacheco enumera algunas de estas pequeñas grandes cosas. “Abracémonos juntas nosotras mismas mientras deletreamos las sílabas con que comienza el alba.” (poema 59). Pequeñas grandes cosas que nos salvan, porque las que parecían grandes faenas, como la democracia, el cuidado sostenible de nuestro mundo y la paz están muy cerca del naufragio y no ofrecen asideros. En cambio, que una mamá siga cantando una canción de cuna, acariciando un borrador en forma de dinosaurio, peinando en el aire el cabello de su hija… eso, a gotas, con su fina persistencia, nos alimenta el sueño de que la luz llegue.